• Caracas (Venezuela)

Álvaro G. Requena

Al instante

De mal en peor

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En Venezuela, es muy difícil conservar la calma y la sindéresis en estos días aciagos para todos.

Sentarme, en la tarde y en la noche, como acostumbro, a pensar y escribir sobre mi país, me resulta casi imposible. No encuentro la tranquilidad ambiental que desearía tener; en su lugar mi mente sigue los gritos destemplados de auxilio o los insultos y descalificaciones llenos de rabia de quienes se sienten agredidos por las balas de goma y de plomo, las bombas lacrimógenas, las diversas explosiones que suenan continuamente, el avance indiscriminado, violento y agresivo de tanquetas, ballenas, tropas y policías, armados y con sus cascos, corazas y escudos amenazantes, que usan más para agredir con saña a quienes protestan que para defenderse de las piedras y objetos que les lanzan. Aplastan sin respeto alguno a los manifestantes.

Vivo en Chacao y, como nos ha correspondido, con mucha honra, lloramos mucho, por los gases, las penas de lo que vemos, oímos y sentimos y la falta de esperanza en que este gobierno entienda qué es lo que está pasando en la calle con Venezuela.

El gobierno no quiere entender ni aceptar no solo sus errores, sino el simple hecho de que se pueden hacer las cosas de otra manera y mejor.

El gobierno piensa que diálogo es un monólogo radiotelevisivo de Maduro o de alguno de sus acólitos.

Para el gobierno, escuchar es un acto que deben practicar los demás.

Para el gobierno, lo que está pasando en una especie de golpe de Estado continuado que lleva doce años en evolución. Para los demás, que estamos padeciendo el desgobierno, el desastre administrativo, social y judicial actual, es el resultado del deterioro sistemático, negligente y criminal de una nación que cayó, por desgracia, en manos de personas sin escrúpulos, mal informados, ideológicamente orientados por teorías socioeconómicas obsoletas, que han sido probadas como ineficientes y perturbadoras de la paz y el desarrollo armónico de las sociedades.
Así estamos en este momento, de mal en peor. Pero hay algo que quiero dejar en claro y que el lector entienda: no hay otra manera de hacerlo, hay que forzar la situación hasta que el gobierno corrija, modifique o decida cambiar o cambiarse, por los medios que la Constitución permite. Es necesario hacerlo de esa manera, pero ello exige paciencia, creatividad, perseverancia y constancia. Como todas las cosas que valen la pena.
Seguiremos llorando y se nos seguirá arrugando el corazón y enfriando el espinazo, de pensar en los jóvenes y líderes políticos presos por decir y hacer lo que yo quiero hacer y decir. Más aún cuando ha quedado claro para todos, qué es lo que para el gobierno es tortura y qué es lo que para los demás es suplicio y tormento que estamos padeciendo fuera y dentro de la cárcel y solo nos tenemos a nosotros mismos para defendernos.