• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Fulanito

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En septiembre de 1977 me embarqué en una aventura que ha devenido en una experiencia de la que no dejo de recibir hondas alegrías. En esos días, junto a Graciela Ibarra León, quien en diciembre de ese mismo año se convertiría en mi primera esposa, fundamos el grupo scout Cronopios 69 en el parque de la zona F2 de la urbanización Macaracuay, en el este de Caracas.

Ambos veníamos de participar en el grupo Orión 33 que funcionaba en San Bernardino. Debo confesarles que yo no cesaba de ver el escultismo como una herramienta que podía ser utilizada como agente de transformación en el ámbito social. Los compañeros de staff del mencionado grupo me acompañaban un tanto tibiamente en la propuesta, y para abrevar el cuento que el tiempo apremia, Gracielita y yo decidimos apartarnos y comenzamos a buscar un terreno apropiado para habilitar nuestra taguara. He de confesar que yo venía lleno de otras experiencias no menos cardinales en mi vida: Había estado en El Tigre como asistente del poeta Jorge Chirinos Mondolfi en su rol de director de la Casa de la Cultura de esa población, luego había estado viviendo en La Vega donde los jesuitas llevaban a cabo una silenciosa labor educativa y organizativa. Todo esto sin olvidar lo que ya les conté en ocasión anterior de mi paso por las protestas estudiantiles de la Federación de Estudiantes de Educación Media –FEEM– de la mano de Hugo y Baltazar Ojeda Negretti, así como mi paso por Jesús Obrero donde tuve maestros como Rodolfo Rico, Leonardo Carvajal, José María Azakargorta, Antonio Pérez Esclarín, Carlos Manterola, y volvamos a parar.

Todo ello me había convencido de la necesidad de llevar a cabo acciones concretas que permitieran alcanzar una sociedad más justa, y por ello al entrar en contacto con el universo Scout confieso que fue amor a primera vista. Pero un amor extraño, era algo medio contra  natura, porque dicha organización era acerbamente criticada en los predios donde me desenvolvía porque la consideraban un “agente colonizador del imperialismo”. Yo no compré el cliché, me di cuenta del potencial infinito que, en cuanto organización, podía desarrollarse desde el escenario de los “guayascao”. Y empecé a integrarme, fue como luego de dos años llegamos al inicio de esto que les cuento hoy.

Aquel comienzo fue con los cinco hermanos Molodecki –David, Peter, Johnny, Anthonny (a quien siempre llamamos Albóndiga en honor a sus redondeces) y Mathew (quien fue bautizado Mono Blanco, por sus rasgos de simio de tal color)–, ellos eran de origen estadounidense, pero con serios problemas de inserción en la urbanización y no había una familia que no los mirara con resquemor y reserva.  Debo decir en honor a la verdad que ellos habían hecho sus mejores esfuerzos para que los vecinos los vieran como gallina a la sal. Sin embargo logré convencerlos de que me acompañaran a formar el grupo. Aún recuerdo la unísona carcajada de los cinco ante mi propuesta y el mayor de ellos, David, rojo del ataque de risa, me preguntó: “¿Pero tú te pones esos pantalones corticos de mariquito? Jajajajajaja. ¿Y quieres que nosotros nos los pongamos? ¡Estás loco de bola!” Al día siguiente volví con el uniforme de los benditos pantalones cortos, y esta vez fue Mono Blanco el que soltó con la frescura de los siete años que entonces tenía: “¡Oh, oh, pero la vaina es de verdad!”

Y ahí empezamos a cortar el monte que tenía totalmente tapado el parque que les dije en las primeras líneas. Los vecinos de los alrededores nos veían cual bichos raros, y a las pocas noches se paró un muchacho que vivía al frente de su terreno, y nos preguntó qué hacíamos ahí. Cuando le contamos, de inmediato se incorporó al grupo y fue nuestro primer dirigente reclutado, el muy querido hermano de mil diabluras Rafael Ángel Vargas, quien en el tiempo libre que le dejaba la tropa se dedicó a estudiar odontología en nuestra amada UCV. Junto a él llegaron como “troperos” los entonces imberbes y queridos Antonio Falcón, Pedro José y Juan Carlos Martínez, Sandro De Stefano, Alexandro, Luis y Diego Tani, Jorge Portella, los hermanitos Monroy con su corte totuma, entre muchos otros que ahora la memoria me esconde.

Fin de fines que logramos consolidar nuestro grupo, y les confieso que lo había concebido con toda la alevosía del caso. El nombre era para hacer un homenaje a Julio Cortázar, y de este modo dar una señal  de nuestra dirección y como era necesario además colocar un número para efectos de su identificación en el uniforme, cuando revisé el listado de los ya existentes noté que el tan mentado, deseado y solicitado 69 no estaba en uso, el diablo me hizo guiños de toda índole, y por supuesto que le hice caso. Me contaban que en la venerable Asociación de Scouts de Venezuela se persignaban ante lo que consideraban una apostasía.

Una vez que alcanzamos cierta estabilidad en cuanto a membresía comencé a darle vuelta a cómo hacíamos para que la inserción en nuestro medio fuera más allá de ser una “guardería de sábado por la tarde” para algunas personas. También he de confesarles que sobre todos los que nos planteábamos alguna idea “de cambio” en el seno de la organización planeaba la sombra del caso del querido y admirado cura Alejandro Moreno –sí, ese mismo de los artículos cada dos martes en El Nacional–, a quien luego de más de una década realizando trabajo en los barrios a través de grupos scouts fue expulsado a cajas destempladas y tambor batiente de la honorable comandita. Fue así como pensé en los Encuentros Cronopios del Arte ya que ello me daría un anclaje y apoyo que iba a ser duro atacar, al menos impunemente. Y me dediqué a llamar a varios amigos para invitarlos a que fueran a dar una conferencia en Macaracuay.

El muchacho que es llorón y la mamá que lo pellizca, aquí se cumplió a cabalidad. Primero me fui a la iglesia san Antonio de Macaracuay, donde el cura Manuel Díaz, entonces párroco de ella consintió en prestarme un aula de clases del colegio de dicha institución. Y ya que tenía dónde me dediqué a invitar, ¡y aceptaron!, a Salvador Garmendia, Aníbal Nazoa, Esteban Emilio Mosonyi, Miguel Efrén y Raúl Delgado Estévez, Hans Vogel, Antonio Estévez, la coral del Banco Central de Venezuela, Pedro León Zapata que hizo el milagro de hacer que en un aula de 30 pupitres entraran más de doscientas personas. Años después me contaba el propio Aníbal que entre los fecundos jodedores que habían constituido La Catedra del Humor hablaban de mí como el fundador de los scouts de izquierda… Sigamos.

Algo que debo contarles es que la madre de Rafael era doña Elvia, a quien Dios ha de tener en su santa gloria porque, pese al “carácter” que trataba de ponernos, era habitual que cruzáramos la calle a tomarle por asalto la despensa a lo cual ella no oponía mayores esfuerzos; ella tenía tres hermanas: Magally, la madre de Carolina, la más querida prima de Rafa; María Luisa, madre de Pedro José y Juan Carlos, y Mercedes Lucía quien estaba casada con el médico Manuel López Rivas, quien había sido alto dirigente del partido Unión Republicana Democrática –URD–, lo cual le había llevado a ser ministro de comunicaciones al comienzo del gobierno de Rómulo Betancourt que se estrenó en 1959. Lo cierto es que más de una tarde en vez de agarrar a la casa paterna Rafael agarraba hacia la casa del tío Manuel, que estaba también muy cerca al terreno donde nos congregábamos, y allí se daban algunas conversaciones  que muy informalmente sostenía el anfitrión con sus visitantes. En una de ellas a él le escuché decir: “Las cosas de la vida, ahora es que puedo tener casa gracias al derrame de petróleo en la finca allá en Yaracuy y con la indemnización pude comprar esta; pero cuando fui ministro, y se hizo para que le entraran unos fondos, decidí que una sede que tenía por la avenida San Martín se le comprara a buen precio para instalar allí una oficina de la CANTV. Pero lo que son las cosas chico, esos reales nunca llegaron al partido, le salieron patas por el camino y nadie supo nunca para donde fueron a tener, pero el amigo los recibió”. Y terminaba el cuento dando un nombre, que ahora les voy a referir al concluir otro que también quiero compartir con ustedes.

Hace pocos días hablando por Skype con uno de aquellos muchachos fundadores del Cronopios 69, y quien ahora forma parte de esa dolorosa diáspora que nos ha arrojado a tantos del país, me dijo que era necesario leer el libro de Luis Pineda Castellanos y Berenice Gómez Así paga el diablo… a quien bien le sirve. Y como en asuntos de leer no soy de quienes soporta dos provocaciones, a las pocas horas tenía un archivo pdf con dicho texto. La verdad que es un texto que a veces se hace de difícil digestión, pero es necesario revisarlo.  Cuando lo hice me encontré varias sorpresas, pero una de las que más me sacudió fue encontrar de nuevo el nombre de aquel señor que había oído mentar en la “desaparición” de los reales pagados por la casa del partido.

En esta oportunidad, Castellanos le asegura a Berenice que cuando ocurrió la tragedia en diciembre de 1999, el célebre desplante hecho por el gobierno nacional a la ayuda de los norteamericanos al país tenía meras razones económicas. Recordemos que el 11 de enero del 2000, el difunto eterno anunció que rechazaba el envío de los navíos estadounidenses U.S.S. Tortuga y U.S.S. Nashville que transportaban a 450 ingenieros de la Armada y los Marines, así como tractores, bulldozers y maquinaría de ingeniería, quienes acudían ante un llamado hecho por el propio Ministro de la Defensa de Venezuela. El señor Chávez alegó que Venezuela no necesitaba personal adicional. Castellanos revela que dicha negativa se produjo porque ello iba a permitir uno de los más pingües negocios que hubo en aquellos días con la extracción de los sedimentos dejados por la vaguada que arrasó con el este del estado Vargas. Asegura él: “Lo que sucedió fue que “fulanito” le recomendó no hacerlo para que su hijo, presidente del Colegio de Ingenieros, no perdiera de ganarse los millardos por los contratos que ya se habían cuadrado”.

¿Saben el nombre de fulanito? El honorable Luis Miquilena, el mismo nombre que oí de Manuel López Rivas con el manejo de los dineros pagados por el estado venezolano por la sede del partido a cuyas arcas nunca ingresaron. Desde el mismo día de la fundación del grupo les recalqué hasta la monotonía a los muchachos la necesidad de ser decentes, y de actuar apegados a la honradez. Muchísimas veces me oyeron hablar de la necesidad de aportarle al país lo mejor de cada uno, nunca dejé de repetirles la necesidad de hacer todo cuanto estuviera en sus manos para ayudar a construir una sociedad justa libre de alcahueterías automáticas, por eso dedico esta nota de hoy a ventilar esto, porque no podemos dejar que en honor a la solidaridad se callen las trapacerías de unos cuantos. No hay que ir muy lejos para refrescar a otro pícaro de semejante pelaje: José Vicente Rangel, y además compañero del nombrado señor, de quien en la mal llamada Cuarta todos sabían de sus manejos poco edificantes para la venta de los mamotretos en bronce de su cónyuge, los cuales se vendían en divisas verdes a diferentes instituciones, en su mayoría, del Estado venezolano.

Sabemos que vienen tiempos nuevos, nada podrá detenerlos, debemos empezar por sanear realmente nuestro escenario político y que zánganos como estos no sigan medrando a costa de nuestro dinero. No sólo pasó el tiempo de Chávez, Maduro y toda su comparsa de malvivientes, también debemos hacer pasar la de todos aquellos que tras el disfraz de honorables tanto daño nos han hecho.

© Alfredo Cedeño

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