• Caracas (Venezuela)

Alicia Freilich

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El Estado pran y su triple C (II)

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Siete meses  atrás  fue publicada en esta página la nota primera que llevaba este mismo título pero a la luz de los sucesos  actuales  aquel análisis  luce gris y benévolo. Porque si se contabilizan ya 6.000 venecubanos activos en la acción  fratricida de los llamados colectivos locales y que en realidad son Comandos Criminales Cobardes, la Triple C, sustento del chavismo, no cabe la menor duda de que este régimen trata de igualarse históricamente con los gorilatos a la derecha y a la izquierda  que tanto daño hicieron en Chile, Argentina, y ahora persisten ya incrustados en organismos internacionales. Es un yihadismo de  oratoria populista que obliga  a cambiar el vocabulario tradicional para definir  a la llamada guerra civil.

Guerra es guerra, destrucción del enemigo. Civilidad es su opuesto, comportamiento ciudadano basado en normas que regulan la convivencia entre humanos diferentes que ocupan el mismo sitio y comparten total o parcialmente ciertas costumbres respetando las normales diferencias que marcan a cada individuo. Esto que luce tan elemental, tan simple, tan perogrullada, tomó al menos dieciocho siglos en  hacerse ley  desde el episodio luego fallido de la Revolución Francesa, dando tumbos sangrientos se consolidó en la Norteamericana. Un siglo después de las luchas independentistas fue cuando se proyectó hacia Latinoamérica con los elevados costos de sacrificadas y heroicas vidas anónimas.

Eso es pan comido para quienes tuvieron el privilegio de estudiar la historia universal en colegios, escuelas y liceos de las primeras repúblicas suramericanas donde por fin se pudo incluir en los programas educativos materias primordiales que enfatizaban lo básico de la coexistencia pacífica y de cómo las democracias verdaderas se miden por la manera como tratan a sus minorías étnicas ,religiosas y políticas, ya que sumadas ofrecen el saldo auténtico de lo que llamamos civilidad, civilismo, civismo, tal como viene registrado en el  reciente libro Civiles, de Rafael Arráiz  (Editorial Alfa,2014).

Con su revolución bolivarista, llamada bolivariana, el chavismo consolida una dolorosa y destructiva  guerra que no podrá recibir el nombre de civil porque ha creado los cuervos que le roen su entraña, tal cual ha sucedido antes según  la famosa frase que admite cómo toda revolución es devorada por sus propios hijos. Es la lucha bárbara, selvática, bestial, la guerra cainita, y el hecho de que sus víctimas se encuentren desarmadas, inertes desde el punto de vista material para contrarrestar su ofensiva, le otorga precisamente ese rango de revolución criminal.

Hasta que el cogollo partidista opositor y la sufriente y sobornada  población mayoritaria no comprenda esta división de contenido y por impulso de sobrevivencia se levante en desobediencia, en resistencia civil,  por demás bien definida  y autorizada por su Constitución Republicana, y sea respaldada por el sector militar cuya conducta civilista viene también muy pautada por la Carta Magna que  ha obedecido en fechas como el 23 de Enero, hasta entonces, se ahondará el daño moral, espiritual y físico que paraliza al conjunto llamado pueblo. El totalitarismo sabe entregarse al poder pero no sabe entregarlo. Es necesario repetir esta verdad.

Miremos el espejo: la humillante condición del cubano, convertido por la camarilla castrista en mendigo, jinetero, fusilado al inicio, ahora torturado y preso, carne de intercambio mercenario, despojado de su habitual alegría manifiesta en el arte de su hermosa  música natural y entonces quizá el chavista ignorante, el de la masa engañada, comience a reaccionar. Es tarea principalísima   de quienes afirman comandar la actual  disidencia venezolana.