• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Por aquello de que somos según nos criaron, soy profundamente agradecido por todo y a cuantos me rodean. Por ello, me producen urticaria los signos de olvido, de ingratitud o desagradecimiento, o cómo quieran ustedes llamarlo. En anteriores oportunidades he contado acá de mi abuela paterna, la vieja Elvira, a quien debo los primeros intentos que sobre mí hubo para desasnarme.  Con ella aprendí a leer y sacar cuentas, todo bajo un manto de consentimientos infinito que a veces disfrazaba de rigor; sin embargo, supongo que consciente de que no saldría nada bueno de mí sometido a aquella alcahuetería inacabable me mandaron a la “escuelita” de la señorita Modesta.

Ella era una de esas ancianas que en las viejas novelas describían como de piel apergaminada, que iba dejando a su paso un olor que me era muy querido, ya que mi abuela también usaba para bañarse el jabón de Reuter. Su centro funcionaba en una de esas viejas casas coloniales de La Guaira, y allí con voz suave nos enseñaba a un grupo de niños entre cuatro y siete años, vecinos de La Pólvora y el Puente Jesús. Ya en mi casa el machacar sobre agradecer como norma de buena educación era una letanía con la que me levantaba y acostaba. Papá, mamá y mi abuela no cesaban de interrogarme ante cualquier ayuda que me prestaban: ¿Qué se dice Alfredito? Y automáticamente respondía: Gracias, para obtener el consabido a la orden o de nada.

La señorita Modesta a la par que nos enseñaba los principios educativos nos citaba frases de distintos autores. Tal vez la que más empleaba era una que, con su voz característica, nos decía: Esto que les voy a leer es del mayor escritor que ha tenido nuestra lengua y en el mundo, Don Miguel de Cervantes Saavedra, que en su gran obra El Quijote escribió: “–De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud.”

Entre muchas otras cosas, esa es una de las que más me ha distanciado siempre de ese furúnculo que llevamos soportando por más de tres lustros.  No es un secreto para nadie que desde sus mismos inicios el difunto comandante intergaláctico, y sus acólitos, han sido unos malagradecidos de tomo y lomo.  Quiero refrescar esta vez algunos ejemplos de lo que digo.

Me contó un viejo trabajador de una de las empresas de servicios ejecutivos que operaban en el aeropuerto caraqueño La Carlota, quien vio en primera fila todo esto, como al comienzo de la campaña electoral de 1998 fue el capitán Henry Hoyos con sus armatostes voladores quien le daba apoyo para algunas de sus movilizaciones. Más tarde fueron las avionetas de Tobías Carrero las que entraron al juego, hasta que un domingo en la tarde, cuando estaban a punto de despegar, por una falla mecánica que tenía el aparato, los pilotos a cargo abortaron el vuelo.

“Hermano, tú no te puedes imaginar la paranoia que tenían esos carrizos con la DISIP, es más vivían asustados. Ese día salieron como si un zorro hubiera caído en un gallinero.  En ese tiempo los Boulton tenían ahí sus vuelos ejecutivos de Servivensa, y eso lo manejaba directamente el hijo del viejo que después secuestraron, Richard Boulton. La cosa fue que al comienzo ellos a quien ayudaron, porque así lo pidió Copei, fue a Irene, pero ese ya es otro cuento. Esa tarde llegó  a esa oficina un tipo de apellido Castillo, que no recuerdo su nombre, con un cuchicheo a pedir un vuelo, y más atrás llega un carro con un misterio y cuatro tipos adentro, ellos se bajan y uno de ellos se encierra en el baño, pero cuando están eso en eso me doy cuenta ¡de que era Chávez! Unos muchachos que trabajaban ahí después me contaron que eso parecía un palo de gallinero y no salió del baño para nada. Mientras tanto contactaron a Boulton y él dio el visto bueno. Desde ese día ellos se dedicaron a darle servicio en exclusiva a Chávez desde La Carlota y a más ningún otro candidato se lo prestaron”.

Me asegura el narrador que en aquellos días era un grupete desastrado donde solo dos de ellos tenían carro propio, uno era Luis Pineda Castellanos, que tenía un Volkswagen y el otro era Diosdado, “con un corcel azul poceta, todos los demás andaban a patica por ahí”.  También asegura que Diosdado, Jesse, Nicolás, “todos esos” eran unos recaderos, “es más, chico, eran unos cachifos, porque ahí los que eran la verdadera sombra de Chávez eran Pineda y el tuerto Andrade, esos eran en los que él de verdad confiaba, a todos los demás los arreaba como le daba la gana”.  En medio de  una de las conversaciones con este viejo hombre del mundo aeronáutico me suelta: “Ahora, eso fue como hasta un mes y medio antes de las elecciones que él gana, porque a partir de ahí esos vuelos eran para los de su comando de campaña y los periodistas, porque él empezó a desplazarse en los aviones de Freddy Cohén, que más de una vez él en persona lo llevó y lo trajo…”

El cuento es largo y espeso, y no los voy a atiborrar con los detalles, no porque me falten ganas, sino por las consideraciones del caso.  Y es aquí donde el desagradecimiento de esta plaga que aún padecemos brilló en todo su apogeo. En el año 2000 Richard Boulton fue secuestrado de la hacienda familiar en Carabobo, y una de las  figuras que más se movió tras bastidores para su supuesta negociación fue el ex ministro Ramón Rodríguez Chacín, quien luego ha demostrado pública y notoriamente sus vínculos con la guerrilla colombiana, que fue con quienes se negoció la liberación del mencionado empresario.  Tampoco está de más refrescar lo que fue la “quiebra” de Avensa, Servivensa y el naufragio del grupo Boulton en su totalidad en aguas oficiales.

Un dato del que poco se habla de esa quiebra es que dicha organización había creado en 1950 la Fundación John Boulton cuyos aportes a nuestro escenario cultural fue más que amplio y generoso.  Me asegura una fuente que dicha fundación tenía unos recursos en Estados Unidos que rondaba los siete millones de dólares, pues bien, cuando se da la intervención de las empresas, no saben cómo, ni cuándo, dichos fondos fueron escamoteados y nadie supo explicar lo ocurrido, lo cierto es que se esfumaron.

¿Necesito refrescarles en el caso del señor Cohén lo que pasó con Sambil de La Candelaria? Insisto, es una larga letanía de poca cortesía para con aquellos que en su momento le tendieron la mano. Ahora bien, que estos señores caigan en ello, creo que era de esperarse. ¿Qué otra cosa podía esperarse de semejante horda de indigentes cívicos?

Para cerrar, y como para dejar constancia, saludo con inquietud el nombramiento del querido Chúo Torrealba al frente del canal de la Asamblea Nacional. Digo inquietud, por decir lo menos, ya que no puedo dejar de preguntarme: ¿Acaso no es más necesario el trabajo político del coordinador del armatoste ese llamado MUD y delegar en una persona que realmente conozca del manejo de un canal, y pienso en Elsy Barroeta, por ejemplo, para hacer que ese canal realmente sea lo que tiene que ser? Me preocupa porque ha habido varios gestos destemplados del mencionado amigo, el último de ellos su respuesta a la diputada Tamara Adrián, quien calificó de  infortunadas unas declaraciones que emitiera; su expresión al más rancio estilo Juan Charrasqueado fue: “No soy diputado. Soy sec. ejecutivo de la Alianza gracias a la cual Ud. es diputada. Y la agenda es la de la Unidad!” O sea, en otras palabras el ahora perdonavidas Torrealba se jacta de ser quien hizo diputados a quienes integran la Asamblea Nacional. Mal rumbo el que se avizora en estas palabras que en mala hora se escribieron en Twitter.  ¿Acaso vamos a seguir con el mismo musiú pero con otro cachimbo?

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com/