• Caracas (Venezuela)

Américo Martín

Al instante

Obama-Raúl

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Rectificamos, o se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio y nos hundimos

Raúl Castro

 

Cuando cayó la guillotina reformista sobre los delfines de Fidel, aquellos jóvenes “prospectos” (valga este vocablo beisbolero del Caribe) Lage, Pérez Roque, Ramírez de Estenoz, Valenciaga, y fueron relegados Balaguer –secretario ideológico tradicional– y el melenudo Abel Prieto, se reafirmó que lo de Raúl iba en serio. ¿Y qué era “lo de Raúl”? Simplemente prescindir del modelo fidelista, lo que supuso salir de sus intérpretes más fieles y llevar a la cumbre a nuevos y viejos líderes unidos en la lealtad al sucesor. La reverencia mágica hacia Fidel conservaba su fuerza avasallante, pero en realidad al mando estaba Raúl, y solo él.

Fidel había resistido durante largo tiempo el cambio que terminó asociándose a su entrañable hermano. El último Congreso que condujo fue el V, de octubre de 1997. El sistema socialista mundial yacía en escombros. Su poder seguía siendo indiscutido, su dominio era tan rutilante y extremo como siempre. Fidel es brillante pero terco, ninguno mejor dotado para la conducción. Era la estrella en lo alto, el demiurgo, el dios de Cuba…. pero la situación había cambiado sensiblemente debido al naufragio del socialismo real. Contra su odio al mercado y su apego doctrinario al comunismo, se vio obligado a virar hacia el odiado mercado. Abordó el tema en forma desgarradora: al anunciar medidas liberales, ratificaba obsesivamente que serían un “por ahora” antes de volver a las andadas que determinaron la honda dependencia y crisis de la isla.

Anunciaba cambios parecidos a los que 15 años después presentaría su hermano en el VI Congreso, con una diferencia que era toda la diferencia: el mercado en Raúl no sería transitorio sino definitivo, parte esencial del socialismo. Era optar entre iniciativa privada y control público hermético; en fin, a conciencia o sin ella, era optar entre el comunismo y la inversión privada, que ha convertido a China en una potencia capitalista.

Antes de perder su particular batalla, Fidel intentó sacudir al partido. El 17 de noviembre de 2005 habló en el Aula Magna de la vieja Universidad de La Habana. Deshecho su optimismo habitual, impresionó al mundo al afirmar -¡él, precisamente él!- que el comunismo podría desaparecer. En medio de la estupefacción del auditorio, clamó: “Este socialismo puede derrumbarse”.

Dejó sentir su angustia por la reedición de la hecatombe soviética, a través de una perestroika. Raúl, sesgadamente aludido, ni dijo esta boca es mía, ni declinó su política.

Segundo

La nueva amistad Obama-Raúl no puede sorprender a quien le haya seguido la pista al proceso interno cubano. No es un arrebato personal. No es que Raúl “se entregó” o la malicia castrista le dobló la mano al presidente estadounidense. Se trata de una tendencia que, alentada por el deterioro de Cuba, cristalizó en este momento como pudo hacerlo antes o después. Y esa tendencia, por encina de comprensibles y hasta justos resentimientos contra el totalitarismo y el castrismo, marcha o podría hacerlo en dirección correcta. La apertura económica y la liberalización política son ahora los temas implícitos de la agenda, pero el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos era, sin duda, una premisa ineludible.

Tercero

¿Acaso no es contradictorio acercarse a Estados Unidos al tiempo que a su más pintoresco enemigo?

La fatalidad empuja a la isla a moverse en los dos tableros. La engringolada cumbre madurista no lo verá, pero Cuba solo puede salir de sus problemas en el marco de la liberación económica y política. Como lo reconocen sus líderes actuales y lo predican disidentes de la estatura de Martha Beatriz Roque y el ilustre fallecido Oscar Espinoza Chepe, sin inversiones foráneas Cuba no tiene salida y de allí las reformas que Raúl intenta en medio de insuficiencias. Algunas son audaces como la zona franca de Mariel.

Pero esa política, en caso de hacerse irreversible, necesitará unos años de maduración. ¿Y mientras tanto quién calmará la desesperación de un pueblo que sufre con el ajuste que hoy, no mañana, está aplicando el gobierno?

El paquete cubano es mucho más doloroso que los que cierta izquierda rechazó por neoliberales. El salario medio no pasa de 17 dólares mensuales. Nadie puede vivir así. Para complementarlo en algo estaba el llamado “salario social”: libreta, mercados populares, medicina y educación. Su ajuste significa: despido de más de un millón de empleados, reducción de la libreta ($1000 millones anuales), eliminación de comedores populares gratuitos (¿$2.500 millones anuales?) y de gastos en educación, salud y deporte. Es un mazazo letal. ¿Cómo amortiguarlo? ¡Ah!, con el día a día aportado por Venezuela

Mientras Cuba supera el trance de mediano plazo –si todo saliera bien– montado en el carril occidental, Maduro bien vale una misa. Lo malo es que la faltriquera, el precio del barril y la popularidad del presidente venezolano son hoy la alegoría de nuestro envilecido bolívar. Sí, ese, el que mientan “fuerte”.