• Caracas (Venezuela)

Álvaro G. Requena

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Las trampas

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En Venezuela continuamos viviendo una etapa dramática que, debido a la incapacidad de los gobernantes, no puede presentarse menos tétrica. La lista de desastres, carencias y desafueros de todo tipo, es interminable. Desde linchamientos populares hasta forjamiento de delitos, desde declaraciones falaces sobre disponibilidad de alimentos, medicinas, dólares y respeto a los derechos individuales y colectivos, hasta desconocimiento de la manifestación electoral del pueblo en la elección de la actual Asamblea; pasando por detenciones y juicios arbitrarios, saqueos, corrupción, chantajes oficializados, malnutrición, repunte de enfermedades infecciosas y retorno de causas de mortalidad infantil y de adultos, ya superadas.

Es increíble que unos jueces elegidos a dedo y sin las calificaciones y condiciones exigidas para el cargo respectivo en el Tribunal Supremo de Justicia, tengan, por obsecuencia, más poder que las decisiones tomadas por la Asamblea Nacional; tan inconcebible como que el presidente de la república pretenda gobernar de forma absolutista, sin Asamblea y soslayando la Constitución en asuntos tan vitales como su permanencia en el cargo y la justa y necesaria calibración de su gestión y la de sus ministros. Pero más grave aún es que las fuerzas armadas, supuestos garantes de la aplicación y respeto a la Constitución y que, además, son los únicos autorizados para el despliegue y uso de las armas de cualquier tipo, sean utilizados como brazo ejecutor de una política de represión del desencanto popular y también para el exterminio de criminales, sin juicio y sin las mínimas garantías que corresponden a la vida de cualquier ser humano, sea o no un ciudadano ejemplar.

Las faltas de respeto al ciudadano y el desprecio por su salud, su seguridad, su elección electoral y sus representantes ya elegidos, son la orden del día.

El modus operandi del gobierno es a través de artimañas disfrazadas de situaciones que al final terminan teniendo la solución artera, tergiversada y tramposa que ellos pretendían y habían disimulado. Un buen ejemplo es no permitir la obtención de materia prima, por la razón que sea, y luego apropiarse de las plantas industriales detenidas en su producción. Otro mecanismo tramposo es aprobar divisas, solicitar el depósito de la contraparte en bolívares en bancos del Estado, abrir cartas de crédito meses después, y no poder obtener los bienes comprados, porque las cartas de crédito no son honradas por los bancos receptores. Pero… “las divisas fueron autorizadas”.

Al final las trampas salen. Todas se descubren. Más tarde o más temprano. Ya eso lo sabemos. Lo hemos visto suceder mil veces. Lo seguiremos viendo. Veremos también que los tramposos se entrampen a sí mismos, que es lo que suele pasar. ¿Qué trampa le habrán tendido a Fulano sus propios cómplices? ¿Y él, a quiénes ha entrampado?

Ese es el asunto. Un círculo vicioso del cual es muy difícil salir.

Hemos oído hasta la saciedad que el que hace la ley, hace la trampa, y ahora, por arte desconocido y muy amañado, estamos viendo que quienes hacen las trampas también hacen las leyes y quienes deberían hacer las leyes están, como estamos todos, entrampados.

Por el momento parece que la solución más evidente es esperar que los tramposos se entrampen entre ellos, se vaporicen y se destruyan en su codicia y su irrespeto.