• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

Al instante

El parto de la justicia

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El pasado 8 de noviembre cumplió 19 años mi hijo. Su llegada es una fiesta que ha sido permanente para mí desde entonces, a él le debo el milagro de la paternidad, siempre he querido tener el mundo para dárselo, y por supuesto donde lo justo sea la regla. En aquellos días previos a su nacimiento, la posición económica era asfixiante, su madre desempleada y yo apenas había logrado una asesoría en la Procuraduría General de la República, cuyos pagos guardaba con especial celo para poder costear los gastos de la clínica donde nacería mi muchacho.

También en aquellos días, poco antes de su nacimiento, fui contactado por el angustiado gerente general de una modesta fábrica de discos compactos que funcionaba en Los Ruices; quien me explicó lo insólito de su situación. Y no pude dejar de pensar que semejante horror jurídico no era lo que quería para el futuro de mi hijo, por lo cual me embarqué en tratar de deshacer aquella asquerosidad.

La angustia de aquel joven profesional se debía a que su planta de producción estaba a punto de ser engullida por un banco, con quien había contraído una deuda en dólares para expandir su capacidad de fabricación. La institución financiera, violentando toda la normativa legal, y con la manifiesta contribución de la más alta instancia judicial del país, había obtenido una sentencia a punto de ser publicada mediante la cual se les arrebataba la empresa. Es necesario explicarles que en todo el proceso judicial los fallos obtenidos habían sido favorables a la disquera, y ahora en la instancia final había una sentencia sin pies, ni cabeza. Al revisar toda la documentación junto con ellos y sus asesores jurídicos, mi sorpresa fue absoluta al encontrar que por la empresa filial del banco firmaba la persona cónyuge de la figura que iba a firmar la sentencia.  Afortunadamente estaba sentado. Cuando hice ver eso a los que me acompañaban en la reunión se negaban a creer lo que les decía, por lo que suspendimos la reunión y al día siguiente nos volvimos a encontrar. Ya ellos habían corroborado lo que les había informado.

A partir de ahí los días comenzaron a ser una vorágine de vértigos inacabables. A la mamá del muchachito le crecía la panza cada día más y más, y todo cuanto discutíamos y acordábamos para enfrentar el mastuerzo legal parecía ser adivinado. Realicé una verdadera peregrinación por diversos medios de comunicación donde laboraban amigos presentándole la documentación del caso, y todos me miraban con cara de circunstancias y me decían, palabras más, palabras menos, y con tono casi funerario: Lo siento hermano, pero no puedo hacer nada. Un querido amigo, que había hecho una silenciosa pero vertical labor en un diario del este y que ahora dirigía la sección de investigaciones en otro diario del centro de la ciudad, casi abandonando su habitual parsimonia, me dijo con voz ligeramente exaltada: Coño pana, aquí hay órdenes de no tocar a ese personaje.

Una de las tantas noches en que salíamos de una de nuestras maratónicas reuniones, descubrí que la oficina contigua a la del abogado era ocupada por el hijo de un señor que había desempeñado un elevadísimo cargo en otra empresa del banquero en cuestión.  Al cambiar el sitio de nuestras reuniones se acabó la filtración de información de nuestras acciones futuras. Todo cual película, pero rigurosamente cierto. Con la panza a punto de caramelo, y con falsos anuncios de parto, el deambular por redacciones no producía ningún efecto. Una mañana que estaba en el cubículo que ocupaba en la Procuraduría el jefe máximo se apareció por allí y colocándome su mano en el hombro derecho me dijo con su voz atiplada: Quédese quieto amigo Cedeño y deje que todo siga su curso.  Por aquellos días un querido amigo ocupaba un alto cargo en la Contraloría General de la República, larga conversación y la respuesta habitual: Naranja china, limón francés.

Finalmente, la misma semana que nació mi muchacho, por donde menos lo esperaba aparecieron tres inesperados Quijotes que se pusieron las manos en la cabeza con mi cuento. Jorge Cahue, lamentablemente ya desaparecido, quien tomó una de sus legendarias calenteras y como buen hijo decente de la Argentina, que los hay a montones, me garantizó que no dejaría de ir caldeando el ambiente con el tema en su columna que tenía en Reporte, diario de la economía. El otro fue el querido Kico Bautista, quien me garantizó que en su columna “Feeling” de El Nacional, haría igual. Y otro que se irritó con la situación fue E. A. Moreno Uribe, quien en su columna de El Mundo también tocó el tema. Los tres hicieron breves menciones en su respectivos espacios de opinión y esa misma semana, justo antes del viernes 8 de noviembre, fecha del nacimiento de mi hijo, el fulano banco estaba convocando a que se firmara el nuevo convenimiento de pago y, de este modo, evitar el embargo, a todas luces irregular, de la empresa fabricante de discos compactos.

Necesito acotar que ejemplo de situaciones como esta, que me tocó presenciar desde primera fila, no eran escasas. ¿Acaso ya se ha olvidado el país de lo que significó la famosa tribu judicial que usaba el nombre de un connotado parlamentario adeco? Se sabía que aquel señor, de voz aguda y gesto arrogante, hacía y deshacía en los ámbitos judiciales a su real saber y entender, pero el país entero se hacía de la vista gorda ante los desmanes de este Catón tropical y subdesarrollado. Paradójicamente, en una de las veces que, apegado al espíritu de la ley, exigió el cumplimiento de la misma, cuando el 4 de febrero de 1992, dejándose arrastrar por su vehemencia rocambolesca gritó en el hemiciclo legislativo “¡Muerte a los golpistas!” Ardió Troya, se quemó Roma y Caracas fue el crematorio del rey y cacique del guiso judicial nacional. Muestra de una sociedad alcahueta y de valores pervertidos donde mientras corrompes la ley eres rey y cuando pides que la cumplan te crucifican. Podría seguir enumerando ejemplos anteriores, y posteriores. Otro personaje de similar talante era el reportero de tribunales de un muy popular diario nacional, en cuyo escritorio se veían pasar romerías de mujeres humildes que iban a implorarle intercediera por la libertad de sus hijos o maridos, y él con voz de perdonavidas se pavoneaba de su poder en los tribunales por plena redacción del tercer piso de aquel periódico.

Ya el muchacho tiene 19 años, como dije al comienzo, y otro de los logros de los rufianes rojos es que nuestro escenario judicial está en un punto que ni en mis peores pesadillas pude suponer que estaría. El caso del ahora celebre fiscal Nieves, quien pretende presentarse como la versión caribeña del abuelito de Heidi, provoca arcadas. Particular mención merece su “indignada” respuesta, en el más rancio estilo del mencionado cacique blanco, ante los muy justificados razonamientos hechos por distintos voceros del exilio venezolano en Miami. Por lo visto, sus culpas están bien frescas y sus noches no deben ser precisamente de sueño plácido.

Nieves y la caravana de arrepentidos que él anuncia parecieran estar jugando a repetir el escenario de la caída de El Tarugo (Pérez Jiménez), cuya principal lacra, el nunca debidamente juzgado Pedro Estrada, se retiró a vivir a todo trapo en París, con las rentas de todo cuanto había robado en nuestro país. El dictador fue condenado a cuatro años de cárcel, y en agosto del 68 salió del país a radicarse en España donde habitó en un humilde ranchito con una parcela de más de 15.000 m², más de 3.000 m² de construcción, con comedor para veinte personas, cinco dormitorios principales, un bunker, garaje para 20 carros, galería de tiro, peluquería, sauna, piscina, etc… ¡Ganado con el sudor de su frente!

Reitero: Hemos sido silenciosos y tercos cómplices de una decolorada justicia con la cual se ha hecho de todo menos observarla. Eso es lo que explica que ahora veamos una vergüenza como Franklin Nieves quien ahora quiere ser investido como el Cirineo de Leopoldo, después que lo crucificó a su buen gusto y placer.  No puedo ocultar mi sorpresa ante la reflexión justificadora y laudatoria de Nieves que me ha hecho recientemente gente muy querida de dentro de la propia fiscalía general, no quieren ver el grave caso de omisión de justicia en que han incurrido quienes debieran ser garantes de ella.  ¿Qué le espera a la justicia venezolana? Es un erial infinito lo que nos aguarda, tenemos un aparato judicial podrido desde sus raíces y que pretenderá ser utilizado en su momento por los malandrines rojos, como hiciera en Nicaragua el malhadado Daniel Ortega y su plaga sandinista: controlaron de tal manera la estructura tribunalicia que se dedicaron a hacerle la vida triste a todos los que le sucedieron hasta lograr retornar al poder de la manera que lo ha hecho ahora. Como de costumbre, de este lado del tablero poco se oye, salvo ditirambos y ofertas altisonantes, de cómo se puede restaurar la justicia, médula de cualquier modelo societario decente. Mientras tanto a la ciudadanía nos queda remontar una escalinata que parece no tener fin.