El 16-J-17

El 16 de julio de 2017 ya es una fecha histórica. Lo más destacado de ese día es el triunfo luminoso de la oposición venezolana que por casi dos décadas viene sosteniendo una lucha incansable y heroica contra el proyecto totalitarista chavista. Siete millones y medio de venezolanos se movilizaron en un evento inédito en la historia nacional y mundial, para participar en una consulta popular organizada y dirigida por los propios ciudadanos y rechazar la convocatoria de una asamblea nacional constituyente realizada por un presidente colocado al margen de la ley que desconoce la soberanía popular consagrada en la Constitución vigente.

Hay también un segundo hecho relevante que ha quedado oculto por el esplendor del triunfo opositor al cual me quiero referir en este escrito. Se trata de las características fundamentales de las dos movilizaciones que se dieron ese día: la consulta popular opositora y el simulacro electoral del gobierno relacionado con la convocatoria de la ANC. El contraste entre ambas movilizaciones fue evidente y patético.

Por un lado la alegría, el arrojo y la determinación de quienes se sienten libres y dueños de sus acciones, y por el otro, las caras lánguidas, el desgano corporal y la falta de entusiasmo de quienes hacen las cosas, no porque las desean, sino porque están obligados a realizarlas en contra de su voluntad. Daba mucha pena ver a los participantes oficialistas, la mayoría de ellos de muy humilde extracción, mostrando ingenuamente el “carnet de la patria” con el chip electrónico incorporado por medio del cual son controlados. No se trata de una suposición maliciosa. Sin ningún recato ese mecanismo de control, con palabras diferentes, pero indudablemente dirigidas con intención amenazante a los clientes del sistema, fue expresado públicamente por algunos personeros del régimen durante la realización del simulacro. El chip del “carnet de la patria” se asemeja al número serial, que con fines de identificación y control, tatuaban los nazis en el antebrazo de los prisioneros de los campos de concentración.

Los sometidos a ese infamante mecanismo de manipulación son la minoría del pueblo venezolano que sirve de apoyo al régimen y que lamentablemente depende del gobierno nacional para sobrevivir en medio de las terribles dificultades del desastre económico generado por el propio régimen: los empleados públicos, los “carnetizados de la patria”, los comuneros, los recipiendarios de diversas ayudas y los beneficiarios de las misiones, los CLAP y los demás mecanismos de control social creados por la “revolución” y sufragados con los recursos públicos que ahora son insuficientes para resolver los problemas más urgentes del resto de la población.

Los venezolanos hoy en día no nos adversamos ya políticamente. No nos apostrofamos ni nos amenazamos con el puño en alto, llamándonos “escuálidos” o “chusma” como lo hacíamos anteriormente. Ahora, las terribles condiciones que enfrentamos todos nos han unido en la desgracia común, convirtiendo nuestras rivalidades políticas en banalidades del pasado. En nuestra gran mayoría, quienes fueron partidarios de Chávez y quienes nos opusimos a él, estamos hoy metidos en el mismo saco y todos compartimos el rechazo a un régimen que nos ha arruinado, maltratado y robado la democracia y la libertad que conquistamos cuando derrotamos a Pérez Jiménez en aquel glorioso día del 23 de Enero de 1958.  Quiera Dios que el 16 de julio de 2017 sea una fecha tan significativa como  la anterior.

El pueblo venezolano, mayoritariamente opositor, ha hecho lo posible por librarse de la tiranía. Tiene más de cien días luchando ardorosamente con un número similar de fallecidos. Ha hecho marchas, plantones y cierres de vías. Se ha enfrentado valientemente a la Policía Nacional, a la Guardia Nacional y a los matachines de los “colectivos” oficialistas. Ha tragado gas “del bueno”. Su cuerpo ha sido lacerado con balas, perdigones, metras de vidrio, bolas de acero y otros materiales disparados a quemarropa. Ha sido derribado y arrastrado por el suelo con chorros de agua a presión y ha expresado contundentemente que no quiere una nueva Constitución ilegal que solo servirá para perpetuar el régimen nefasto de Maduro y su pandilla.

Ahora le toca a la Fuerza Armada Nacional tomar una decisión. Decidir, de una vez por todas, si se pone de parte del pueblo venezolano en su lucha por la democracia y la libertad o continúa apoyando a un régimen que se ha desnaturalizado y que ha entregado el país en manos del narcotráfico, la corrupción y la satrapía de la isla caribeña.