• Caracas (Venezuela)

Álvaro Requena

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Álvaro Requena

Desastres sin importancia

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Como no son importantes, no deberían ser llamados desastres, sin embargo, por falta de léxico y exceso de años llamando las cosas por su nombre, para mí, y para muchos, sí son desastres. Solo la desidia de los gobernantes, o su vergüenza, hace que tapen los desastres o los disimulen con humo u otras acciones igualmente etéreas e inconsistentes y no se transmita al ciudadano el sentido de importancia que representan, sino más bien una visión ligera de la debacle presente, pretendiendo, además, cubrir con un festival musical el lamento de angustia y dolor que aqueja al pueblo ante la inminencia de lo que barruntamos todos se avecina: un desastre económico, social y político.

Hay desastres avisados que han venido sucediendo de forma continuada año tras año, por ejemplo: no haber sembrado el petróleo; mantener un tipo de cambio asistemático y confuso; el sistema de cárceles y prisiones; el ineficiente y sesgado sistema judicial.

Desastres antológicos, cuya agravación lleva a situaciones ridículas e inaceptables, como la del sistema carcelario que falla por su esencia al no poder retener presos a los presos, que se matan, los matan y escapan por docenas.

También el sistema judicial se ha desvirtuado al devenir en un apéndice gubernamental, prestándose a la detención de líderes opositores y negándoles el derecho a juicios apropiados.

Otros problemas entrabadores y causantes de mucha confusión y malestar han sido: las expropiaciones de fincas, industrias, comercios y otros bienes, que han mostrado de forma inequívoca la mala e inoperante administración oficialista; la suspensión de la posibilidad de envío de moneda extranjera a estudiantes y pensionados, dejándolos en la miseria y, a veces, sin futuro; la escasez de alimentos, medicinas, equipos médico-quirúrgicos, repuestos, insecticidas, productos de aseo y papel periódico; la inseguridad en las calles y en nuestras viviendas; la imposibilidad de protestar por la criminalización y represión de las protestas. ¿Estos son qué, simples malestares o desastres sociales?

Y, por encima de esos desastres, ver y sentir que la economía del país se desmorona hacia la hiperinflación, el desempleo, el incremento desproporcionado de la pobreza, la emigración y la imposibilidad de aumentar la producción industrial por falta crónica agravada de divisas para obtener las materias primas que el país, entre otros desastres, dejó de producir.                                                          

Nuestro pueblo es consciente de lo que pasa y su reacción no se hará esperar. De hecho, no se confunda lector con las noticias. El desastre ocurrido en el estadio de Pueblo Nuevo no tiene que ver con el fútbol y sus pasiones, pero sí con el enojo y la frustración de los tachirenses y de otros muchos. Por ahí anda la cosa…