El Don Baylor que conocí

Sí, no es más que otra casualidad. Pero el sábado de la pasada semana evoqué a Don Baylor. Mientras hurgaba en la biblioteca en busca de un libro de Mario Benedetti que deseaba leer una vez más, tropecé con mi tesis de grado en la escuela de Periodismo de la Universidad Central: "El Beisbol en El Nacional". Y allí en la portada del texto estaba Don Baylor con el uniforme del Magallanes. Para engalanar la cubierta, a Víctor Suárez se le ocurrió reproducir la primera página del cuerpo deportivo del periódico, el día de enero de 1975 que Magallanes eliminó al Caracas en la semifinal. La foto principal muestra al jugador culminando el robo de la tercera base, justo debajo de un título contundente: "Magallanes sepultó al Caracas".

Baylor falleció el lunes siguiente a los 68 años de edad, después de perder una batalla contra el cáncer que no pudo contraatacar con el ímpetu y la agresividad que refleja la gráfica de José Sardá. Así que al conocer la noticia de su fallecimiento, me permití asumir la contemplación de aquel lance en el estadio José Bernardo Pérez de Valencia, como un homenaje póstumo, aún ajeno a las pocas horas de vida que tenía por delante.

Sin embargo, y no por obra del azar, no son pocos los recuerdos que guardo de Baylor, materializados años más tarde. Todos por su estrecha relación con Andrés Galarraga a principio de la década de los 90 del siglo pasado, cuando Andrés se convirtió en la prima dona de Venezuela en las grandes ligas.

Un Galarraga tras los pasos perdidos de su temible bateo, se presentó a jugar con los Leones del Caracas en el campeonato 92-93. Sus exhibiciones desde el plato estuvieron muy lejos de aquellas en las que azotaba a los lanzadores contrarios, aquí y allá, pero nada llamó más la atención que su nuevo estilo de pararse en el home. Estaba por completo de frente a la lomita, y su pie izquierdo ahora apuntaba hacia la tercera base y no hacia el montículo del pitcher. Una sugerencia del ya estratega.

“Baylor piensa que así veré mejor los lanzamientos, especialmente contra los pitchers derechos”, explicó Galarraga, que venía de su primera relación con el ex magallanero en los Cardenales de San Luis, donde éste era instructor de bateo. “En verdad, ahora veo la pelota con los dos ojos y no solo con el izquierdo. Todavía no me siento muy cómodo, pero creo que es cuestión de tiempo para ver los resultados”.

Poco después de aquella conversación, Galarraga fue la primera selección de los Rockies de Colorado, uno de los dos nuevos equipos de la Liga Nacional para la temporada de 1993. La selección había sido una sugerencia del manager de los Rockies, Baylor.

Los consejos y la recomendación no tardaron mucho tiempo para dar frutos. A mediados de julio, Galarraga era el líder bate de la Nacional con un astronómico promedio que rondaba los .390 puntos, y en una ida a Miami donde Colorado visitaba a los Marlins de Florida, entusiasmados por el renacer de Andrés, Baylor contó su versión de lo que pasaba con su discípulo.

“El año pasado en San Luis, Joe Torre sacó a Galarraga por un bateador emergente en un instante decisivo del juego”, recordó. “Nunca lo había visto tan desconcertado. Tan frustrado y tan molesto. Se acercó a beber agua y no podía llevarse el vaso a la boca. Las manos le temblaban. Tengo que ayudarlo, pensé. Tengo que devolverle la confianza. Sabía que no estaba acabado como mucha gente creía, incluso él mismo. Por eso está aquí con nosotros".

En septiembre conversamos de nuevo con el piloto. Esta vez en Atlanta donde los Rockies jugaban con los Bravos durante el último fin de semana de la campaña. Cuando Galarraga aseguró la corona de bateo con un average de .370, el piloto procedió a terminar el relato de la historia iniciado en Miami dos meses atrás.

“Antes de recomendarle que cambiara el estilo de bateo, le hice una advertencia que más bien fue una orden”, mencionó Baylor sin poder ocultar la satisfacción con lo hecho por su pupilo. “Le dije, de aquí en adelante no hablarás con nadie de tu problemas con tu bateo. Ni con tus amigos ni tus compañeros. Tampoco con los peloteros de otros equipos. Con nadie, ni con tu esposa. Solo conmigo. El hombre hizo caso”, bromeó.

Baylor y Galarraga estuvieron juntos en Colorado hasta 1997, un lustro donde Andrés completó cuatro temporadas con promedios superiores a los .300 puntos, tres con más de un centenar de carreras empujadas, dos con más de 40 cuadrangulares, entretanto en dos ocasiones fue el primero del circuito en impulsadas y en otra el número uno en vuelacercas.

Pero Don Baylor no solo fue un notable instructor. Bateador derecho como Galarraga, estuvo en las mayores entre 1970 y 1988 con los Orioles, los Atléticos, los Angelinos, los Yanquis, los Medias Rojas y los Mellizos. Golpeó 338 jonrones y remolcó 1.276 anotaciones, y que lo recordara en la víspera de su muerte este 7 de agosto, no cabe duda, fue un acto fortuito.

Aunque lo que no abriga reserva alguna, es que quizás nadie lloró más la partida del mánager que Andrés. Al menos en el exclusivo mundo de las grandes ligas.