• Caracas (Venezuela)

Álvaro G. Requena

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Presos estamos todos

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Confieso que disfruto escribir estos artículos de opinión para El Nacional. Es un disfrute raro, a veces doloroso, a veces jocoso, la mayoría de las veces es más un drenaje de energía reprimida que me carcome y que al plasmar en blanco y negro mi opinión, sesgada, obviamente, pero contundente y congruente con la realidad que estoy viviendo –como todos ustedes, lectores– siento cómo mi tensión interna cede al deslastrarme de parte importante del enrollado que retuerce mi espíritu, mi sentido de la justicia y la expectativa por una vida plena de paz, prosperidad y felicidad, tal y como todos los años se lo deseo a los habitantes del mundo y en particular a los venezolanos y, por supuesto, a mis queridos y entrañables amigos.

Drenar la queja, el disgusto, la rabia, el enfado y la desilusión no es cualquier cosa, ni es fácil. A veces creo que lo he intentado todo, que he practicado las más sutiles técnicas de modificación de mis respuestas ante los eventos que me rodean. Lamentablemente, hasta el momento, siempre ha habido un nuevo acontecimiento que desarma y sobrecarga de tensión mi ya precaria paz interior. Vuelvo a empezar y así sigo cumpliendo mis ciclos de carga, sobrecarga, drenaje, alivio y vuelta a cargar. Si no fuera por la escritura, por las muchas horas escribiendo, borrando, recortando, puliendo, añadiendo y releyendo una y otra vez, tendría que salir a correr –trotar no sería suficiente–, boxear, practicar lucha libre, pintar letreros en las paredes de las calles, gritar mucho muy alto y finalmente,  si no consigo nada, irme a mi propia Sierra Maestra.

Allí van a terminar muchos venezolanos. Acepto que lo de Sierra Maestra es un eufemismo por lucha clandestina, pero es que así es y será, si las cosas no cambian. Son muchas las cosas que tienen que cambiar, las listas que proveen las claras mentes de algunos venezolanos comprometidos con el futuro y llenos de generosidad con su tiempo y su esfuerzo, son claras y muy sencillas de explicar. Además de eso tiene que cambiar esa actitud jaquetona y prepotente que presentan los gobernantes actuales y que denota que se sienten dueños absolutos de un poder ilimitado que no reconoce más fronteras que su propia inventiva.

Poner presos a personas que manifiestan sus opiniones verbalmente en público o en privado es inicuo y no es aceptable jamás.

La cadena de presos políticos de este país es demasiado grande y pesada para los ciudadanos, que sentimos que llevamos atados a nuestros pies y manos grillos virtuales que son tanto o más pesados que los que llevan Leopoldo, Ledezma, Rosales, Simonovis, Afiuni, etc., y pronto, parece ser, Lorenzo Mendoza.

Con tantos presos sin motivo legal se puede escribir todo un tratado de infamia.

Con tanta vergüenza junta se puede ahogar una gestión pública, pero no la esperanza de un país.

 

alvarogrequena@gmail.com

@a.requena