• Caracas (Venezuela)

Álvaro G. Requena

Al instante

Por los cuatro costados

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Venezuela arde por diversas razones. En el centro, el Ávila y otros cerros se prenden en fuego con frecuencia, los barrios de Valencia, Maracay, Caracas y Vargas se encienden casi todos los días.

Zulia, Táchira y Mérida bullen con protestas, manifestaciones y tanto desagrado social y político que hay fuego en sus dichos y acciones.

Al sur, Guayana, siempre alerta y dispuesta a los más grandes sacrificios por su individualidad y el éxito de la región, indómita y perseverante en sus ilusiones, está siendo maltratada con asesinatos individuales y colectivos, imposiciones, ocultamientos, disimulos y mentiras. Una de las regiones más abandonadas por la falta de ejemplos y valores de sus gobernantes, que ha desembocado en la instalación de grupos anárquicos, interesados en su propio beneficio, ilegalidades y complicidades a todo nivel, militar, empresarial, gubernamental e internacional, que, además, ha traído como consecuencia la aparición de representantes sindicales con más intención criminal que social y la instauración de la minería ilegal más ecocida que pueda imaginarse.

Pero, nada de eso es tan impresionante como el hecho de que el gobierno nacional y los entes judiciales involucrados en el mantenimiento del orden en el país, viendo que las historias de asesinatos, masacres, agresiones violentas y otras acciones igualmente repudiables se repiten en Guayana, año tras año, no hayan tomado las medidas necesarias para la protección de los ciudadanos –aunque sean mineros ilegales o sindicalistas violentos– y sus comunidades, y estemos, este año, como en 2015, pasando por el bochornoso, triste y desesperante espectáculo que han protagonizado los ciudadanos y las familias afectadas y los representantes del poder nacional, que negando las realidades y no queriendo ver la ausencia de las personas, piensan que se trata de un montaje para fregarles la paciencia y tumbar al tren ejecutivo del país.

También en el este del país y en la isla Margarita están los ánimos más que caldeados, a punto de explosión. Quizá algo menos dramático, porque hacen pequeñas protestas frecuentes y eso desactiva el fusible por algunas horas. Pero la angustia por el agua potable, tantas veces prometida y tan poco cumplida, es hoy un drama trágico sin solución aparente.

El caso del agua es tan patético como el de la electricidad. Ambos tienen el mismo origen: el rezago en el mantenimiento y puesta al día de equipos y nuevas fuentes. La electricidad y el agua van de la mano en muchas ocasiones y en Venezuela, como en casi todas partes, dejar perder la oportunidad del agua y su potencial generador de energía es un acto negligente que no tiene perdón.

El fenómeno de “El Niño” es una buena excusa y como tal está siendo usada, pero no se puede creer que, aun sabiendo que tal fenómeno existe y se hará patente en algún momento, no se hubiesen tomado las previsiones necesarias para aminorar su efecto. Pero no, tal y como es la actitud del gobierno, los culpables siempre son externos. No hay responsabilidades ni responsables entre los planificadores y ejecutores de las políticas gubernamentales.

Esa es la Venezuela que tenemos en este momento, ardiendo en el centro y por los cuatro costados, paralizada por la desidia, la negligencia, la irresponsabilidad e ineptitud de sus gobernantes.