• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

Al instante

¿Quién a quién?

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A los tres meses de yo haber nacido nos mudamos de Caracas a la casa de mi abuela paterna en el casco colonial de La Guaira. De esos espacios guardo particular añoranza. Los domingos de mi niñez fueron una fiesta de los que conservo recuerdos de infinita alegría. Esos días, a primera hora, mi padre me tomaba de la mano y nos íbamos a la Plaza Vargas, donde un señor inválido vendía los periódicos. Él agarraba El Nacional, El Universal y La Esfera, le pagaba al vendedor y luego caminábamos por la calle Bolívar hasta una cafetería donde pedía un sándwich de jamón y queso y dos jugos de naranja, me entregaba uno, la mitad del pan relleno y me decía: Que después no nos cabe el desayuno en la casa y va a arder Troya.

Cuando terminábamos con esa merienda nos devolvíamos hasta la esquina de la Calle El León, comenzábamos a remontarla y en breve tomábamos la subida de El Colorado, hasta que llegábamos a los restos de una vieja muralla colonial donde nos sentábamos con las piernas colgando hacia la rada del puerto de La Guaira.  Allí comenzaron mis delirios por los viajes. Era un rito invariable: Papá sacaba las “comiquitas” de los diarios, me las entregaba y mientras yo las hojeaba, él revisaba los diarios a la par que hacía comentarios en alta voz de lo que leía, y me mostraba los barcos atracados en los muelles.

Aquella bandera blanca con el rojo grandote en el medio es de Japón. La típica ignorancia de una criatura de seis años solo permitía responder: ¿Y eso es muy lejos pá? Lejísimo. ¿De aquí a la casa como cuántas veces? Sopotocientas, y sigue leyendo tus comiquitas. Al rato continuaba: Aquella verde, blanca y roja con el gavilán en el centro es de México, y la otra que es igual pero sola sin nada es la de Italia. Aquella que tiene el verde corto y el rojo más grande con
el escudo en el medio esa es la de Portugal, aquella con las estrellas y las líneas rojas y blancas es la de Estados Unidos.

Junto a la descripción de la bandera me contaba cómo eran esos países, y qué comían, dónde hacía frío, dónde calor, dónde eran negritos como la señora Isabel Romero, y dónde catires como mi mamá, y dónde eran con los ojos atravesados como los del señor de la lavandería. Eso al compás de sus lecturas y comentarios de toda laya que iba soltando, algunos de los que recuerdo son: ¡Qué de bolas las de Jóvito pensar que Rómulo se iba a aguantar esa vaina de que Arcaya hiciera lo que le diera la gana!  Aquí estos patiquines que se creen Churchill debieran aprender a ser menos engreídos y dejar de querer ser el chivo que más mea. Si Bolívar resucita se vuelve a morir de la calentera que agarraría con todos estos carajos y los desastres que hacen en su nombre. No sé quién le dijo a Larrazábal que él no era flor de un día, el Plan de Emergencia ya pasó.

Una de esas mañanas de domingo me soltó una frase que siempre he recordado y tratado de tener presente. Acabábamos de terminar la revisión de las noticias, y agarrando el mazo de papeles me dijo: Hay tanto que decir de todo y tan pocas las maneras nuevas para decirlas… Y subimos hacia la casa.

Ahora, más de medio siglo más tarde viendo lo que ahora vivimos, otra remembranza que me asalta es la de los carnavales que se celebraban en cuanta plazoleta o espacio hubiera donde se pudiera montar un templete. Uno de los que más recuerdo es el que solían instalar en la plaza del Puente Jesús. En particular recuerdo ahora el de fines de febrero de 1963. En aquellos días los reyes indiscutibles de la cumbiamba eran La Sonora Matancera, recuerdo a mi primo Humberto Jackson, unos cuantos años mayor que yo, dando saltos atrás de una negrita que lo sonsacaba y le echaba papelillo por entre la camisa.  

Pero lo que más recuerdo de esos carnavales era una canción interpretada por la inefable Celia Cruz cantando Burundanga, y en particular cuando ella establecía un diálogo con el coro y preguntaba: Por qué fue que Songo le dio a Borondongo. Porque Borondongo le dio a Bernabé y por qué Borondongo le dio a Bernabé porque Bernabé le pegó a Muchilanga y por qué Bernabé le pegó a Muchilanga porque Muchilanga le echó a Burundanga y por qué Muchilanga le echó a Burundanga porque a Burundanga le jinchan los pies…

Cualquier parecido con lo que estamos viviendo ahora, digamos como en aquellas viejas películas mexicanas, es pura coincidencia. No puedo tampoco olvidar la parte final de ese coro y esperar que sea el corolario de estos momentos: Mabambelé practica el amor defiende a tus hermanos porque entre hermanos se vive mejor.

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com/