• Caracas (Venezuela)

Alicia Freilich

Al instante

La primera salida

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Al margen de cualquier eventual estallido provocado por el desastre nacionalizado, la disidencia tiene la obligación de unirse a fondo para no repetir sus errores de abril 2002. Sin menospreciar como referencia salidas ajenas, debe encontrar las propias. Unión Soviética, España franquista, Chile y Argentina dictatoriales hallaron las suyas para unir esfuerzos hacia una meta común. El caso venezolano es más complejo, requiere de duros y valientes cambios estructurales para salir de un régimen totalitario, populista y militarizado sobre la base de una enfermedad ideológica recubierta con mitología religiosa, un yihadismo rojo ahora necrofílico de sectas fanáticas apoyadas por un descarado oportunismo local y foráneo. Hoy para sobrevivir solo cuentan con la represión bestial.

La oposición formal no tiene dios, pero sí demasiados caciques para pocos indios con poca o nula diferencia conceptual entre las tribus. Carece de sentido que los partidos políticos tradicionales antes mayoritarios, cumplida su misión histórica contra las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez y en la fundación venedemocrática, no se fusionen con los de nuevas generaciones surgidos en años siguientes y en la actual dictadura para forjar alianzas duraderas, de consistencia ideológica bien sólida, capaz de organizar un país moderno con tres bloques, uno centroliberal, otro conservador y una tercera opción para los disidentes de ese binomio como el fiel crítico en la balanza, pues la realpolitik mundial acabó con izquierdas y derechas radicales que aspiren al poder por vía democrática. Tantos dirigentes sin militancia contada ni seguidores, cada conuco de un solo patrón, han debilitado la lucha contra el castrocomunismo criollo y, peor, lo afianzan.

La ausencia de actualizados programas de políticas públicas concretas bien explicadas para recobrar el sistema democrático es el factor determinante de ese cambio radical en la conducta del venezolano promedio, protestatario de palabra pero pasivo, indiferente ante la acción que puede lograr la constitucional desobediencia civil, lejos de marchas, cacerolazos y guarimbas ya inútiles. El ciudadano común se inhibe por miedo a las balas y al cruel comportamiento de entrenados para matar, y por eso prefieren al malo conocido. No percibe madurez política en los adversarios del régimen. Necesitan sentir en ellos un consenso seguro y confiable que garantice estabilidad en caso de transición o cambio de sistema. Hoy, por ejemplo, 85% del conglomerado se manifiesta verbalmente contra la cartilla digital de racionamiento, pero los voceros de automercados y afines la aceptan y pactan por su cuenta una decisión impopular. Los intereses particulares anulan a diario la propia legislatura democrática. Contradicción y caos son pan de cada hora.

Cuesta mucho convencer a todos los sectores de una colectividad tan desmoralizada, dispersa y díscola si las toldas políticas que en teoría la representan no se cohesionan de verdad-verdad con eficientes métodos, para resucitar en pocos, pero grandes partidos de contenido y siglas unitarias que logren captar la atención y la confianza mayoritaria, esa pertenencia activa contra el dañino y mercenario proyecto comunal. Y son los congresos ciudadanos, el casa por casa, tú a tú, calle por calle, plaza por plaza, la urgente salida inicial de una cueva donde la encerrona lleva sólo a puertas tapiadas.

A veces una emergencia obliga a crecer mucho y de repente. Con enorme sacrificio del ego personal y grupal. Ejércitos voluntarios, sin herramientas bélicas, bien conducidos, pueden armarse de auténtica unidad civilista, el muro más resistente capaz de anular la fuerza bruta y brutal del presente militarismo totalitario casi venezolano, que se vende, adoctrinado pero solo en parte, al petrobolivarismo corruptor.

alifrei@hotmail.com