• Caracas (Venezuela)

Álvaro Requena

Al instante

No hay alivio para este dolor

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Mis apreciados lectores, tendrán que perdonar este desanimado artículo que hoy escribo para sacar de mi pecho una congoja que me corroe y poner en blanco y negro, una vez más, cuánto sufrimiento padecemos en este país.

Aquí estamos sufriendo todos.

Los oficialistas, por su angustia y temor ante la muy posible pérdida del poder omnímodo que hoy detentan y la seguridad de que, si salen del gobierno, el pueblo les va a cobrar su actitud negligente y su incapacidad para gobernar y respetar a los ciudadanos.

También sufrimos los demás habitantes del país que no somos oficialistas. Sufrimos porque sentimos la incertidumbre de nuestro destino, lleno de esperanzas y motivador para la lucha política y electoral, pero terriblemente angustiosa por la imposibilidad de entender y aceptar que quienes dicen ser hermanos nuestros y amar el país hayan sido capaces de permitir la destrucción tan sistemática y descarnada de nuestra economía, de los servicios de salud, del sistema judicial y la corrupción tan generalizada y obscena de empleados públicos y militares.

Además, nos toca a unos y otros padecer el rigor de la escasez de alimentos, medicinas, repuestos y productos de aseo personal y para el hogar, fertilizantes, insecticidas, herbicidas, semillas y productos para la producción industrial de alimentos. De eso sufrimos todos, oficialistas o no.

Ningún discurso político ministerial o presidencial, por muy optimista y mentiroso que sea, alivia la sensación de abandono, de depauperación y miseria en la que vivimos. Pero tampoco los discursos preñados de deseos de la oposición, alivian.

Nuestras esperanzas nos las generamos nosotros mismos. Quienes se van del país lo saben muy bien, quienes nos quedamos lo demostramos día a día. Mantener las esperanzas y el deseo de seguir adelante en medio del caos en que nos encontramos es muy duro.

Practicar la medicina con los recursos de hace más de cincuenta años es una tarea titánica. Se nos mueren los recién nacidos y los pacientes y no podemos hacer nada. Anteriormente fuimos capaces, debido al grado de tecnificación y sofisticación terapéutica que ha alcanzado la medicina y del cual disfrutamos con mucho éxito, pero en este momento es historia que forma parte de nuestros recuerdos y de un amargo lamentar por no poder, no tener y que no nos dejan obtener. Eso es un crimen, un asesinato en masa, un genocidio.

En mi caso, como médico psiquiatra, debo decir que las situación es muy triste y mortificante, no solo porque estoy viendo pacientes que se están cronificando, desgastando y hundiendo en su padecimiento, algo que tendía a desaparecer, también por la pérdida de días y meses de trabajo efectivo por los necesarios reposos, y la incapacidad de afrontar sus labores profesionales durante los episodios de enfermedad, así como la agravación de las enfermedades, al no poder cortar de raíz su presentación y minimizar su impacto en la salud del paciente y en la sociedad. A este paso resurgirán los manicomios y se harán necesarias las largas hospitalizaciones psiquiátricas del pasado, pero, tal y como están las cosas, ¿con qué los vamos a alimentar?