• Caracas (Venezuela)

Álvaro Requena

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Reconciliación (III)

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Hace diez años que publiqué en este diario los dos primeros episodios de esta reflexión sobre la reconciliación: Reconciliación (I) el 20/01/2006 y Reconciliación (II) el 03/02/2006.

Hoy, aunque las circunstancias son un poco diferentes, ya que la agravación de nuestros problemas ciudadanos es crítica y las soluciones, hasta el momento, inexistentes, sin embargo, los ánimos caldeados y las posiciones antagónicas, así como los deseos y expectativas revanchistas e hirientes, no están dejando espacio ni a la amnistía ni a la reconciliación.

La situación en que nos encontramos en este momento en este país es la consecuencia no solo de políticas socioeconómicas erradas o inexistentes y de actitudes de desprecio de las instituciones, empresas y personas, también lo ha sido, en gran medida, de la desunión y de la insidiosa y maligna campaña de contraponer a los ciudadanos unos contra otros, de forjar casos criminales donde no los hubo, de mantener presos sin juicios y sin oportunidades de defensa a los opositores más visibles y, por supuesto, al uso del lenguaje soez e insultante como arma de agresión directa, artera, descalificadora y degradante, cuando no beligerante, jaquetona y excluyente.

Decretar la Ley de Amnistía es necesario, siempre lo fue y siempre lo será, hasta Chávez hizo una, aunque chucuta. De hecho la Constitución establece esa atribución como propia de la Asamblea Nacional.

Pero, obviamente, la amnistía no llena completamente nuestras aspiraciones ciudadanas. Es insuficiente, porque la amnistía es solo una parte del problema, es la parte que le toca al orden público, al Poder Judicial y que debe ser cumplida y respetada por el Poder Ejecutivo, que, en este y en casi todos los casos, es el que causó el enredo falaz que trajo como consecuencia la criminalización de los actos cívicos de discordia y protesta contra el gobierno.

No me agrada como ciudadano que se brinde amnistía a quien, obviamente, no debería haber sido condenado por cargos forjados y alevosía oficialista. Libertad plena y castigo ejemplar para sus captores y verdugos es lo que deberíamos ver. Pero, si vamos a buscar paz, esta debe comenzar por libertad para todos los presos políticos.

A esa amnistía hay que sumarle, de necesidad, la reconciliación. Sin este aspecto, todo lo demás no será más que un momento de “taima”, como se dice en ese juego criollo que se llama guataco, y entonces comenzará de nuevo el gobierno a repartir chaparrazos a diestra y siniestra sin concierto, sin compasión y sin justicia.

La reconciliación, como lo planteamos en los dos primeros artículos de esta trilogía, debería ser entendida como un acuerdo de paz interior individual que alcance con su aura a todos los ciudadanos y no excluya a nadie.

Debemos hacer nuestra la filosofía africana de Ubuntu. No permitirnos la agresión personal ni grupal por motivo alguno, y menos discriminarnos por intereses políticos o económicos. Nuestra paz interior debe permear hasta al más soez y agresivo defensor de sus ideas políticas, hasta el punto de defender con nuestras vidas su derecho de hacer lo mismo que estamos intentando nosotros desde la otra orilla.

Si damos serenidad a nuestros actos, precisión a nuestro lenguaje y respeto a nuestros semejantes, comenzando desde ahora, la amnistía se acompañará de la reconciliación y la nación regresará a ser la madre nutritiva de todos los venezolanos.