Sal y Agua

Nunca antes se había anticipado con tan meridiana claridad e incontrovertible certeza, la inutilidad, inviabilidad y fracaso de un “plan de recuperación económica”, como en el caso del “madurazo”; donde tras la cortina de un electroshock contrario a la naturaleza y discurso del proyecto liderado por el hijo mayor de Chávez, se esconde el objetivo final del plan ideado desde La Habana para la dominación y total sometimiento de la voluntad del pueblo venezolano.

Justamente por el verdadero objetivo y fin del plan que parece más bien de sepultura económica, es que es tan fácil anticipar su resultado, pues todo el cuidado, energía y foco de los actores que lo diseñaron, está en alcanzar el control social absoluto, para que ante el agotamiento de las dádivas populistas y por tanto del apoyo popular, seguir aún reinando a sus anchas de forma impune como lo han hecho a lo largo de los últimos veinte años. Y es así, que al no ser la recuperación y el bienestar económico ciudadano la motivación del plan, entonces difícilmente el mismo pueda funcionar para lo que con ilusión espera aquél que de buena fe preserva alguna mínima esperanza en que finalmente saldremos del atolladero.

Las costuras del disparate brillan y se aprecian a años luz de distancia y solo encuentran soporte en el aparato de propaganda manejado por quienes ejercen el poder con argumentos infantiles y tan absurdos como el propio plan; mientras que en el mundo real, aquél en el que la recuperación es más que necesidad, una cuestión de mera supervivencia, no hay una sola voz que con la autoridad del conocimiento del tema económico, de crédito y apueste al éxito de la barrabasada. Basta revisar las posiciones de expertos y connotados economistas como Humberto García Larralde, José Guerra, Henkel García, Thays Peñalver, Ronald Balza, Anabella Abadi, Carlos García, Giorgio Cunto y otros tantos no menos importantes, así como las posiciones institucionales expresadas desde Fedecámaras, Provea y Conindustria, para caer en cuenta del precipicio al que ha lanzado al país la cúpula que en ejercicio del poder, no apuesta más que por su propia preservación y le importa menos que nada el destino de Venezuela. 

Ya el pasado mes de febrero, advertíamos desde esta tribuna y en nuestro artículo referido al costo de la vida, como el salario mínimo del venezolano en términos reales estaba infinitamente por debajo del umbral de pobreza determinado por el Banco Mundial de 1,90 dólares diarios, pues para entonces, inclusive siendo benévolos y haciendo uso de la tasa de cambio oficial de Dicom vigente para el momento, ese salario se traducía en apenas $ 0,91 por día. Ahora, con esa cifra rimbombante de medio Petro, que supuestamente equivaldría a Bs.S 1.800  o Bs 180.000.000, sencillamente quedamos en lo mismo, pues al preverse que ese medio Petro equivale apenas a $ 30, no es necesario ser científico nuclear para entender que aún así nos mantenemos por debajo del mismo umbra de pobreza extrema, aunque con un agravante significativo, que es que el “madurazo” va en rumbo acelerado a convertirse en una poderosa máquina generadora de desempleo y de pérdida del poder adquisitivo con una hiperinflación inédita no solo en Venezuela sino tal vez en el mundo. 

No es posible entonces que el modelo y medidas propuestas funcionen porque no están diseñadas para funcionar. Ni por un minuto pasó por quienes la diseñaron, el favorecer a la gente, y más bien su Norte es el de la preservación del poder utilizando la humillación y la generación de miseria como herramienta para alcanzarlo; maquillados eso si, con un aumento inédito que a la vuelta de la esquina y en las próximas horas, será nuevamente poco menos que nada en las manos de nuestros trabajadores. 

Seguros estamos como sus responsables, que el “Madurazo” hará historia, aunque en nuestro caso, no nos cabe duda que esa historia será nefasta y de terror, pues en sal y agua se convertirá el aumento y en sal y agua la expectativa ciudadana de poder mejorar su calidad de vida con el mismo. Por ello, el tiempo entonces no debe invertirse más en evaluar la pertinencia de las medidas, que ya sabemos y de sobra que son inviables y destructoras del ya mermado aparato productivo y de nuestro poder adquisitivo; sino más bien en enfocarnos en superar este episodio y a sus responsables. Solo el ciudadano y sus sentidas necesidades ahora mismo envueltas en una vana ilusión de poder contar con un ingreso merecidamente significativo, deben ser el foco de cuantas acciones se desarrollen y desplieguen en este nuevo episodio de lucha y de reestructuración de la unión de esfuerzos de quienes adversamos la destrucción sistemática de Venezuela y apostamos por la recuperación, la reconstrucción y por insertarnos en la modernidad.