• Caracas (Venezuela)

Alicia Freilich

Al instante

Esta condenada justicia

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Urge acabar con este nexo entre autoridad mafiosa y obediencia burocrática masiva.

El apuesto, muy talentoso cantante y actor francés Yves Montand encarnó a un insobornable fiscal republicano electo en democracia liberal en el filme clásico Yo tal como Ícaro (1879) del director Henry Verneuil, inspirado en el asesinato del presidente John F. Kennedy y en los experimentos que, basados en el proceso Eichmann, realizó el psicólogo norteamericano Stanley Milgram en los años cincuenta.

Apasionantes escenas de esta película muestran cómo funciona “la banalidad del mal”. Por medio de voluntarios que reunió en su laboratorio de psicofisiología social, el Dr. Milgram demostró cómo 65% de los sometidos a su estudio podían transformarse de pacíficos ciudadanos en crueles torturadores inducidos al cambio mediante el miedo a las autoridades supremas electas y su ejército de funcionarios robotizados en sumisión absoluta.

A partir del caso Dreyfuss, fines del siglo XIX y los juicios de Nuremberg posnazis, quedó claro que la justicia puede ser condicionada por factores políticos, financieros y militares en todo sistema. No abundan el fiscal auténtico ni el juez justo guiados por rectos principios legales y éticos. En regímenes fascistas de izquierda y derecha no existen del todo.

Más acá, los casos de dos de sus víctimas, por diferentes motivos, el fiscal Anderson en la patria chavista y el fiscal Nisman en la Argentina del kirschnerismo, son espejos del trasfondo tenebroso y fétido que manipula para no investigar ni castigar la criminalidad estatal.

En Venezuela, Luisa Ortega Díaz, fiscal mayor del Ministerio Público, es un ejemplo perfecto para sumar a una historia universal de la justicia morbosamente cínica. Entre sus múltiples botones de muestra: en febrero 24/2014, frente a la prensa, calificó de embustero al estudiante libertario que denunció cómo fue apresado por la Guardia Nacional y violado sexualmente con un fusil. Ella tiene pruebas que lo desmienten, el informe médico que le ordenó a su propio personal desde su propio despacho (sin cotejo con informes profesionales privados) y agregó, porque el mentiroso puede sentarse cómodo y sin problemas.

Imposible curarnos de espantos. Esta clase de autoridad judicial desvergonzada perdió hasta la compasión ejerciendo “el vil egoísmo que otra vez triunfó”. De ese perverso calibre son los árbitros y su cortejo encabezados por un Tribunal Supremo que durante más de tres lustros diseñan y deciden el destino de presos políticos, disidentes, procesos electorales, del país mismo por órdenes de la Doble G: G2 más el generalato.

Lástima que el Dr. Milgram no pudo integrar a su estudio las fechorías del chavifascismo totalitario que además, como novedad, impone la obediencia burocrática a una dirigencia opositora formal mayormente de partidos vacíos con vocación de fracaso ya que en las horas decisivas ignora la calle, se repliega en una panadería de mucha mesa y poca masa.

Mientras, la otra, principal mayoría de 80% indignada, sufriente y dispersa busca un liderazgo unitario confiable por si todavía es posible, entre otras opciones, un desobediente plebiscito sin CNE, a mano limpia y contaje bajo cielo abierto con lupa internacional.

Cada sociedad tiene el gobierno que merece, dice el refrán, ¿será verdad?