• Caracas (Venezuela)

Álvaro Benavides La Grecca

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Una pregunta nada santa

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“¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”, fue la pregunta que Juan Manuel Santos les formuló a los colombianos en el plebiscito del 2 de octubre de este año. La respuesta fue No.

La redacción de esta pregunta es de un grado de manipulación tal, y la abusiva y costosísima campaña nacional e internacional de promoción del Sí del gobierno de Colombia tan abrumadora, que gente de muchas partes, algunos líderes mundiales entre ellos, daba por descontada la victoria del Sí.

Los miembros de la Academia Sueca se anotaron a ganadores en esa rifa. Ni siquiera consideraron la posibilidad de una respuesta diferente. La decisión estaba tomada antes del 2 de octubre, y no la modificaron a pesar de la respuesta del pueblo de Colombia: le otorgaron a Santos el Premio Nobel de la Paz.

¿Le dijeron No los colombianos a la paz? Pero ni remotamente. Todo lo contrario.

Los colombianos le dijeron No a la injerencia de los Castro en sus asuntos propios. “¿Cómo así que va a ser el cuartel de los Castro, germen de la violencia que hemos padecido durante años, el lugar donde vamos a discutir sobre paz con los ejecutores locales de esa guerra que nos ha desangrado?”.

Los colombianos le dijeron No a la foto del 26 de septiembre, en la que el paroxismo teatral, con la misma intención manipuladora de la pregunta, registró una estampita dominguera con la que pretendieron cubrir de un manto de pureza celestial el momento en el que Raúl Castro, de blanquísima guayabera, cual sumo sacerdote impoluto que bendice un bien avenido matrimonio, posaba ambas manos sobre las de Santos y Timochenko en el momento del apretón.

Le dijeron que No al hecho de que Santos no les hubiese preguntado, mucho antes de comenzar los diálogos de paz en La Habana, si ellos querían que fuese precisamente en el cantina de los Castro, aposento y guarida de delincuentes, el lugar para convenir las circunstancias para la paz sin condiciones que quieren los colombianos de buena voluntad.

De habérseles formulado esa pregunta, con toda seguridad hubiesen respondido que querían otro recinto y otro mediador para discutir un asunto de tal gravedad para sus vidas. Un mediador imparcial. Un mediador del presente.

En las citas de estos cuatro largos años intervinieron tan solo dos partes: la guerrilla y los Castro, que son la misma cosa, por un lado; y el gobierno de Colombia, que pretendía representar a los colombianos, por el otro. Nunca hubo un tercer actor en este montaje.

Es lo que explica el resultado de un acuerdo tan generoso con una de las partes (curules parlamentarias regaladas, justicia transicional, recursos económicos, zonas protegidas), como humillante para la otra: para los colombianos que han escapado de las masacres de la guerrilla y que quieren respeto a la memoria de sus muertos.

La arrogancia de Santos y su menosprecio por la inteligencia política de sus compatriotas son tan evidentes que su canciller declaró que el gobierno “no tenía un plan B”. Estaba convencido de que los colombianos iban a sucumbir al chantaje de la paz y del medio, a la manipulación escondida en su pregunta.

Con el No los colombianos ratificaron lo que dicen todas las encuestas de opinión pública: no se sienten representados por Santos y su gobierno.

El No de los colombianos abre una puerta hacia la discusión de un acuerdo de paz sin chantajes. A cursar un camino distinto y buscar mediadores comprometidos con una negociación justa, transparente, que los ayude en la conquista de ese anhelo de paz que compartimos millones de latinoamericanos, conscientes del papel preponderante que Colombia juega en la construcción del mejor destino para nuestra región.

El No de los colombianos obliga a los guerrilleros a aceptar que lo que han hecho durante cinco décadas dista mucho de ser considerado travesuras de adolescente. Que Colombia les dijo que tendrán que asumir las consecuencias de sus acciones criminales, sin curules de cortesía, sin gracias judiciales.

El Nobel de la Paz puede ser un apetecible premio de consolación para el ego herido de Juan Manuel Santos, pero tendrá muy poco efecto en el espíritu decidido de los colombianos de no dejarse chantajear con pregunticas y campañas millonarias financiadas con el dinero de todos los colombianos.