• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Errores

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En 1968 yo tenía 12 años y estudiaba segundo año de bachillerato en el liceo José María España, ubicado en Macuto, ahora estado Vargas. Un buen día apareció por allá un “señor” de bigote poblado por el que todas las muchachas de quinto año, de las que todos estábamos absolutamente enamorados, suspiraban con embeleso; y cuando él estaba cerca ¡se subían la falda más arriba de las rodillas! Por supuesto que todos los varones queríamos ser como él.

Un día estando sentados frente al mar, en pleno Paseo de Macuto, él se acercó a nuestro grupo y nos habló de la FEEM, nosotros no teníamos la más peregrina idea de lo que era la Federación de Estudiantes de Educación Media, y las ventajas que significaban pertenecer a ella. También nos insistió mucho en que nosotros debíamos lograr que en el España se constituyera un Centro de Estudiantes, como el que existía en el Liceo Vargas, que estaba en Maiquetía.  Ese centro educativo estaba rodeado de una especie de halo de protesta y rebeldía en el cual todos queríamos sumergirnos. 

Unos días más tarde volvió ahora con otro “señor” al que nos presentó como su hermano Elías. Se me olvidaba decirles, el “señor” de bigotes se nos había presentado como Hugo Negretti. Sí, los hermanos Baltazar y Oswaldo Ojeda Negretti, de quien por más señas se decía eran sobrinos del legendario Pompeyo Márquez. Las visitas se hicieron cada vez más asiduas y entre las matas de uva de playa de Las Quince Letras, muy cerca de donde estaba el no menos admirado Castillete de Reverón, Elías y Hugo nos enseñaron a fabricar bombas molotov, las cuales días más tarde comprobé había aprendido a hacer correctamente dándole fuego a un bus de la línea que viajaba de Montesano a Macuto. Igualmente nos daban rudimentarias lecciones de política. Un día me invitaron a un acto que había en el liceo Vargas y allí conocí a un lampiño y frágil muchacho, que cuando hablaba hacía que todos se alebrestaran de inmediato y comenzara uno de los célebres disturbios estudiantiles que eran entonces temidos en la zona. Les hablo de quien luego fuera el artista plástico, lamentablemente ya ido, Juan Loyola.

Fueron días de adrenalina a todo dar. Recuerdo la vieja casa colonial donde funcionaba el Partido Comunista en la esquina de Navarrete en Maiquetía, donde Pavel Rondón nos daba clases de fotografía; las invitaciones a la esquina El Brillante, donde funcionaba la sede de la Juventud Comunista de Venezuela, y donde Hugo nos reveló un día que en realidad su hermano Elías venía de ser un comandante guerrillero que había ganado su rango en el frente de Falcón. Pero, como todo buen pueblo pequeño, La Guaira era un infierno bastante grande donde todos nos conocíamos y no pasaron muchos días hasta que a mi padre le empezaran a hablar de lo que andaba haciendo Alfredito…

Al poco tiempo él se presentó al liceo y cuando vio el nivel de inasistencias, y la temida profesora Sanz, jefe de seccional, le confirmó mis andanzas, se limitó a retirarme del plantel. A mí no me dijo nada, eso fue un día martes. Mi mamá no hacía más que llorar y decirme en todas las maneras habidas y por haber, como sólo una mamá puede decirlo, lo mal que me había portado, sin que faltara el consabido: “¿Cómo nos pudiste hacer esto Alfredo Rafael?”  Papá no decía nada, y así pasaron los días, hasta que el domingo en la noche me dijo: “Mire joven, ya que usted no quiso estudiar sino andar jodiendo la pava para hacer la revolución, mañana empieza a trabajar con el compadre Martín”.  Él era un albañil de origen canario, que se dedicaba a construir casas por las zonas de El Palmar Este y El Palmar Oeste, así como por Caribe y Tanaguarena; y así, me dije a mí mismo con infinito orgullo, estoy entrando a formar parte de la explotada clase obrera del país.

Es necesario confesarles que yo estaba casi seguro de que ese isleño buena gente, que hacía junto con su mujer Valentina el conejo al salmorejo más divino del mundo, que nos llevaba de paseo a El Junquito, que me había tratado siempre con el mismo cariño que a su hijo Pablito, me iba a poner a hacer cosas más o menos suaves. ¡Nuevo error! Al llegar a la obra donde él estaba en esos días trabajando me puso a subir unos sacos de cemento, ¡de 42 kilos y medio cada uno!, por una escalera infinita que llegaba a una azotea donde estaba haciendo unas remodelaciones. Por supuesto que no pude, y uno de los obreros que me quiso ayudar se ganó un sermón de padre y señor mío: “¡Me cacho en Dios! ¿Yo te puse a ti de cirineo del revolucionario este?  Así como sabe quemar autobuses que aprenda cómo hay que joderse cuando no se estudia”. Al rato me relevó del acarreo de cemento y me puso con una pala a llenar de arena unas latas que también debía subir por la bendita escalera que les dije antes. No llevaba una hora en esa faena cuando mis manos estaban llenas de ampollas.

Esa tarde llegué a la casa con la moral proletaria pulverizada, el orgullo subsumergido, y el absoluto convencimiento de que mi padre se daría por contento con mi arrepentimiento. Él me escucho, mi mamá por supuesto lloraba a moco suelto cuando vio como estaban las manos de su hijo adorado, y después de yo haber soltado aquella perorata sobre el perdón, y que eso no volvería a suceder, que ahora si era verdad que iba a estudiar y a eximir todas las materias, y patatín patatán, me dijo: Hijo, en la vida los errores se pagan, y si uno los comete y no tiene consecuencias, entonces se convierte en un viva la pepa, que es lo menos que yo quiero para ti en la vida; tuviste la oportunidad de estudiar y no quisiste hacerlo, ahora te queda trabajar, y si quieres estudiar lo harás de noche, te repito los errores tienen un pago, lamento que el tuyo sea tan duro.  El mundo se me vino encima. Y así me tuvo durante cuatro larguísimos meses hasta que un día me dijo que no trabajaría más y fue cuando llegué a estudiar en Jesús Obrero.

Hablo de errores porque no he podido dejar de pensar en lo que escribió la semana pasada en su columna de la Gaceta Oficial Roja, entiéndase Ultimas Noticias, el “profesor” Eleazar Díaz Rangel: “Parece que hubo un error en el cálculo de costos de la producción de huevos. Los productores no soportan el nuevo precio y es bastante probable que ocurra una escasez nacional de un producto que por unos días se vendió masivamente a precios regulados”. Le pregunto al también llamado Lulo: ¿Error en el cálculo de costos? ¿O error en el tiempo de aplicarla?  Hace pocos días me decía la ejecutiva de una cadena de supermercados: “Si todo esto de obligarnos a vender el cartón de huevos a ese precio en vez de hacerlo hace dos semanas, lo hacen esta nos echaban la gran vaina, pero como son brutos…”

El país se nos ha convertido en una sentina gracias a la inacabable cadena de errores que nunca tienen consecuencias para nadie, sólo las tiene para la propia Venezuela. Errores de cálculo de toda laya así lo refrendan. Llevamos largos años oyendo y leyendo predicciones, análisis, proyecciones, augurios y pronósticos del fin inminente de la pesadilla que elegimos vivir con candor de quien confía sus ahorros al primer charlatán maromero que toca la puerta. En septiembre del 2011 un analista de temas de seguridad, como es el “chingo” Rivero Muñoz escribió en su blog: “…ya se menciona a Venezuela como el tercer país en la lista de los que muy pronto y después de Grecia, entrará en cesación de pagos”, y han pasado cuatro años. Como él hay una infinidad de ejemplos de cualquier cariz que se desee, sobran muestras del triunfalismo con que nos hemos revestido en todo este tiempo, y no hay manifestaciones de que se han aprendido las lecciones del caso. La improvisación sigue campante por nuestros feudos, y es casi nula la capacidad de decisión e imaginación para responder a los cada vez más cínicos y grotescos ataques rojitos.

Ante el asesinato de Luis Manuel Díaz en Altagracia de Orituco el pasado miércoles, la capacidad de respuesta del almirantazgo opositor quedó nuevamente en evidencia. Salvo las consabidas declaraciones de condena al hecho y achacarle a los jenízaros rojos la autoría de la salvajada, no pasó nada más. ¿Era necesario ser Maquiavelo para hacer algo tan simple como girar instrucciones  a todos los comandos de campaña del país para que se convocara una misa por el eterno descanso de Díaz el jueves en la tarde? ¿Es candidez pensar que ello se hubiera traducido en una manifestación nacional concreta y palpable del repudio a esta peste que padecemos? ¿Van a caer en el juego de los malandrines oficialistas de enfatizar el pasado del pobre hombre? Hay que hacer ver que hubo una muerte a manos de sus sicarios, y eso es donde hay que mantenerse enfocados, lo demás es caer en posturas de vestales fatuas que no tienen la más peregrina idea de cómo hay que batir el cobre. Errores que no parecen tener un final cercano es lo que nos rodea, y ante tanta torpeza, por lo visto, ¿sólo nos queda someternos a la voluntad divina? Ese es un error al cual  le tengo pánico, porque sólo demostraría que este infierno no ha sido suficiente para purgar nuestros pecados. A eso me huele actitud desplegada para el próximo domingo, cuando se nos pide que acudamos con fe ciega de hermanita de La Consolación a ejercer el sufragio, sin decirnos qué hay después.  A menos que nos tengan reservada una respuesta a lo Eudomar Santos: Como vaya viniendo, vamos viendo…

© Alfredo Cedeño

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