• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

Al instante

Tiempo de mudanza

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De nuevo llega un papa a Cuba. Esta vez le toca al jesuita argentino Francisco, es el tercero que llega a dicha tierra antillana en menos de 20 años; antes lo hizo el polaco Juan Pablo II, en 1998, más tarde lo hizo el germano Benedicto XVI, hace apenas 3 años, y los hermanitos Castro siguen con el control de la sinfonola, la hacen tocar el son que a ellos más les gusta y conviene. Ambos fueron formados por los compañeros de orden del santo padre, así que será una reunión en la que veremos si algo de las enseñanzas recibidas aún permanecen.  Por lo menos han demostrado que aprendieron y han querido poner en ejecución una de las frases del cojo y santo Loyola: No solo hay que resistir al enemigo, sino también vencerlo.

Debe decirse que tal vez escogieron un enemigo desproporcionado a sus capacidades reales, y ahora, al cabo de más de medio siglo, andan dando las vueltas de rigor para terminar en brazos del enemigo al que buscaron vencer por tanto tiempo. Por supuesto, hablo del vituperado imperialismo norteamericano. Hemos visto largos años de fintas de todo tipo, y cada vez aparecen más voces que desnudan el juego amoral e interesado del bachiller Fidel para echar por tierra todos los esfuerzos por restablecer las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Quien tenga dudas al respecto les recomiendo que lean la entrevista que hice en su momento a Juan Antonio Blanco, la cual publiqué este año en este mismo espacio en tres entregas de los días 20 y 27 de junio, y el 4 de julio.

No creo necesario abundar sobre los esfuerzos hechos, fundamentalmente en los años sesenta, por expandir la experiencia barbuda urbi et orbi, del santuario en que fue convertida la ya citada isla. Medios de comunicación, intelectuales, políticos, artistas, curas, boticarios, juglares y saltimbanquis se dedicaron a ensalzar las virtudes del heroico barbudo que amaba los Rolex, pero en lo cual nadie quiso fijar sus ojos. Tampoco quisieron ver cómo hundió a la ínsula en la miseria, y todos a una se sumaron al coro de condena al bloqueo. Por supuesto, menos les dio la gana de ver los vehículos último modelo en que el funcionariado cubano recorría las calles de La Habana. Era mucho más chic hablar maravillas de los “deliciosos” sabores de la heladería Copelia. Helados, por cierto, de sabor infame y que en cualquier otra heladería los hacen mucho mejor; y sin hacer referencia a las colas vejatorias que los habaneros deben hacer para recibir un copo del mezclote congelado, mientras que los turistas pasan raudos al mostrador donde recibirán su tinita. ¡Ah! Previo pago en dólares…

Hechos menos, desgracias más, esto es lo que han tratado de replicar en Venezuela la cofradía de ineptos chavistas-maduristas. Ahora bien, ¿cómo entender que en ambos escenarios se hayan enroscado de la manera que lo han hecho unos iluminados que solo van de fracaso en fracaso, pero atornillándose en el poder y ejerciéndolo de manera despiadada? ¿Acaso no estamos ante un reflejo de lo que en realidad somos todos y por eso, pese a la repulsa deontológica que se pueda generar ante su accionar, en el fondo nos complace en cuanto nos sentimos identificados con ello? ¿Cuántas actitudes de este lado de la baranda no son réplica de lo que ocurre del otro lado? Pero de eso no se debe hablar. Ante eso el silencio cómplice, la alcahuetería solidaria, la cabronería militante, se desperezan y se manifiestan con inusitado vigor.  Cuando algunas voces solitarias señalamos los desvaríos de una dirigencia errática somos conminados a que cerremos el pico, o a que tomemos las armas, como me instó un acucioso lector, quien a la vez me definió como “articulisto”.

También quiero referirme a los mensajes de gente muy querida que me hablaba con manifiesta preocupación sobre el ataque a los partidos, y la necesidad de su existencia. Al respecto quiero decir de manera clara e inequívoca: creo en los partidos, pese a no ser militante de ninguno. Considero que son una estructura necesaria e insustituible para canalizar las decisiones y anhelos de la ciudadanía, así como la búsqueda del bienestar colectivo a través de la formulación de planes de acción que conduzcan a ello.

En quienes no creo, y me resulta imposible hacerlo, es en sus actuales dirigencias, los cuales siempre apelan a la solidaridad automática, y al coco de la antipolítica, mote con el cual, a manera de látigo, nos fustigan a quienes señalamos sus trapacerías. Al final del día no han sido más que una banda de pillastres de poca monta que se han dedicado a hacerle el trabajo sucio a los grandes grupos económicos, quienes luego los han contentado con bolsitas de maní por los servicios prestados.

Lo único que pedimos ciertos voceros es siquiera un mínimo de decencia en el manejo de nuestras voluntades, y que no se nos siga queriendo manipular a su real saber y entender de castas iluminadas donde no cabe disidencia alguna. Lo señalé la semana pasada con respecto a Leopoldo, y lo seguiré haciendo, como sé que seguirán otros que convergemos en la necesidad de que este momento sea tiempo de rescate de mejores oportunidades. ¿Acaso creen los carcamales de siempre que Venezuela es la misma que presenció, por ejemplo, el espectáculo denigrante de ver a un patético Luis Alfaro Ucero a los 77 años siendo despojado de la candidatura presidencial por parte de su mismo partido? ¿De veras esperan poder seguir manejando el país como un potrero en el cual meten y sacan las reses que les da a la gana y cuando les da la puntada de rigor?

No seguiré abundando sobre lo que ha sido el caso Leopoldo y el insólito abandono al que ha sido sometido por sus compañeros de faena. Es ahora, cuando ven los réditos que pueden producir apoyarlo, cuando aparecen afanados a manifestar un espejismo de solidaridad. Que alguien me explique ¿por qué no ha sido esa dirigencia oxidada y de dudoso aroma la que ha exigido en la calle su liberación?, ¿por qué es López desde la cárcel quien tiene que convocar a acciones de calle para que ellas se realicen?, ¿cómo es que después de que él, cuando de nuevo, sacude la calle y pone al gobiernucho que padecemos a la defensiva, sí saben salir a predicar una unidad que cada vez es más aparente que otra cosa? ¿O es que ahora el bochorno de Lara y el caso Marquina-Gómez Sigala es de obligatorio silencio? ¿Si el bachiller Marquina hizo tan buena gestión y fue elegido por una circunscripción lo normal no era que fuera reelecto por ella? ¿Qué “jugada” hubo atrás de ello para realizar un movimiento de ese tipo? ¿Acaso esperaban que Eduardo Gómez Sigala aguantara callado semejante bofetada? ¿Quizá su paisano Ramón Guillermo Aveledo no fue capaz de alertar en el seno de la bendita MUD sobre la tolvanera que se levantaría en tierras guaras con semejante postulación? ¿Por qué siguen las triquiñuelas contra María Corina y pretenden sumergir en un espeso baño de silencio a Antonio Ledezma? Son infinitas las preguntas a las que no se dan respuesta. Se mantienen los arrestos de macho machote imponiendo voluntades y exabruptos a granel y no se perciben, siquiera, intenciones de  tratar de enmendar ciertos disparates inaceptables.

A Cuba siquiera llega un aire de consuelo con la visita de su santidad Francisco, a Venezuela continúan llegando vientos desolados, de poca generosidad y mucha miseria humana donde la zancadilla y la bribonada marcan la pauta. Aquí en nuestro patio algunos pillines arrogantes, consustanciados con sus roles de mariscales de opereta, engolan la voz y citan a san Ignacio ante los requerimientos de modificación para decir: En tiempo de desolación no hacer mudanza. Por lo visto no siguieron leyendo al vasco, de hacerlo tal vez hubieran llegado a su poca recordada frase: No tener moderación muchas veces es causa de que el bien se convierta en mal y la virtud en vicio. Tal vez sí lo hicieron, pero consideran mejor gozar de memoria selectiva y recordar aquello que les conviene. Mientras tanto, y en abandono, el país sigue descuidado sobre el pavimento, con las alas quebradas  y viendo cómo se deshoja su credulidad.

 

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com