• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

Al instante

La limpieza entra por casa

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Había una vez un país conducido por mujeres y hombres que no tenían miedo a jugarse la piel por darnos una vida mejor. Había un tiempo en que los galones de político se los ganaban en la calle muchachas y muchachos que no vacilaban a la hora de correr riesgos. Había un país que se nos desapareció en la cara, gracias a los “herederos” de aquellos forjadores, y de lo cual ahora nadie quiere darse por enterado, mientras se dan golpes de pecho y vociferan exigiendo una sumisión absoluta a sus desplantes de atorrantes pedigüeños. Al final de este cuento hay una casta de caciques que repiten antiquísimos modelos: se alían con el enemigo para hostilizar y desechar al vecino que no se deja controlar.

Esa piara de mandamás son los que llevamos años viendo aglutinarse en diversos sindicatos opositores, que más bien parecen dedicados a “hacerle la tarea” al gobiernucho que padecemos. Y antes de que salten unas cuantas, y otros tantos, a exigirme deje en paz a los partidos, quiero reiterar por enésima vez: los partidos son bienes necesarios que permiten a la ciudadanía articularse para lograr el bien común. Mas eso no es lo que ocurre con quienes los capitanean en nuestro país, y muchos otros, ¡qué tampoco gozamos de la exclusiva!, donde hacerse “dirigente” es el sueño dorado de unos cuantos mangasmeadas que andan buscando la mejor manera de medrar, y tener una corte de acólitos que los aúpen en sus necedades. Lo que no dejaré de insistir es en la urgente necesidad que tiene el país de salir de esa recua de inútiles devenidos en Sanedrín.

Esa malhadada cofradía ha logrado secuestrar de manera increíble la voluntad de todo el país, y suelen montar en cólera cuando algunos reclamamos sus malandanzas. Una de sus jugadas recurrentes es alimentar la esperanza de manera desenfrenada, al mejor estilo de: ¡este domingo sí pegamos el cuadro con seis!, para despertar luego, con la secular resaca del lunes, sintiéndonos más miserable, ahítos de impotencia. En estos días repiten con recurrencia de loro ferial que los números de Maduro garantizan su derrota. Y se pavonean por las aceras del pueblo con aires de perdonavidas. Pobres infelices. Serían una morisqueta de no encerrar una tragedia en ciernes tan irresponsable actitud.

Ahora ninguno recuerda las cifras que se manejaban un poco menos de 14 años atrás sobre la gestión del comandante eterno. Hay una nota publicada por Carlitos Subero el lunes 12 de noviembre de 2001 en la que informaba sobre la encuesta realizada por el Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD) entre octubre y noviembre de ese año. Las cifras de aquel momento revelaban que 69,6% responsabilizaba a Chávez de los problemas del país y 85% creía que el presidente debía cambiar su actitud ante el país. ¿Quieren una debilidad mayor? ¿Qué hizo en ese momento la dirigencia opositora? ¿Acaso se impuso el sentido común y se articuló una real unidad para poder rescatar el país? Bien sabemos que no, que el canibalismo imperó y que si algo han aprendido en estos largos y oscuros años ha sido a maquillar sus triquiñuelas. Las zancadillas siguen presentes, los empujones están a la orden del día, el “pescueceo” impone sus reglas de manera clara.  

Aterra ver la manera tan alegre como se nos habla y dicen lo que saben que se quiere oír en la calle. No hay un manejo claro y veraz de los riesgos que se corren, y con singular miopía están convencidos de que esa gran mayoría descontenta con el bigote bailarín es una corriente de votos segura para su molino. Las descalificaciones del señor en cuestión son copiosas, la subestimación es proverbial, el eterno juego para desestimar al contrario impone la normativa. Bien sabemos que cuando en nuestras tierras se quiere sacar a alguien del juego se le tilda de puta, bruto o ladrón. No preciso especificar todo cuanto le han endilgado al hombre que le hablan los pajaritos. Aclaro: no pretendo convertirlo ahora en la versión tropical, bigotuda y payasesca de Churchill, pero no es gratuito que sea quien está desempeñando el cargo que ocupa por ahora. De nuevo reviso mi archivo y encuentro unas declaraciones que él, como vocero rojo, le diera el jueves 20 de junio de 2002  a Taynem Hernández donde proponía que oficialismo y oposición pactasen una tregua política nacional que conjurara la violencia y le diera estabilidad al país. ¿Fue gratuito que Maduro fuera quien actuara en esa ocasión como agente de distracción en un momento de tanta tensión como la de aquellos días? Insisto, se juega a descalificar y se peca de ingenuo o de tonto redomado creer que así se inutiliza al adversario.

Dirán que no doy tregua a “nuestros” dirigentes, pero es que esta camándula de ineptos no debe ser dejada de su cuenta o volverán a dejarnos con el culo al aire. Cito apenas dos ejemplos. El primero es una mera cuenta de los representantes electos al Congreso Nacional  en el año 1998. En aquellos días los principales partidos de lo que hoy llaman oposición sumaban 32 senadores y 114 diputados; mientras que el finado comandante sumaba 19 senadores y 76 diputados… ¡Y se bajaron los pantalones sin chistar! El segundo botón de muestra fueron las cifras obtenidas semanas más tarde en las elecciones presidenciales, donde hubo una abstención de 36,6% y al año siguiente los rojos impusieron, porque así les salió de sus mesenterios, una Asamblea Constituyente a la cual la Corte Suprema de Justicia le ratificó la “supraconstitucionalidad”, con lo cual, además, se autoimpuso un bozal, y de ello nunca nadie les ha pedido explicaciones de semejante imbecilidad. ¿Confianza en quiénes? ¿En semejante serrallo de serafines? Está bien que pequemos de tontos, pero al menos que el capirote, que nos quieren encasquetar, se lo pongan entre ellos mismos. Es hora de unidad, pero también lo es de transparencia, y en eso no hay que cejar, para que realmente esa unión sea blindada, incluso a prueba de los inútiles que por tanto tiempo han reinado en nuestro campo. Es hora de limpiar, y a fondo, sin dejar de tener presente que la ley entra por casa. Debemos lograr que los batracios regresen a sus charcos.

 

© Alfredo Cedeño