• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

Al instante

Que París no mate mis flores

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Quienes me conocen me han oído decir más de una vez: París sin los parisinos. Nunca he ocultado mi animadversión por los hijos de la llamada Ciudad Luz, y es que debe decirse en honor a la verdad que suelen ser un poco menos que revulsivos los nacidos en de esa amada ciudad. No quiero negar ahora que mi relación con ella ronda los terrenos esquizofrénicos. Si bien sus nativos son como el aceite de tártago, ella es adorable. Tal vez por eso siempre me ha encantado recorrerla casi al amanecer, cuando sus calles son encantadoras. Y sería injusto no amar y venerar esta ciudad a la cual le debemos tanto en Venezuela.

Sin París, por ejemplo, no hubiéramos tenido a Jesús Soto, ni a Carlos Cruz Diez, ni a Juvenal Ravelo, ni a Alejandro Otero, ni a Pascual Navarro. Tampoco hubiéramos disfrutado de esa segunda etapa de la magnífica obra de Antonio Estévez, quien luego de estudiar allá con Piere Boulez, regresó a Caracas para crear el Instituto de Fonología y compuso Cromovibrafonía Múltiple, Cromofonía, Espectrofonía, Pranofonía y Cosmovibrafonía. Ciudad que maravilló a nuestro querido Chuchú Rosas Marcano, quien solía narrar arropado de emoción cómo habían sido sus clases de postgrado allá. Y no sólo Venezuela le debe a esta urbe. ¿Cómo no agradecerle el mundo entero que haya sido la madriguera de Julio Cortázar? Bendito lugar donde el maestro Hemingway escribió París era una fiesta y explicó con precisión cómo con su primera esposa, Hadley Richardson, eran “muy pobres, pero muy felices”. ¿Cómo dejar de mencionar a García Márquez, quien en el tiempo que yo nacía, septiembre de 1956, se alojaba en el entonces cochambroso Hotel de Flandre, en el número 16 de la rue Cujas, en el Barrio Latino? 

La lista es infinita. Su impacto  en nuestra cultura del siglo XIX y XX fue decisivo por donde se le quiera ver. A mediados del siglo XIX, Johan Jongkind y Camille Pissarro, entre muchos otros se refugiaron ahí; también llegaron Van Gogh, Renoir, Edgar Degas y Toulouse-Lautrec. Comenzando el XX allí empezaron Pablo Picasso, Modigliani, Pierre Brissaud, Alfred Jarry, Gen Paul, Jacques Villon (seudónimo de Gaston Émile Duchamp, hermano de Raymond y Marcel), Henri Matisse, Maurice Utrillo. En París nacieron las dos colecciones pictóricas más influyentes del siglo pasado y que ahora es cuando se proyectan con todo su peso en los ámbitos museísticos mundiales la de Marguerite “Peggy” Guggenheim, y la de Gertrude Stein. La primera fundó las bases de una serie que ahora se exhibe en el Salomon Guggenheim de Nueva York y con frecuencia, partes de ella recorren los principales museos del mundo. Madame Stein, de origen americano también, impuso a comienzos del siglo XX en el número 27 de la rue de Fleurus: El Salón Stein. Atesoró una colección de arte verdaderamente colosal, y no sólo era una coleccionista empedernida sino también una socialité consumada. Fue celebre su fiesta en honor a Isadora Duncan donde asistieron Cocteau, Hemingway, Pound, Gide, Natalie Barney, Jules Pascin y Marcel Duchamp, entre otros. A sus aposentos eran frecuentes las llegadas de Pablo Picasso, el ya mencionado Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Sinclair Lewis, Ezra Pound, Gavin Williamson, Thornton Wilder, Sherwood Anderson, Francis Cyril Rose, René Crevel, Élisabeth de Gramont, Francis Picabia, Claribel Cone, Mildred Aldrich, Carl Van Vechten y Matisse.

Pero no sólo fueron cuna y refugio de la “burguesía decadente”, como gustan de vociferar los más encopetados miembros de la izquierda majunche. Es bueno puntualizar que hay otra versión de dicha corriente ideológica que es el llamado extremismo caviar, son los que aman Nueva York, Londres y, por supuesto, la hoy lacerada París. Allí se le dio cobijo al mismísimo Ho Chi Minh, quien en diciembre de 1920, participó en el XVIII Congreso del Partido Socialista Francés, donde intervino para denunciar los crímenes de los colonialistas franceses en Indochina e hizo un llamado a los genuinos revolucionarios y al pueblo francés a apoyar la lucha de los pueblos colonizados. También fue uno de los fundadores del Partido Comunista Francés; y en abril de 1922 fundó allí el periódico Le Paria. Un poco más de medio siglo más tarde le tocó el turno al iraní Ruhollah Hendi Mussaví, conocido más popularmente como el Ayatolá Jomeini. Este señor se instaló en el suburbio parisino Neauphle-le-Château, y el 13 de enero de 1979 el líder religioso constituyó en la llamada capital gala el Consejo de la Revolución Islámica.

No puedo evitar ponerme quisquilloso y pensar en este último caso como ejemplo perfecto de cómo un país puede abrigar su Caballo de Troya. Y aquí necesito hacer otra consideración. Si bien es cierto que los parisinos son detestables, he llegado a creer que es una pose para tratar de evitar que les agarren la vega de potrero; por ello esa máscara de irascibilidad que esconde a una gente hospitalaria y respetuosa de los demás, aun a pesar de que ellos puedan ser quienes los asesinen como pasó este viernes 13 de noviembre.  No tengo que abundar en cómo el honorable embatolado Jomeini, con la excusa de su Estado islámico, estimuló y prohijó diversas arremetidas verdaderamente fascistas contra la cultura occidental. Salman Rushdie que lo cuente, no es gratuito que todavía anda cuidando su pescuezo, ante la oferta que por él hiciera el ilustre religioso.

La condena a este bochorno ha sido unánime, como tenía que ser. Sin embargo me llamaron la atención dos pronunciamientos en nuestro patio que no dejaron de estremecerme. Por un lado nuestro cuerpo colegiado opositor, que como bien sabemos suele con extremada calma fijar posición sobre cualquiera sea el punto que deben hacerlo. Ellos van a su propio aire siempre y ni que un tábano les pique las asentaderas son capaces de ir más rápido, por eso el asombro. El otro me resultó francamente indignante, hablo del que hizo el tío político de los dos angelitos atrapados en la capital haitiana por los agentes del imperialismo mismo. Es insólito que ahora se pretenda hacer girar los reflectores por arte de birlibirloque hacia Europa, y que nos distraigamos del atentado permanente que debemos soportar estoicamente los venezolanos a todos los niveles. Ayer mismo los sicarios con credenciales del gobierno informaron que el kilo de pernil debía ser vendido a bolívares 580, y como me explicaba con voz apesadumbrada y preñada de desespero un alto ejecutivo de una cadena de expendio de alimentos: ¡Nuestro costo es de 890!

Condeno lo sucedido en París, pero no le hago el juego a este gobiernucho. Los ciento y tantos muertos de allá, los hay en las calles de Venezuela cada semana. Es una masacre en cámara lenta que estamos viviendo desde hace años, y no podemos dejar que la parejería nos arrope para hacerle la tarea a Maduro, Cilia, Diosdado y todo ese grupete de malvivientes que padecemos como gobernantes. Por favor, que la compasión no nos haga ser pendejos útiles al servicio de estos pícaros que ahora se dan golpes de pecho por las víctimas en la capital francesa, pero ni de milagro explican cómo fue que a sus parientes les pusieron los ganchos cuando trataban de negociar casi una tonelada de coca que sería llevada a Estados Unidos. Esa letrina cada vez arroja más detritus y no debemos ser ingenuos para ayudarlos a echarle cal para ocultar la peste que de ella sale.

 

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com