• Caracas (Venezuela)

Alicia Freilich

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Zoo de cuartel y palacio

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De la especie primate, los más pobres son monitos tití, libres en la selva, sin padre conocido. Se los atrapa, domestica y exhibe para distraer al público que incluso hasta los alimenta sin temor alguno entre rejas porque lucen humanoides y graciosos en jaulas ambulantes, pero son micos explotados que sueltan otra vez al pavimento en situaciones límite para su uso como carnada y carne de cañón.

Los encargados de esa prisión bestial con nombre de cacique, bordeada por afilados muros y abierta para desfiles de circo, son torpes animales bípedos, uno grandote funge de jefe, sobrevive en la mansión anexa, se tambalea y atonta más al recibir las continuas órdenes contradictorias que le envían otros simios y sus cortejos, con y sin garrotes, todos peleando a dentelladas entre sí por la jefatura total del gorilato.

Pero la que finalmente dispone los piaches para cada ocasión es la tribu de viejos chimpancés diestros en domesticar con crueldad por su larguísima experiencia zoológica en la Caribes Con Island, selvático y turístico reino tropical desde donde lanza sus dictados indiscutibles a este par de sucursales obedientes. A veces se apersona uno de ellos, ágil orangután, solo en alarma, de noche o madrugada y por horas, para dictar las normas sobrevenidas que de rutina llegan por cable submarino.

Es el caos organizado bajo estricto control para provocar afuera una cólera que se aplasta a sangre y fuego. Pero las fierecillas esclavas ahora están inquietas porque sufren ración de alimentos, les molesta la metálica pelambre que los recubre, comprueban que sus garras ya no sirven, sus puñales no cortan, sus zarpazos obligatorios fallan porque sienten el rechazo de sus víctimas a quienes deben gasear, golpear, torturar y matar en plena lucha por la libertad, un derecho que a ellos también les quitaron. Además, hace tiempo sus domadores están histéricos y en su bestiario ya no hay visitantes porque les toca formar colas para buscar migas y sobras en basureros, escondites y cloacas, donde compiten distintos géneros del zoo, los de bachacos y cuervos con múltiples aves de rapiña.

Es que los parques jurásicos hoy artillados sobre avaricia, mentira y maldad, acaban en museos del horror. No se conservan vivos con esos gorilas acorralados por el pánico al saber que su futuro es el de los brutos salvajes, parias sin cueva segura y futuro de celdas. Por eso, algunos de los adultos y jóvenes siervos por ellos amaestrados para el mal, en buena hora todavía rescatables, ya protestan bajo cuerda y quieren irse a tiempo de esa cárcel animalizada.

Esta misma fábula con pocas variantes, a viva voz y en escritura, es recordada por sobrevivientes de perversos macacos del pasado siglo en España, Chile, Perú, Brasil, Argentina, Santo Domingo y el país donde en 1958 el bravo pueblo que al yugo lanzó la ley, respetando la virtud y el honor…

Y esta jungla de bichos apadrinados, inmaduros y descabellados resulta una plaga continua, muy costosa y letal para la ciudad. A veces una rebelión en el propio corral es la salida de emergencia que permite abrir las otras puertas.

En arte, ciencia y política la loca imaginación anticipa la razonable acción, dice la libre historia universal.