• Caracas (Venezuela)

Alicia Freilich

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Coberos

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La mentira tiene patas largas y populares. Lo ilustran Hugo Chávez y Daniel Santos. La prensa caribeña informa que el cantautor boricua será celebrado con festividades en febrero del 15, por su centenario natal. En su última visita a Caracas, en el 89 lo entrevisté por sugerencia de Nelson Luis Martínez, director del Suplemento Cultural de Últimas Noticias donde era colaboradora. Lo hice por respeto al decano periodista, ya que Santos nunca fue santo de mi devoción. Su voz era nasal, impostada, recia, de botiquín.

Mi generación tuvo en la radio, los discos LP y las rockolas, su Ipod y su Youtube con ídolos músicos en su mayoría y eso nos afinó el oído para los detalles. Su bohemia retratada en “El Inquieto Anacobero”, cuento de Salvador Garmendia, sus Confesiones a Héctor Mujica y La importancia de llamarse Daniel Santos, novela de Luis Rafael Santos, confirman cómo su leyenda se debió más que a una gran calidad vocal a su escandalosa y dura vida repleta de incidentes en sitios de alcohol y droga. A los impecables arreglos de La Sonora Matancera. Y a su izquierdismo de frases mitinescas. Pero además, mi rechazo lejos de moralina o fanatismo, que no son lupas profesionales, iba por otra vía. El comunismo cantado en La Nueva Trova Cubana dio muestras perdurables. Hubo intérpretes hundidos en vicios de la nocturnidad, Benny Moré, Bola de Nieve, Felipe Pirela y muchos del jazz, pero genuinas joyas siempre brillantes. Algo desafinaba en lo interno de su tango tropical con letra entrañable o politiquera. Su biografía real da claves y ese encuentro las ratificó. Fue triste percibir sus 70 años en evidente vacío espiritual tras una exitosa carrera. Sin licor ni micrófono personaje sin persona, fija la mirada, ordinario el gesto, habla de gruñidos y monosílabos.

La música sin disfraz es fiel espejo personal y público que ilumina trasfondos de la historia. Daniel lució pacifista mientras odió el imperialismo yanqui porque lo reclutó como soldado contra el nazismo y su fama creció con la “Despedida” de Pedro Flores (“Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra), pero le compuso y cantó glorias al fusilador Fidel Castro con “Sierra Maestra” convertido en himno guerrillero del   Movimiento 26 de Julio. Desde la cárcel confesó culpas (“Estoy preso cumpliendo la condena que me da la sociedad, me acongojo, me arrepiento…) pero reincidió varias veces. Narró su gran amor por “Linda” mientras engendraba doce hijos en distintos vientres. Líder del partido independista puertorriqueño, se radicó en su finca de Florida, Estados Unidos.

Anacobero es el travieso en jerga cubana, en la nuestra cobero es el mentiroso de oficio. Daniel Santos fue ambos para un público ávido del héroe liviano, nada ejemplar pero sí carismático que desde el reclamo musical compensó su pasiva marginalidad. Nació en la casi miseria y con lo áspero de su cantar protestó por ese origen desde contradicciones al costo de su autodestrucción.

El histrión militar Hugo Chávez, hoy en el altar del panteón La Montaña, hijo de la clase media trabajadora, cultivó su doblez también de arraigo masivo pero con maligna verborrea para una vasta audiencia de necesitados. Payaso fijo de un mediocre vodevil, prometió el embuste de un paraíso revolucionario a cambio del culto al rencor vengativo y sembró su mito en una pobresía bendecida por sus ahora multimillonarios herederos y cómplices.

Mentira, bonche y revolución ligaditos. Un fantasma recorre Latinoamérica. Es el populismo con su trágica rochela. Opio del pueblo resentido, lo distrae y refuerza su costumbre de acusar al otro por los propios errores y daños, paraliza o retarda su lucha por un progreso de responsabilidad individual y colectiva.

¿Hasta cuándo debe continuar ese show?

alifrei@hotmail.com