• Caracas (Venezuela)

Álvaro Requena

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Álvaro Requena

Zancudos con botas

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Afortunadamente, no ha llovido mucho estos días, pero siguen los pocitos de agua en los jardines y algunas aceras, huecos en las calles, llantas viejas o latas y algunas matas como las bromelias, que son suficiente amenaza de cría de mosquitos como para ameritar una constante desinfestación por el medio que sea y por quien sea. Los municipios lo hacen a veces con humo químico o rociando pesticidas. El Ministerio de la Salud también lo ha hecho a veces. Los ciudadanos, conscientes de los peligros de las epidemias que en estos momentos nos aquejan, solíamos poner nuestro granito de arena: manteniendo los lugares sin aguas empozadas, retirando escombros, usando las plaquitas, quemando espirales, quemando hojarasca, usando aceites repelentes en las personas, conectando los aparatos exterminadores de mosquitos y, sobretodo, con los sprays de repelentes y de insecticidas.

Así fue hasta hace unas pocas semanas. Todavía teníamos algo de material en mi casa, que decidimos usar solo para proteger a las nietas. Desde entonces, no hemos encontrado insecticidas matazancudos y tampoco los repelentes químicos. Aumentaron a nuestro alrededor los casos de enfermos de virosis, probablemente transmitidas por mosquitos, y tampoco pudimos aliviar mucho sus malestares, pues, aparte de agua potable abundante, no conseguimos el acetaminofén que baja la fiebre y alivia dolores y malestares.

Lo que nos toca ahora es sembrar plantas de esas que espantan los insectos voladores, que, según parece, hay muchas –cada región del país tiene sus preferidas, casi todas de la familia de los crisantemos– o quemar hojas de eucaliptus en braseros caseros –peligrosa práctica, no recomendada.

Las personas con más riesgo de ser inoculadas por los mosquitos tendrán que frotarse en el cuerpo y cara las flores repelentes, olerán muy bien y estarán bastante protegidas ya que las piretrinas, que es la sustancia química responsable de que huyan los zancudos, no es tan venenosa para los humanos.

Si no tienen esas flores a mano, tendrán que llevar mosquiteros que caigan del ala del sombrero, usar cuello cerrado, manga larga, pantalones, medias, etc. Cómo hizo Deborah Kerr en Las minas del rey Salomón, película del año 1950. Con el calor que hace y así de envueltos, sudaremos más, se ensuciará más la ropa y cogerá mal olor. Obviamente, no es lo único que tendremos que hacer tal y como se hacía en 1950. Para muestra baste recordar que la harina precocida de maíz aparece en 1960 y hoy casi no se encuentra. También es bueno refrescar la memoria sobre el acetaminofén que, aunque se conoce desde finales del siglo XIX, fue puesto a la venta en 1956 y hoy tampoco hay.

Vamos para atrás, tampoco hay jabón para lavar, excepto por el fiel jabón azul. Pero los zancudos se pusieron las botas, ¿no les parece?

¿Adónde nos lleva todo esto, cuál es la meta del planificador, en qué consiste la estrategia? Hasta las plagas de Egipto tuvieron su función constructiva en medio del desastre… ¿Y aquí, qué?

Finalmente, qué triste tener que contarles a quienes nos sucederán en la sociedad que somos las generaciones que retrocedimos más de medio siglo. Que lo que considerábamos un avance, resultó un espejismo, una alucinación, un delirio de comodidad y beneficios prácticos que el destino, fatal a veces, nos revirtió. ¡Qué desgracia, y apenas comienza…!