• Caracas (Venezuela)

Álvaro G. Requena

Al instante

Desbarajuste

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Siento que el gobierno de Venezuela es desordenado, mentiroso, jaquetón y se ha hecho la vista gorda con la corrupción y los derechos civiles, incluyendo la propiedad privada y la protección del individuo por las fuerzas del orden. Además, en los últimos dos años, la situación ha empeorado por causa del irrespeto a la voluntad de los electores, y la negligencia en el manejo de las funciones básicas de la administración de bienes y servicios y de la justicia.

Nuestros problemas más acuciantes son: el agravamiento continuado de la incapacidad para conducir la economía del país, estabilizar el tipo de cambio y mantener y mejorar el poder adquisitivo de la moneda; la larga lista de desafueros, forjamientos y argucias, cometidos por el gobierno en contra de las personas, como L. López, A. Ledezma y otros presos políticos; las carencias de medicinas, alimentos, productos de higiene y limpieza, repuestos y, últimamente, también hemos tenido que vivir la escasez de médicos especialistas y de centros de atención hospitalaria adecuados; la falta de empleos suficientes y con remuneración adecuada; la informalidad comercial que ahoga al comercio de alimentos y productos para el hogar (el bachaqueo es una necesidad surgida de las carencias y agravada por la actitud excluyente y sectaria del gobierno); el manejo hegemónico y manipulador de los poderes del Estado; la falta de reconocimiento de las decisiones electorales del 6-D y la manipulación de la paz ciudadana a fin de establecer un control despótico y dictatorial comunista, definitivo.

Esa lista de problemas conforma una situación que en varias oportunidades hemos definido como caótica, grave y progresiva, para la cual no hemos visto ningún indicio de solución, por el contrario, la actitud oficial la ha agravado.

Para muestra redundante, baste recordar los recientes sucesos de Cariaco y Cumaná. En esas localidades las carencias de todo tipo han sido la regla en las últimas semanas y la respuesta del gobierno fue agravar la situación, cerrando las vías de acceso. Además, algunos alcaldes se han negado a dar las bolsas de comida CLAP a quienes no “están con la revolución”, es decir, a los escuálidos. Situación indignante, injusta, humillante y generadora de estados de irritación que, como supimos, llevaron al caos a la población de Cariaco, que reclamaba alimentos y fue brutalmente reprimida por fuerzas del orden público y militar, armadas con armas de guerra y en estado de igual caos –léase, desorden–. Tres días después en Cumaná se alborota la población, comienza un desorden público que es aprovechado por desaprensivos y delincuentes, y se desata un desbarajuste que dura más de ocho horas y deja como saldo muertos, heridos y destrozos de bienes y casas de comercio de todo tipo, que es probable no tengan ni reparación, ni compensación, pues el gobierno, quebrado como está y la situación tan grave que estamos viviendo, llevará a esos comerciantes a abandonar, a huir y a la rabia. Pero el pueblo tendrá menos comercios y con menos cosas o alimentos que comprar y ese círculo vicioso será interminable.

Cumaná y Cariaco son dos ejemplos de lo que está pasando. Hay muchos otros pueblos y ciudades en situación similar o peor. El denominador común es el desbarajuste de un pueblo con hambre y unas fuerzas del orden con temor y falta de dirección adecuada y sentido de su función, que están siendo utilizadas en contra de las víctimas del desorden oficial, el pueblo.

El gobierno simple y llanamente no sirve, no puede controlar el caos que generó y el tren ejecutivo, en lugar de buscar la paz y la armonía, incita a la confrontación, la desigualdad y la rabia. De eso se aprovecharán muchos desaprensivos y malandros que, por cierto, también votan, tienen hambre y necesitan medicinas.