En el nombre del padre...

Y también en nombre de nuestras madres y de todos nuestros adultos mayores, hoy en sus cuarteles de invierno! A nuestros padres debemos nuestra existencia; y salvo excepciones, ellos dedicaron sin escatimar un segundo, mucha de su energía y recursos durante sus mejores años, a levantarnos y formarnos, teniendo siempre como Norte el labrarnos un buen futuro. Sus luchas, desvelos y mayores preocupaciones generalmente giran en torno a la posibilidad de cumplir con su deseo de hacernos mejores que ellos.

Hoy, como hijos, ya mayores y en proceso de formación y desarrollo de nuestras propias familias, allí vemos a nuestros viejos y comprendemos tantas cosas. Esa crítica e incomprensión hacia la disciplina, los correctivos, las privaciones, alguna vez implacable entre tanta irreverencia propia de la juventud, ahora encuentra explicación ante la realidad de la vida y nuestra propia aspiración de brindar lo mejor a nuestros hijos. Vemos a esos una vez gigantes e infalibles, ahora vulnerables y frágiles, al punto que en el algún lugar del camino, nuestro instinto de protección se confunde con el que tenemos por nuestros propios hijos. En fin, por nuestros padres o por quien haya hecho su papel, nuestro amor, gratitud y deseo de retribución es infinito; y es allí, en ese sentimiento, donde encontramos la explicación a la inmensa indignación que nos produce ver como la nobleza de nuestros amados viejos, es atropellada y vejada desde el desgobierno, sometiéndoles a la humillante y desgastante dinámica del cobro de su pensión.

Ver tantos rostros resignados por carecer de la fuerza que alguna vez tuvieron para enfrentar cualquier injusticia y porque sencillamente necesitan sobrevivir, enfurece aún más! Nuestros viejitos, si “nuestros”, hoy sufren sin razón y son víctimas de la improvisación, la torpeza, la incompetencia y la vileza de quienes ejercen el poder solo para su propio beneficio, sin detenerse a pensar siquiera por un segundo en las consecuencias de sus actos. Para muestra, un botón que es solo la punta de un inmenso iceberg de desconsideración hacia ellos, nuestros pensionados, cuando es anunciado que sus pagos serían acreditados en una billetera virtual conectada al cacareado, nefasto e infame carnet de la patria, pretendiéndose entonces convertir lo que es un derecho humano fundamental consagrado en nuestra Carta Magna y en Tratados Internacionales, en una herramienta política de control, sometimiento y humillación. 

Comenzando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pasando por el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, continuando con la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre,  y aterrizando en nuestra propia Constitución, el reconocimiento y derecho de todos los ciudadanos a la Seguridad Social es de categoría fundamental y comprende garantías inalienables como las correspondientes a la salud, la discapacidad, el desempleo y la vejez, en las cuales el Estado ha fallado sin excepción de forma catastrófica y se han convertido por tanto en una utopía. En el caso particular de la vejez, a diferencia de muchas de las garantías y beneficios relacionados con el derecho a la seguridad social, ese derecho además está respaldado en el hecho de que el Estado está devolviendo lo que no es suyo, pues salvo en aquellas excepciones que confirman la regla, todos los hombres con más de 60 años y mujeres con más de 55 que reciban sus beneficios por vejez, han contribuido a lo largo de su vida con un mínimo de 750 cotizaciones que les fue descontada de su salario y complementadas con aportes patronales. No se trata entonces de un regalo o de una dádiva del desgobierno a nuestros viejos, y más bien, cada condición o carga que imponga distinta a la de condición de ciudadanos y a las establecidas en la ley para el ejercicio de un derecho y percibir el beneficio asociado, es un mero desacato al mandato previsto en nuestro Texto Fundamental, pero por sobre todas las cosas, una auténtica desconsideración que va en absoluta contravía de lo que se proclama como una conducta humanista en el ejercicio dela función pública. 

En el nombre de nuestros padres, de nuestras madres, de nosotros mismos y de nuestros hijos, pues para allá vamos todos, incluyamos siempre en nuestra justa aspiración y reclamo por la restitución de la democracia, el que de una vez por todas el derecho a una vejez digna y honorable sea respetada.