• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

Al instante

Maromas embigotadas

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Me hubiera encantado no tener que escribir sobre esto, pero ¿cómo obviar el desastre humano que se está viviendo en nuestra frontera occidental desde fines de la semana pasada? ¿Quién puede voltear la cara para otro lado y no ver con estupor e indignación el desastre provocado por nuestra versión tropical y subdesarrollada del austríaco aquel que usaba la cuota inicial de un bigote por adorno facial? ¿De qué manera podemos manifestar ante Colombia nuestra solidaridad con sus hijos, y nuestra vergüenza ante el ultraje al que hemos sido sometidos todos?

Cuando Maduro Moros arremete contra una población inerme, con los arrestos propios del matón de barrio que opera desde la impunidad que le otorga el respaldo de algún representante de la autoridad, o del espíritu de gavilla de sus pares mediante el cual imponen a sus vecinos su fuerza bruta, lo hace con alevosía, exhibe sus mejores miserias humanas y hace gala de ellas ante todo aquel que quiera darse por enterado. Su mensaje es para todos por igual, es el mismo que siempre emitió el difunto comandante: no me detendré ante nada para mantenerme ejerciendo el poder. Ello no es de estreno, pero bien parece que los capitostes de las hilachas que quedan de la oposición no quieren ver; tal vez ello explica su reiterado estribillo de convocatoria a unas elecciones que cada día lucen más lejanas.

Este circo sanguinario montado por el incoherente embigotado contra diez municipios tachirenses es una demostración de fuerza en medio de unos estertores, que no terminan de ser finales. Corren mil versiones de lo que hay atrás de todo este tinglado, desde pases de facturas entre diferentes componentes militares, hasta retaliaciones por la deportación a Estados Unidos de ciertos narcos que podían aportar interesantes datos sobre vínculos entre la narcoguerrilla y la nomemklatura roja rojita. Como bien sabemos en nuestra acendrada cultura política del bisbiseo y el cuchicheo, donde todos dicen ser poseedores de la verdad, pero que ninguno suele mostrar, lo que sobra son sabios de micrófono.

Tan deleznable como la conducta roja ha sido la de la mentada dirigencia opositora criolla. Clara la diferencia con el muy denostado Álvaro Uribe, quien no dudó en trasladarse a Cúcuta a las primeras de cambio para manifestar su apoyo incondicional a sus paisanos. Y también a sus vecinos que han sufrido los embates del glorioso ejército bolivariano, libertador de naciones ahora devenido en huestes de matones que acaban con humildes viviendas. ¡Cómo nos gustaría verlos con similares arrestos demoliendo laboratorios de procesamiento de coca! ¡Cómo celebraría el país entero y buena parte del mundo verlos deteniendo los avances sin control de los mineros brasileños ilegales en la selva amazónica! ¡Cómo serían aclamados si los viéramos enfrentarse con similar vigor a los comisarios cubanos ante los cuales solo asienten con gestos de gatos mansos!

Es fácil decir ahora, luego de que los desmanes han sido llevados a cabo, que se veía venir, aunque ahora muchos pongan caras de asombro y se dan golpes de pecho mientras vociferan una particular solidaridad con los despojados de Táchira. Pensaba que este fin de semana siquiera habría un saludo a la bandera convocando a algún acto, por mínimo que fuera, de apoyo con ellos. ¿Será que Lilian, Patricia y Mitzy tienen que hacerlo para que los tullidos reaccionen?   Espero que si así ocurre no salten después a lamentarse de que “no se están respetando los acuerdos unitarios”, sambenito con el cual nos quieren someter a los caprichos de una gavilla de señores que cada vez lucen más y más desconectados de ese pueblo con el que se llenan la boca cada dos por tres. Pero sigamos en lo que importa. Los ataques contra la comunidad colombiana han sido una muletilla roja utilizada en diferentes oportunidades por los genios rojos. La semana pasada recordé el episodio del padre de todas estas gracias –léase: Hugo Rafael– cuando ordenó una rimbombante y poco eficaz movilización militar hacia la frontera colombiana en marzo de 2008, porque el ejército colombiano había osado darle su ración de tatequieto al capo guerrillero Raúl Reyes.

Por supuesto que el ahora ubicuo comandante –al punto de que nadie sabe a ciencia cierta dónde es que lo enterraron, si es en la antigua sede del Ministerio de la Defensa, o en la pata de una mata de mamón en su pueblo natal, o quién sabe si en un bohío en su amada Cuba– no dejó de echarle vainas a los amigos, y recuerdo el episodio aquel de noviembre de 2009 cuando en medio de sus habituales alharacas informó, en cadena nacional de radio y televisión, por supuesto, la intrépida y audaz acción del invencible ejército nacional que había demolido dos puentes usados por los contrabandistas colombianos para llevarse nuestros productos y atentar contra la soberanía nacional. Luego se supo que en realidad habían sido dos peorras pasarelas, con más de cuarenta años de construidas por los propios vecinos de la zona para cruzar el río Táchira sin tener que mojarse los zapaticos y las canillas. En aquella oportunidad una de las pocas voces lúcidas que señaló con precisión el quid del momento fue el  internacionalista Edmundo González Urrutia, quien dijo a El Nacional: “Se sigue la senda de los gobiernos militaristas, como el de Leopoldo Galtieri en Argentina. No hay nada mejor para tapar los problemas y la impopularidad de un gobierno que un enemigo externo”.

Los ejemplos son muchísimos, pero para que no quede como acaparador el ya desaparecido y que no quede que uno hace leña del árbol caído, vale la pena recordar a Laura Helena Castillo que, también en El Nacional, publicó el 29 de marzo de este año que para esa fecha habían sido deportados más de 1.389 colombianos en lo que iba de 2015. Es cifra arrojaba un promedio de casi 17 paisanos de Nariño que cada día habían sido expulsados del país. Revelaba la autora que la mayoría de los desterrados habían sido detenidos por la Guardia Nacional en Caracas “en la parada, en las colas para comprar comida regulada, en las camionetas, en la salida del Metro”. Ese heroico componente militar, una vez más ha dado muestras de su mejor disposición a infamar su lema y dejar bien en entredicho aquello de que el honor es su divisa.

Es necesario hacer énfasis en que todos estos atropellos han contado con alborotos momentáneos de los sempiternos sabihondos que suelen opinar hasta del sexo de los ángeles, pero en realidad dan escasas manifestaciones específicas de solidaridad para con estos desheredados, que incluso algunos han señalado como el fiel de la balanza que se ha solido inclinar hacia el campo rojo. Los juegos aritméticos son interesantes si se sacan las cuentas de que hay casi 4 millones de neogranadinos en situación legal en nuestro país, y que Nicolás “ganó” por menos de 300.000 votos…

Y ya que menciono votos vale la pena compartir algunas cifras de las elecciones presidenciales del 14 de abril de 2013, y sus resultados en algunos de los municipios ahora sometidos a esa aberración del estado de excepción que el Bigote Bailarín ha impuesto en, por los momentos, 10 municipios tachirenses. En uno de ellos, Ayacucho, por poner un ejemplo, en la mesa 1 de la escuela  del núcleo escolar rural La Popa, en las afueras de San Pedro del Río, Maduro obtuvo 57,06% frente a 42,93% de Capriles; en la mesa de La Jabonosa obtuvo 66,85% y Capriles 33,14%. Si vemos los números del municipio García de Hevia, también clausurado por su majestad Nico I, vemos que consiguió 50,18% de los sufragios. En Lobatera logró 53,31%, y en el municipio Rafael Urdaneta, 51,15% contra 48,76%. Donde sí salió con las tablas en la cabeza fue en San Antonio del Táchira, y seguramente por ello su particular encono contra esa comunidad, su adversario triunfó con 67,14% versus 32,73%.

Es obvio que el heredero aprendió muy bien de su mentor a endilgarles a los demás la responsabilidad de sus irresponsabilidades, y ayer luego de convocar a una marcha de apoyo a su locura aparatosa en la frontera, desde el Palacio de Miraflores enhebró una larga retahíla de incoherencias, entre las que aseguró que la oligarquía venezolana se había dedicado a estimular la xenofobia; también aseguró, sin parpadear siquiera, que los ciudadanos colombianos no habían sido deportados de Venezuela, sino repatriados. Cerró sus palabras dirigiéndose a su par: “Yo le digo a Santos, con el mayor respeto: no se preste a una guerra contra el pueblo venezolano, no se sume a una campaña de odio contra el pueblo de Bolívar. La campaña de los medios de Colombia mintiendo y manipulando”.

Lo peor de todo es que cada uno de estos delirios ha tenido unas dolorosas cuotas humanas que se han pagado, y por lo visto se seguirán pagando. Este último dejó dos personas fallecidas, los ingenieros de Pdvsa, Argenis Carrasco y Kirl Reyes, quienes fueron conminados a trasladarse desde San Tomé, estado Anzoátegui, hasta la sede de Pdvsa en Caracas para participar en la citada mojiganga; a la altura de Puerto Píritu el chofer del bus en que se trasladaban perdió el control y ellos fueron el trágico saldo. Todo es un torbellino que no parece tener fin, mientras la inercia parece predominar. Maduro dice gobernar mientras baila “La pollera colorá” junto con su consorte o salta de avión en avión, ahora anda por China y Vietnam de donde regresará con sabrá Dios qué cuento de camino. El país va al garete y cada cual se ha dedicado, es obvio, a poner su culo a buen resguardo; por lo visto el fondo al que se supone que cada vez nos acercamos más no terminará de llegar nunca.

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