• Caracas (Venezuela)

Álvaro Requena

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Prestigiadores

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No hace falta ser estudiado para adquirir fama y prestigio, pero, de acuerdo con las diversas acepciones de la palabra prestigio, este no siempre se refiere a acciones ejemplares y meritorias, dignas de encomio e imitación. En muchas ocasiones el prestigio adquirido por un personaje puede ser el resultado de su ascendiente, influencia o autoridad que ha devenido en “engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo” (RAE-DLE, 23ª ed. 2014).

Tomando en cuenta que los seres humanos aprendemos por imitación la mayor parte de nuestras conductas y las pulimos y adaptamos por las experiencias adquiridas, es posible concluir que los modelos a imitar, mientras más se acerquen y representen nuestras costumbres, principios morales y valores éticos, serán mirados y atendidos como paradigmas y fomentaremos su influencia en la educación y crianza de nuestros hijos.

Pero las confusiones también surgen en la sociedad y las limitaciones culturales de la falta de educación y el poco énfasis en el mantenimiento y fomento de principios y valores; así como la propagación de actitudes contrarias a las buenas costumbres, los principios religiosos y la solidaridad y justicia social pueden convertir a personas de conducta desviadas en modelos imitables.

Latinoamérica ha sido testigo de excepción de personajes con influencia desmedida en la población, aunque su conducta fue delincuente, criminal y no debió ser digna de ser imitada. Capos del narcotráfico, por su poder, agresividad y desplantes autoritarios, llenaron las páginas de diarios, las pantallas de la TV y las mentes e ilusiones de muchos jóvenes que, por la imitación, creyeron o creen que lograrán ese efecto de fama, riqueza, impresión y “prestigio”. Algunos, como Pablo Escobar y “el Chapo Guzmán”, seguirán por mucho tiempo en el imaginario colectivo como seres controvertidos y modelos a imitar por muchos. Tristemente.

En Venezuela también tenemos modelos execrables por la sociedad y la justicia e imitables por las juventudes desposeídas e incultas. Pero, además, tenemos un ingrediente maligno entre tanta maluqueza social: el apoyo de las personas que regentan instituciones de tipo social, judicial y político que, sin respeto alguno por la sociedad que les vio nacer y que clama por seriedad, compasión y justicia, se han prestado a la protección de corruptelas y corruptos, del tráfico de drogas, del secuestro, de la guerrilla armada y la proliferación de la criminalidad protegida dentro de las cárceles, que además ha mostrado un despliegue de fuerza con armas de guerra de alta potencia que ni los guardianes tienen. Ese problema tiene años y ha sido conocido por todo el mundo, pero ahora con la muerte y el subsecuente entierro del pran “Conejo”, tal desafuero se ha convertido en una realidad infamante y vergonzosa.

La falta de autoridad orientada a la justicia social y la defensa de la sociedad y del individuo, en este país, solo es comparable con la desidia malintencionada, morbosa y catastrófica que ha mostrado el gobierno con la salud de los venezolanos, privándolos de los más elementales y necesarios medicamentos e insumos médico-quirúrgicos, bajo el prejuicio injusto y maltratador de que los venezolanos consumen demasiados medicamentos.

Los extremos siempre son perjudiciales y la permisividad con los criminales y otros delincuentes es tanto o más grave que la restricción al acceso de los medicamentos y, por tanto, a tratamientos exitosos.

Pobre Venezuela, entre pranes, imitadores, corruptos y políticos prejuiciados, estamos perdiendo nuestra juventud y nuestra salud.