• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Tahúres

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El acto de jugar es instintivo en el reino animal, al cual pertenecemos en cuanto mamíferos, racionales pero animales al fin, y desde el momento de nacer se lleva a cabo. Una de las primeras manifestaciones de ello es el jugueteo del recién nacido con el pezón de la teta materna. En la medida en que crece vemos a ese ser, por ejemplo, divertirse con sus pies; luego lo veremos pasar por la etapa risueña, tiempo en que las risas serán una constante celebración que contagia a todos alrededor. El juego termina por convertirse en proceso de enseñanza-aprendizaje donde se transmiten conocimiento, normas, valores, en fin se va mostrando el camino a la vida.

Este rasgo característico, en el caso humano, unido al tan cacareado instinto de supervivencia terminó por conducir a la competencia, lo cual terminó en algún momento, seguramente en la prehistoria, en cierto tipo de desafíos que bien podrían denominarse deportivos. Aseguran los estudiosos de la cultura humana que las primeras justas fueron carreras y luchas. Velocidad, destreza y fuerza eran las habilidades que reinaban, amén de ser claves para poder sobrevivir. En esas lides pioneras del atletismo, entre otras disciplinas, estuvo el origen de los juegos de azar, ya que al estar seguro del triunfo se formulaban apuestas, para con ello obtener una doble victoria: la moral y la económica.

Pero como sobre la fuerza bruta siempre termina imponiéndose la inteligencia, los menos fuertes y ágiles, arrinconados por las prácticas físicas, desarrollaron otros juegos no corporales en lo que se simulaban la competición real, y este parece ser el caso del backgammon, donde buscas sacar tus 15 fichas del tablero antes que tu  opositor.  Se asegura que este es el juego de mesa más antiguo del cual se tiene noticias, ya que hay evidencias de su existencia cinco milenios antes de Cristo.

Y no sólo fue este juego, del que no sabemos si se cruzaban apuestas, pero los primeros registros de este tipo de faenas se pueden encontrar en las casas de apuestas de China, estoy escribiendo de tanto como el año 2300 precristiano. Las actividades lúdicas siguieron desarrollándose prácticamente en todas las civilizaciones y es así como podemos ver en un fresco descubierto en la tumba de Nefertari, esposa del faraón Ramsés el grande, a la reina jugando ajedrez. La data de dicho recinto funerario ha sido calculada en el año 1265 antes de la era cristiana.

Los cronistas revelan que en Roma el juego por dinero no era legal, salvo durante la fiesta de Saturnalia –devenidas en nuestros días a fiestas de Navidad, pero cuya metamorfosis es harina de otro costal mucho más grande– cuando era permitido que se jugara a los dados. En esos días hasta los esclavos apostaban con los ciudadanos romanos. En lo que corresponde a nuestros ancestros blancos, se sabe que en la península Ibérica fueron los romanos quienes difundieron en ella el gusto por el juego, en particular por los dados, peleas de gallos y carreras de carruajes, entre muchas otras disciplinas.  Con la invasión mora llegaron muchas otras formas, una de ellas el shatranj, antecesor del ajedrez que a su vez procedía del milenario chaturanga. Testimonios medievales describen las faenas celebradas en las tafurerias, nombre que daban a antiguas casas de juego, bien las describe Josep Baucells I Reig en el volumen III de Vivir en la Edad Media: Barcelona y su entorno en los siglos XIII y XIV (1200-1344): “En la tafurería, es decir, en la sala, habitación, local o inmueble destinado al juego, o en un lugar al aire libre, hallaban los jugadores todos los medios aptos para satisfacer su deseo de diversión”. Se sabe que en esos espacios eran habituales lances y disputas, pues siempre había en disputa no poco dinerillo.

No en vano en España aparece ORDENAMIENTO DE LAS TAFURERIAS que fue hecho en la era de mil e trescientos e quatorse años por EL REY DON ALFONSO X. No es exagerado afirmar que las precauciones contra el juego fueron un calentadero de cabezas permanente para monarcas y funcionarios de la corte peninsular.  Esos quehaceres se convirtieron en tema que aglutinó a moralistas, tahúres y legisladores, dejando una no escasa bibliografía que va desde la ya citada obra del monarca de Castilla, pasando por Días geniales y lúdricos, de don Rodrigo Caro, o el  Tratado de los juegos que escribió fray Francisco de Alcoçer en 1559; otro cura que legó una obra al respecto fue Francisco de Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, publicada en Madrid en 1603; y cierro con el urticante Francisco de Quevedo quien escribió Capitulaciones matrimoniales y Vida de Corte y oficios entretenidos en ella.

Perdonen la muletilla, pero como bien han de suponer, la entonces recién descubierta América, se convirtió en un verdadero garito. No olvidemos que nuestros primeros colonizadores fueron una versión, de fines de la Edad Media, del Mariel que en Cuba implementó Fidel casi cinco siglos después, en 1980, para enviar al Imperio una verdadera horda de malvivientes.  Aquellos colonizadores vivieron la fiebre del oro, fueron tiempos de explosiones de riqueza fácil como la de las perlas de nuestra abandonada Cubagua, época de “señores” nacidos a la sombra del sistema de las encomiendas. Un ejemplo muy citado de lo que significaron aquellos días es del capitán MancioSerraeLeguizano, quien jugó, y perdió, en una noche la figura del Sol que le había tocado en el reparto de los tesoros del Cuzco. 

La pejiguera que en estos territorios había era de tal magnitud que el 23 de mayo de 1608 una Cédula Real de Felipe III consideraba que las multas que se aplicaban a las gentes de Indias no bastaban para impedir el juego. El monto de las sanciones aplicadas, considerado alto en la península, eran simples bagatelas para aquellos que habitualmente doblaban o triplicaban esas sumas en las mesas que pública o privadamente montaban para despojarse mutuamente.

No fueron de poca monta las réplicas que de tales menesteres hubo en nuestra Venezuela tormentosa. Recuerdo en una oportunidad presenciar en Tucupita, al borde oriental del país, a dos obreros agachados en una esquina dedicados a apostar sobre el último número del próximo vehículo que iba a cruzar hacia donde ellos estaban. El juego ha permeado de manera inverosímil y diría que de modo transversal nuestra sociedad, y ello se ha visto reflejado en forma clara en el ámbito político donde han confundido la acepción de la palabra juego político para convertirla en apuesta política. Es común ver esa especie de jugarse a los dados la suerte del país, la casta que nos ha dirigido se ha ido convirtiendo en una logia de tahúres en la que todo se vale con tal de desplumar al otro, al costo que sea.

Hablan de jugadas para referirse a los movimientos que entre los distintos bandos se llevan a cabo. Dichos gambitos sobran por ambas aceras. Los rojitos se escarnecen unos a los otros con mirada caínesca, se disputan las sobras de un festín en el que han bebido y comido hasta convertirse en Pantagrueles de estos tiempos. Del lado acá, de los que se suponen nos interpretan y representan, la pelea no es menor, la caballerosidad no es un bien del que se puedan preciar muchos y ante la hidalguía de Lilian Tintori y María Corina Machado son incontables los ataques de egregios varones contra sus endebles anatomías, íntegramente opuestas a su fortaleza como voceras de una colectividad cada vez más desamparada.

¿Necesito recordar el ataque infortunado de un tremolante Tomás Guanipa contra María Corina Machado por haber apoyado en Lara la candidatura de Eduardo Gómez Sigala en las pasadas elecciones de diputados?  El muy valeroso lugarteniente de Manolito el de Mafalda –entiéndase julio borges– ni de vaina atacó también a Felipe Mujica quien igualmente había prohijado dicha candidatura, tal como me lo reconoció una persona muy cercana al dirigente de la tolda naranja. Ahora el turno para arremeter contra ella vino en la boca del Bobo de la Yuca –recuerdo: Henrique Capriles– en la última actividad unitaria de escuálida convocatoria que llevara a cabo “la unidad”.

Estos jugadores de medio pelo, me hacen recordar al ya citado Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, quien en su obra mentada párrafos atrás pareció vaticinar lo que nos tocaría padecer en esta tierra aquende la mar océana: “Hay en este maldito gremio otro género de gente de flor, que son los entretenidos o entremetidos cerca de la persona del juego. Éstos acuden a los garitos, llevan los tahúres, al que les hace mejor acogida, siéntanse en buen lugar; si entra algún adinerado y concidánle con él con mucho agrado, y en la primera suerte le da una presa en pago. Son jugadores y cuando hay mucha bulla quitan el dinero y aplican para sí lo mostrenco. Tienen manos de piedra imán, atraen las monedas, las cuales dejan caer en el pescuezo, en la pretina o los puños con la justificación, mostrando las manos limpias. Hácense a la parte que vence, y dicen: ‘Juegue uced con gusto y gane, y déjeme a mí la cuenta’.”

© Alfredo Cedeño

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@bandolero69