• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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¿Gobernará Trump Estados Unidos?

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Un viejo refrán dice: No hay peor cuña que la del mismo palo.  Algunos analistas hablan de la capacidad autofágica del ser humano, y afirman que de allí la muy antigua representación, catalogada como arquetipal, del Uróboros, ese animal serpentiforme que come su propia cola hasta adquirir una forma circular. Otros lo comparan con Saturno, capaz de devorar a sus hijos.

Las castas políticas suelen ser torpes y miopes a la hora de evaluar a sus adversarios, y ello no es patrimonio de los mal llamados países del Tercer Mundo.  El más reciente ejemplo de lo que escribo es el caso del virtual candidato republicano Donald Trump. Al revisar los archivos de las diferentes publicaciones encontramos opiniones condescendientes y hasta despectivas cuando el magnate inmobiliario asomaba su cabeza en el escenario candidatural estadounidense. El desdén con que lo tomaban era notorio.

Es una variable del manido cuento del patito feo que se hizo cisne, en este caso más bien un mastodonte al cual parece que nadie puede ponerle control. A veces cuesta entender la manera recurrente en que los mal llamados “fenómenos electorales” se repiten en diferentes momentos y escenarios de la historia humana.  Para no irnos tan lejos podemos llegar hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando en Rusia un abogado retaco –apenas medía 1,65–, se dedicaba a predicar sobre las bondades de la lucha de clases y un hipotético partido de los trabajadores. El picapleitos Lenin, ya que es a él a quien me refiero, fue tratado con no poco menosprecio por parte de la aristocracia zarista, pero terminó por ponerle la mano al poder que luego heredaría el patizambo Stalin.  Y así fue como la heredad de pintores como Exter y Pokhitonov, de músicos de la talla de Mussorgsky  y Tchaikovsky, de dramaturgos con el vuelo de Ostrovski y Stanislavski, de la pluma de Tolstói y Dostoyevski, la Rusia de los zares, pasó a mejor vida.

Unos años más tarde, y casi al centro del continente europeo, en Alemania, para ser específico, un altisonante militar frustrado, charlatán consumado y bigote de mofa, comenzó a predicar un virulento anticomunismo del cual hasta los propios comunistas se reían con sorna. Grave pecado. En poco tiempo se convirtió en el segundo partido de ese país, basado en un discurso antisemita, exacerbador del nacionalismo y antimarxista.  La muy culta Alemania miraba casi con misericordia al alborotador, mientras se reían de sus ambiciosas propuestas y daban por descontado que el fracaso sería su epitafio político. Y la que había sido cuna de Bach y Beethoven, tierra de Goethe y Schiller, patria de Kant y Fromm, hogar de los hermanos Grimm, en fin el faro de la cultura occidental, se convirtió en una pira funeraria que se tragó millones de vida del mundo entero.

Estos dos ejemplos, donde el narcisismo jugó siempre un papel poco bien ponderado, sobre todo en el primer caso, fueron de poco escarmiento para el ser humano. Larga es la lista de ejemplos similares, aunque nunca con la magnitud de este par de pájaros de cuentas. Pasarían varios decenios de relativa cordura hasta que a orillas del Mar Caribe, en Venezuela, para más pesar de quienes somos sus hijos, un militar de verbo destemplado, maestro en el arte de resucitar el resentimiento, entró cual vaca en campo de geranios a pastar en el medio, mientras los vecinos  aplaudían eufóricos ante el “performance” del dicharachero hombre de armas.

Las secuelas de su gestión, así como la de sus sucesores, son manifiestas.  Fue así como vimos a la llamada tacita de plata de Suramérica convertirse en un antro devenido en morada de una posmodernista Corte de los Milagros. El manifiesto y notorio desfalco político que significa el ejercicio del poder de una manera descolocada hacía pensar que ello curaría en salud a los aspirantes a convertirse en servidores públicos; la realidad es otra. Es así como hemos visto en España surgir ese adefesio llamado Podemos, quienes tan mediocres son que hasta se robaron el nombre del partiducho de Ismael García en Venezuela; y para rematar el descoque aparece en la tierra de las oportunidades el ya mencionado magnate de bienes raíces.

¿Qué lectura darle a esta suerte de deslave que vive el escenario político estadounidense desde el sector republicano? ¿Cómo interpretar de la manera más asertiva lo que está ocurriendo en la llamada tierra del Tío Sam? ¿Donald Trump será un fenómeno que terminará por convertirse en una dolorosa realidad para Estados Unidos y sus habitantes dentro de pocos meses? ¿Hay quienes realmente entiendan lo que está ocurriendo políticamente en el seno de la primera economía del mundo?

Son demasiadas variables a responder. Será suficiente que solo una de ellas se aprecie de manera equivocada para que todo se venga abajo, o para que veamos a este neoyorquino, del condado de Queens más exactamente, descendiente de alemanes y escoceses, el 20 de enero de 2017 juramentarse como el 45° Presidente de Estados Unidos. En primer lugar no debe ser subestimado, qué es lo que se ha hecho hasta ahora; y en segundo lugar debe haber una seria reflexión para entender cómo y por qué en menos de nueve meses este advenedizo del mundo político ha dejado en el camino a tres senadores, tres ex gobernadores, un gobernador, un científico y una leona empresarial como Carly Fiorina.

Trump ha dicho lo que una mayoría, hasta ahora invencible y creciente, quería oír. Su eslogan "We are going to makeour country great again" (Vamos a hacer a nuestro país grande de nuevo) no cayó en el vacío, se sembró, germinó, y se está convirtiendo en un árbol poderoso al que todos ven crecer desmesuradamente. Muchos afirman que será un peligro y que será necesario talarlo, pero nadie se atreve a, o sabe dónde, dar el primer hachazo. Mientras él sigue creciendo.

De poco, o nada, sirvió para el electorado de Estados Unidos la tragedia venezolana, a fin de cuentas el estadounidense promedio es un militante activo de la desinformación para cuya gran mayoría Argentina está al lado de Venezuela. Veo un electorado abandonado por una dirigencia que cada vez los interpreta menos, y un cuerpo de estudiosos de todo orden que hacen mil interpretaciones de lo que significa el fenómeno Trump. Y él sigue consolidándose.

Nadie pensó que la Rusia imperial, ni el imperio alemán, caerían de la manera que lo hicieron ante dos opacas figuras. Tampoco se esperaba que Venezuela, la eterna tierra de esperanzas, terminara convertida en un erial por obra y gracia de un golpista fracasado. ¿Acaso Estados Unidos está predestinado, parafraseando a Bolívar, a convertirse en tierra de miseria en nombre de la libertad? Tal vez estemos antes una versión desarrollada y primermundista de Chávez que, tal Uróboros se coma a sí mismo o cual Saturno, bañándolos en la salsa barbecue del caso, se engulla a sus hijos.

© Alfredo Cedeño

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