• Caracas (Venezuela)

Álvaro Requena

Al instante

Rutas desplazadas hacia Venezuela

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Esta semana la prensa internacional y local confirmó lo que casi todo el mundo sabe: nuestro país se ha convertido en una de las rutas preferidas del narcotráfico y es la encrucijada de vías de distribución más notoria en esta parte del planeta.

Paulatinamente hemos devenido en un país con más problemas y tramoyas que una de esas series interminables de TV. Son más quienes tienen las manos y el alma sucia, de lo que jamás pensamos. Acusaciones sobran.

Cada mes aparece un nuevo episodio con alguien que echa un nuevo cuento truculento de maldad, traición, maltrato y perversión. Nada sucede, ni aquí, ni allende los mares. Mucho asombro, mucha rabia y peor maledicencia, pero no suenan los hierros ni se llenan las denuncias. Se ignora el asunto o se defiende a los acusados con automática lealtad, sin cuestionamientos ni la precaución de, al menos, averiguar un poquito o investigar por “notitia criminis”. No pasa nada. Nada de nada. Ese es el mensaje final. Ese es el parámetro visible de cómo funciona el país.

Así pues, no es de extrañar que los narcotraficantes se hayan percatado de la ineficiencia judicial, la corrupción local y la protección indebida de los poderosos hacia aquellos que les plantean grandes ingresos con mínimas inversiones y poco riesgo.

El país es hoy no solo ruta preferida para el narcotráfico, también lo es para negocios de alto nivel de corrupción y hasta de vía de dispendio económico sin retribución, léase compras sin bienes tangibles o de bienes deteriorados para compensación financiera posterior.

Ese panorama asqueroso está llevando, entre otros, a muchos de nuestros jóvenes a buscar una vida diferente en un lugar donde las normas, el respeto entre las personas y a las personas, y la justicia, sean congruentes; donde los salarios sirvan para adquirir bienes adecuados, supervisados y donde el comprador esté, a su vez, protegido por la justicia. Países donde sea posible mantener y cuidar de la salud sin tener que hipotecarse o vender uno su alma al diablo, o mejor aún, donde adquirir un alimento o una medicina no implique una cola interminable con un final desilusionante de “No hay”.

No nos extrañemos, pues, de ser una estación clave en la distribución de las drogas y otros flagelos sociales, es la consecuencia natural y lógica de la corrupción, del desprecio por los demás seres humanos, de la falta de empatía y de compasión.

Siempre fuimos los buenos de la partida. Ahora somos los malos. Debemos luchar sin descanso por ser merecedores del respeto y consideración del resto de la humanidad. Dentro de 30 días –solo un mes– tendremos una de varias oportunidades de demostrarnos a nosotros mismos y al resto del mundo que queremos una Venezuela diferente de la que, los actuales gobernantes están presentando al mundo.

Otra razón más para votar con energía y masivamente el 6-D.

 

grequenaquena@gmail.comalvarogrequena@gmail.com

@arequena