Ahora la deuda es de todos

¿Recuerdan ustedes cuando el inefable “comandante eterno”, con un pito en la mano, despidió a 20.000 técnicos de alta formación y experiencia de la industria petrolera venezolana y convirtió a Pdvsa, que era modelo de organización y productividad en el mundo, en una empresa “roja rojita”, de la mano de Rafael Ramírez, quien para rematar con broche de oro su participación en ese “momento histórico del país” expresó en reunión de ejecutivos de la empresa, que esa nueva Pdvsa tenía que ser comprendida y compartida por todos los trabajadores de la industria, y si no, habría que imponérsela “a carajazos“? En esa ocasión, Chávez, gran acuñador de frases y consignas huecas de contenido, dijo “ahora el petróleo es de todos los venezolanos”.

Han pasado diecinueve años y la “revolución bonita” ha ido destruyendo, poco a poco, la economía del país y la industria petrolera que la sustenta, empobreciendo a los venezolanos y desmantelando las instituciones republicanas, (aún frágiles cuando Chávez asumió el poder en 1999) de la democracia conquistada el 23 de Enero de 1958, cuando el país salió de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

El chavismo no solo dilapidó, sin mayor provecho para la nación, la inmensa riqueza de la renta petrolera, calculada en más de 1.500.000 de millones de dólares (una cifra no expresable en bolívares actuales), sino que se endeudó por otra cantidad inverosímil de millones de dólares que hoy no tiene cómo pagar. Dicen los que tienen información al respecto que cada venezolano debe por ese concepto 4.720 dólares, que multiplicados por 30 millones de víctimas del chavismo, significan unos 141.600 millones de dólares más que se suman al inconmensurable torrente de recursos dispendiados por este régimen nefasto.

¿Dónde están las grandes obras que pudieron construirse con semejante avalancha de recursos? ¿Los hospitales, las escuelas, los acueductos, las carreteras, los diques, los aeropuertos, los puertos, los embalses, los drenajes, la limpieza de los ríos, los teatros, las bibliotecas, los parques, las avenidas, los asentamientos campesinos, las nuevas industrias, etc.?

No solamente se han dejado de hacer obras nuevas, sino que las heredadas de los gobiernos anteriores no han sido mantenidas adecuadamente y hoy las avenidas, autopistas y calles del país están destrozadas y la propia industria petrolera, cuyo plan de expansión fue abandonado, se encuentra en condiciones deplorables de mantenimiento y su producción ha ido bajando en vez de aumentar, como era el propósito de los despedidos a pito por el “supremo”.

Por último, ¿por qué los que han intervenido siempre y por cualquier motivo con las armas nacionales en los asuntos del país, desde que este se declaró república independiente y hasta 1992, cuando Carlos Andrés Pérez intentó cambiar el rumbo del populismo rentista, han permitido ahora que unos alucinados, afectados del “coco” por el castro-comunismo cubano, hayan conducido el país a la ruina y, no contentos con ello, intenten por todos los medios, en su mayoría ilícitos, pisoteando la Constitución y las leyes, mantenerse en el poder a toda costa para culminar su obra destructora?

Que no vengan mañana, cuando esta estructura ineficiente y corrupta se venga al suelo por su propio peso, como sucedió con las URSS y otros países, y se vean obligados a intervenir a última hora, a presentarse como los “salvadores de la patria” y a exigir reconocimiento, absolución y figuración en el nuevo orden democrático y civil que necesariamente surgirá de las ruinas del chavismo.