2017: el año catastrófico

Estamos en los últimos días del año 2017, y es menester hacer un balance de la vida social y política de nuestra patria venezolana durante este período.

Este año, a punto de finalizar, será recordado como el más dramático en un siglo de historia republicana. En su transcurso ha estallado con toda fuerza, el fracaso del modelo político y económico más nefasto de nuestra historia. Nunca en nuestro país un gobierno había llegado al poder con tanta expectativa y ha terminado con el más colosal fracaso.

Nunca una camarilla política y militar había cometido tal cúmulo de desafueros y arbitrariedades por tan prolongado tiempo.

Hay quienes me apuntan que exagero al calificar de “catastrófica” la situación del país, porque podríamos estar en peores condiciones. Siempre es posible estar peor. Podemos continuar hundiéndonos en la miseria, la violencia y la desesperanza, pero ello no significa que el presente no se pueda catalogar de un año “catastrófico”.

Por supuesto que lo presenciado y padecido hasta ahora no corresponde a ejecutorias del presente año exclusivamente. La catástrofe económica y social que vivimos los venezolanos no nació en este 2017, pero sí afloró en toda su magnificencia a lo largo de los 12 meses transcurridos hasta hoy.

Esta tragedia comenzó con la elección de Hugo Chávez como presidente de la República en 1998. Fue él quien implantó el sistema populista y autoritario. Fue él quien destruyó todo el andamiaje institucional de la democracia para permitir el pleno ejercicio de la dictadura que hoy padecemos. Fue él quien diseñó los mecanismos que permitieran la masiva violación de los derechos humanos. Fue él quien inició la destrucción de la economía, promoviendo las expropiaciones, confiscaciones y asaltos a empresas, unidades de producción agropecuaria, y en general destruyendo la propiedad privada. Fue él quien creó las bases para desconocer todo el orden jurídico en el manejo de las finanzas públicas, consagrando el más corrupto sistema de control de cambio y administración de divisas que haya conocido la humanidad. Fue él quien amplió a niveles siderales la política de importaciones para destruir la producción nacional y favorecer la creación de una boliburguesía alimentada con los dólares de la bonanza petrolera. Fue él quien se convirtió en el Don Regalón del continente y del mundo, levantando apoyos políticos y aplausos a su megalomanía caudillista, repartiendo los dólares de nuestro petróleo, mientras nuestro pueblo se hundía en la miseria.

Luego ese modelo, pomposamente bautizado como “socialismo del siglo XXI”, pasó a manos de sus lugartenientes Maduro y Cabello, quienes terminaron de hundirnos aún más profundamente en lo político, económico, cultural y espiritual.

A sus causahabientes les reventó en la cara la bomba de la improvisación, la corrupción y la maldad que les caracteriza.

2017 será recordado como el año en el que aparece con toda su fuerza demoledora la más brutal hiperinflación que hemos sufrido en nuestra historia, y la más grotesca escasez de bienes y servicios que jamás habíamos padecido. No hay salario ni ingreso que soporte la escalada de precios presentes en el país. El hambre hace estragos en toda la nación.

Es el año en que se hace evidente la quiebra de Pdvsa, la empresa exitosa que teníamos los venezolanos como soporte de nuestro desarrollo, y que los bárbaros rojo rojitos saquearon y destruyeron, hasta el punto de que, al cierre del año, el país petrolero con las más fabulosas reservas de crudo del planeta no tiene combustibles con los cuales mover su parque automotor e industrial, y somete a su pueblo a inhumanas colas para abastecerse de combustible y de gas doméstico.

A ello se suma el colapso del sistema de salud, permitiendo la muerte de miles de ciudadanos a las puertas de unos hospitales, prototipo de la miseria y de la incapacidad socialista.

Además, han logrado la destrucción de toda la infraestructura de servicios públicos, haciendo ya insoportable la vida del pueblo venezolano.

Todo este caos se produce ante la soberbia y grosera conducta de los voceros de la dictadura, que pretenden señalar a otros de tamaño desastre, y hablan como si ya no llevasen 18 años en el manejo de los asuntos públicos.

Su pretensión de perpetuarse en el poder a sangre y fuego termina de agudizar el cuadro catastrófico que nuestro pueblo padece.

El escenario se hace más patético ante la debacle que hemos sufrido en la alternativa democrática para ofrecer al angustiado, indignado y sufrido pueblo venezolano una ruta de lucha que permita levantar la esperanza por un cambio y un futuro de paz y progreso.

Los graves errores cometidos por la cúpula de la oposición democrática, su errática estrategia, su vocación excluyente, su ilimitada capacidad de confrontación en sí misma, y finalmente la implosión de la MUD como herramienta de encuentro y de lucha, hace más patético el carácter catastrófico del año que termina.

El desafío más importante para 2018 lo tiene la oposición democrática. La camarilla que gobierna no va a cambiar y seguirá su libreto de represión, fraude y miseria. Pero nosotros, los demócratas, estamos obligados a dar un gran viraje, para dejar de lado todas las erráticas conductas y estrategias que fracasaron en el presente año, y buscar para el nuevo una profunda rectificación que permita la construcción de un gran frente nacional por el rescate de la democracia, en el que todos depongamos ambiciones, proyectos personales o partidistas, promoviendo el respeto y la inclusión de todos los que luchamos por el cambio.

Si no actuamos, teniendo presente por delante el bien común de nuestro pueblo, al hacer el balance del próximo año, tendremos una catástrofe de mayores consecuencias.

Es la hora del gran sacudón espiritual de la nación. Es la hora de rectificar. Entramos a un año decisivo.