• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Justicia

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Se asegura que Anacarsis vivió en el siglo VI antes de Cristo, en realidad es escaso lo que se sabe de él a ciencia cierta. Sabemos que era un príncipe escita que conquistó una vasta zona del llamado Ponto Euxino, nombre que usaron los griegos jonios para rebautizar al mar Negro. Como pueden ver eso de cambiarle los nombres a plazas, calles y hasta mares no es cosa nueva en el quehacer humano. Pero, por favor, sigamos en lo que traigo hoy como tema principal. Este señor de quien comencé hablándoles, fue un filósofo que, a falta de otros territorios que adjudicarse a punta de arco, flechas y caballos, se dedicó a recorrer Grecia a conciencia, y llegó a establecer relación de pares con el viejito Solón, el poeta, legislador y guerrero ateniense.

Ese hijo de Atenas aparece en todas las listas que los taxonomistas han elaborado sobre los llamados siete sabios de Grecia. El ya nombrado magnate escita, también ha sido incluido por algunos clasificadores en algunas versiones del célebre septeto. Este pensador y general de sus fuerzas –eran tiempos cuando los guerreros no solo eran arrojados sino que también pensaban, eso es de un tiempo para acá que los llamados hombres de armas cuantos más brutos más ascienden en el escalafón–, también tenía facilidades para inventar cosas; a él se le atribuye la creación del fuelle, así como la rueda de alfarero, entre otras pendejaditas a las cuales se le ocurrió aplicar su talento para resolver algunos problemas de la vida diaria de aquellos tiempos. 

Regresemos a lo que me interesa: Anacarsis y Solón se conocieron, e intercambiaron numerosas opiniones, sobre todo en lo que a las leyes se refiere, y de ello da referencias el también griego Plutarco quien asegura que el ateniense le afirmó al escita que los hombres cumplen los contratos cuando ninguno de los que los firman tiene interés en quebrantarlos. Él estaba absolutamente convencido de que al unir los intereses de la ciudadanía con las leyes que él, Solón, había creado nadie iba a querer quebrantarlas y que tendrían más interés para ellos observarlas que desobedecerlas. Ante el desborde de facundia de su interlocutor Anacarsisse limitó a tildarlo de ingenuo y le dijo: Las leyes son como las telarañas: los insectos pequeños quedan atrapados en ellas, los grandes las rompen. O sea… sólo resisten para agarrar a los pendejos.

Las normas han sido siempre una búsqueda inherente al hombre, a manera de poner control sobre la fuerza bruta. Me imagino que fue producto del acuerdo entre la masa de gente común y corriente, quienes deben haber estado más que hartos de los desmanes de los que más fuerza tenían.  Los historiadores nos han revelado que 4.000 años ha, 2.000 antes de Cristo, el rey caldeo Hammurabi concibió su célebre Código, el cual es el más antiguo del que se tengan noticias.  En París, en el museo del Louvre está la llamada Estela de Hammurabi que descubriera a comienzos del siglo XX el ingeniero francés Jean-Jacques de Morgan. Allí aparecen 250 artículos, que, basados en viejas leyes sumerias, reglamenta juicios, obligaciones de los burócratas de aquellos tiempos, préstamos a interés, constitución de la familia, negocios y algunos delitos. El mentado Código de Hammurabi consagraba la vieja Ley del Talión (ojo por ojo, diente por diente).

Siglos más tarde, en el XIII antes de Cristo, en lo que ahora conocemos como India apareció el llamado Código de Manú, o Manava-Dharma-Sastra, que regía lo ético, religioso, moral y jurídico. Esta compilación se considera la base de la literatura jurídica sánscrita. No puedo dejar de mencionar que deben haber estado ya elaborándose las normas que de forma oral se transmitían los miembros del llamado pueblo de Israel, más conocidos como hebreos o judíos, y cuyo cuerpo de leyes terminó cristalizando a comienzos de nuestra era en la Torá y el Talmud, piedras angulares de dicha cultura.

Son infinitos los ejemplos de textos reguladores que diferentes culturas y modelos societarios han creado a lo largo de la historia humana, ha sido, sin discusión alguna, la mejor manera para evitar que termináramos despedazándonos los unos a los otros. Todo ello condujo a lo que hemos terminado por denominar Justicia, la cual es definida por el Diccionario de la Real Academia Española  como: “Cualidad o virtud de proceder o juzgar respetando la verdad y de poner en práctica el derecho que asiste a toda persona a que se respeten sus derechos, que le sea reconocido lo que le corresponde o las consecuencias de su comportamiento”.  También le otorga la acepción de: “Aplicación de un castigo o una pena tras un juicio”, y cierra las definiciones que de dicha palabra se hacen diciendo que equivale a “Derecho, razón, equidad”.

En los actuales momentos el venezolano vive lo que defino como “síndrome de stress pretraumático continuo” gracias a la inacabable  ristra de injusticias que ha sido obligado a padecer por una gavilla de truhanes que lograron poner sus pezuñas sobre el poder. Es infinita la cantidad de delitos que han cometido a conciencia esta pandilla de malvivientes, los han llevado a cabo y se han pavoneado con gestos de impunidad  ante la inmunidad que se han concedido unos a otros. Ha sido una despreocupada y chapucera puesta en escena de atropellos con antifaz de legal para justificar toda clase de felonías y atropellos. Aquel viejo y universal refrán “La Justicia tarda pero llega”, parece que nunca lo escucharon, y mucho menos entendieron, lo cual revela el calibre de la ignorancia de estos infelices.

Todo esto hace inaudito escuchar en estos días, cuando un desenlace luce inminente, voces que insisten, de manera obcecada y digna de mejores obras, en clamar a voz en cuello por un dialogo y perdón que permita una reconstrucción nacional. Ese coro de alcahuetes, conscientes o ingenuos sorprendidos en su buena fe, exigen con voces altisonantes una reconciliación con aquellos que nos han arrojado de casa, trabajo, oficio y hasta del país. ¿Alguien puede decirnos a la nación entera a santo de qué esta horda de malandrines malintencionados deben ser exonerados de rendir cuentas ante la justicia? No se trata de venganza, como algunas voces celestinas denuncian de manera sesgada, lo que el país exige es justicia. Venezuela espera la restitución no solo de las libertades ciudadanas, sino también de los bienes que estas aves de rapiña ocultan en sus madrigueras.

No debe haber clemencia para que en aras del dialogo se condonen todas las deudas que estos degenerados han adquirido con el país y sus generaciones futuras. ¿Qué lección quedará para la colectividad si a la final se hace con todos estos pillos lo que hace el gato con sus excrecencias y las metemos bajo la alfombra? ¿Hasta cuándo exacerbamos paradigmas poco honorables para nuestra raíz de nación? ¿Repetiremos la gravísima e imperdonable condonación que Caldera otorgó al difunto luego de haber atentado contra la institucionalidad democrática? ¿A ese es el dialogo de celestina al que están convocando?  ¿Todavía no han llegado los tiempos en que la responsabilidad por los actos cometidos sean asumidos por quienes los cometen? ¿No está bueno ya de lanzar flechas inocuas, mientras las ventanas cerradas terminan devenidas en convenientes vías de escape para quienes acabaron hasta con nuestra dignidad?

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com/

@bandolero69