• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Capriles de once varas

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En la Edad Media cuando alguien decidía adoptar a un niño se estableció como acto simbólico que durante esa ceremonia, y para simbolizar los problemas que ello acarreaba por decisión propia, el padre debía meter al niño por la manga de una inmensa camisa fabricada para la ocasión. Después debía sacarlo por el cuello de dicha prenda y darle un fuerte beso en la frente como prueba de asumir la paternidad.  Por lo grande de dicha vestimenta surgió el término: meterse en camisa de once varas, como sinónimo de meterse en problemas innecesariamente. Tal vez es lo que estoy haciendo hoy.

Por razones que no vienen ahora al caso ahondar, hubo una época en la cual tuve una cercana relación con José Ignacio Cabrujas, quien eventualmente se dedicaba a evocar cosas o hablar de ciertas “mañas” del oficio de escribir telenovelas. Una de ellas que más y mejor recuerdo fue cuando le oí comentar en una de esas veces con su característica voz bronca: “Es que si se cae el bendito rating de nuestros tormentos no hay nada mejor que enfermar a alguien, no era de gratis que la señora Delia Fiallo lo usaba con maestría en sus culebrones; y si no que lo diga el señor Manolo Muñoz Rico”, y soltó su típica risa contenida de cuando cometía o decía una picardía.

Junto a Salvador Garmendia, él había sabido darle un vuelco a nuestras telenovelas y de eso ya bastante se ha escrito. Muchas veces desbarrando, otras elucubrando, pocas acertando. Porque fundamentalmente ellos lo hicieron con genio y diversión, la única manera en que se puede abordar el acto creativo en cualquiera que sea su manifestación; lo abordaban con humor, rasgo indeleble del acto inteligente.  Poco se preocupaban de establecer significados y significancias, se limitaban a vivir y poner en sus personajes la interpretación de la vida que gozaban y sufrían. Sin dejar de lado, por supuesto, las pericias que sus antecesores habían demostrado funcionaban con eficacia.

El duro y devastador oficio de escritor de telenovelas tiene sus orígenes en el no menos extenuante oficio de los autores de radionovelas, de los cuales era heredero directo Salvador Garmendia. Me confiaba el muy querido Rodolfo Izaguirre, quien fue muy amigo de él, y cuya confidencia ahora comparto con ustedes, esperando no ofenderlo: “Religiosamente iba todas las tarde a las cinco a buscarlo en Radio Continente donde trabajaba escribiendo radionovelas. Escribía directamente sobre el sténcil:

MAMÁ: ¿Llegaste, Francisco?

FRANCISCO. (ruido de puerta que se cierra). Si, mamá, ya llegué!

Y así escribía treinta capítulos en una sola jornada. Una tarde lo encontré tan abrumado que le pregunté: ¿Te puedo ayudar en algo? Y me contestó, mirándome a los ojos: ¡No! ¡No puedes! ¡Escribir mal es muy difícil!”

Ambos fueron herederos de esa manifestación cultural latinoamericana que comenzara en las fábricas de tabaco cubanas, donde una persona, para evitar en los artesanos el bochorno propio de la monótona tarea de enrollar los habanos, se ocupaba de leer alguna obra que los entretuviera. Dumas era uno de los autores preferidos. De allí pasó a las emisoras de radio y fueron necesarios varios años para que Félix Benjamín Caignet Salomón, quien creció escuchando las historias de los viejos cuenteros de las calles de Santiago de Cuba, escribiera en 1948 El derecho de nacer que se convirtió en eso que ahora llaman un fenómeno viral que se expandió por todo el continente de manera insólita.  En Caracas, según contó Osvaldo Yepes a Sonia Z. Pereira Jaimez, esta radionovela tuvo tal sintonía que en el teatro Ayacucho, al lado del Congreso Nacional, durante la función de 5 a 7:30, a las seis y media el operador paraba la película, se prendían las luces y ponía el radio para que la gente viera El derecho de nacer y después era cuando terminaban la proyección de la película.

Escribo de una ciudad ingenua, de una sociedad inocente si se quiere, que como tal ha conservado mucho de ello en sus raíces, por eso no deja de ser indignante el “manejo” que algunos mal llamados dirigentes pretenden seguir llevando a cabo de la colectividad. Y ahora, para hacer honor a la estructura de las radio-tele-novelas, o tal vez por puro novelero que llaman, aquí quiero hacer un corte y contar algunos episodios de la formación de la especie de franquicia esa llamada Primero Justicia que en recientes tiempos tanto protagonismo ha adquirido.

Al comienzo fue una asociación civil de similar nombre, creada en 1992 con la ayuda del Alirio Abreu Burelli, ex magistrado de la antigua Corte Suprema de Justicia y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, para promover reformas al sistema de justicia en Venezuela. Luego veríamos a Borges devenido en un burdo y cejudo juez, cual Albertico Limonta de las leyes, conduciendo en las pantallas de RCTV el programa de igual denominación.

Lo cierto es que aquel grupo inicial se fue consolidando y comenzaron a reunirse cada miércoles a las siete de la noche en la oficina de uno de ellos en los alrededores de la avenida Lecuna. Más tarde, ante el número de asistentes las reuniones se trasladaron a una amplia sala de reuniones de una conocida fundación cuya sede está en la avenida Andrés Bello. Me cuenta un testigo de excepción lo que fueron esos días iniciales: “Hablábamos de la manera de hacer política, de lo que necesitaba el país. Eran debates interesantes. Recuerdo mucho a cuatro personajes de esas reuniones: a Borges le molestaba ser la sombra de Leopoldo, mucho. Trataba demasiado de destacar tomando la palabra siempre, siempre, de ser el que tuviera lo último que decir. Leopoldo, por el contrario, era lo que yo llamo un "escuchador", escuchaba y preguntaba, nunca hacía conclusiones, sino que trataba de escuchar. Ocariz era extraordinariamente inteligente pero un poco bocón. Caprilito completamente callado, ni cuando le preguntaban su opinión decía algo interesante. Se paraba, daba vueltas callado, con la cabeza baja. Era como un fantasma, nunca hizo ninguna contribución, era un cero a la izquierda. Tanto, que me sorprendió inmensamente cuando salió al público. Quizás lo pusieron allí porque pensaron que podían manejarlo, tenían que prepararle las cosas y no voy a negar que debió poner de su parte porque ha mejorado, creo.”

Me pregunto ¿realmente ha mejorado? ¿Cómo entender que el pasado 22 de marzo a las 3: 17 de la tarde el ilustre gobernador de Miranda emitiera un mensaje desde su cuenta de Twitter con las siguientes palabras: “Estimados amigos, en horas de la noche de hoy informaré sobre un tema de salud personal, siempre con la verdad por delante!”; para aparecer horas más tarde con la cara embadurnada de crema diciendo que era que no tenía cáncer? ¿Qué vaina es esta? ¿Qué mamadera de gallo es en la que estos tarambanas se empeñan en sumergir el quehacer político venezolano?

Una de las mentes más lúcidas que conozco y respeto, por su franqueza, profundidad y humildad a la hora de opinar se limitó a comentarme: “Ese tipo no sabe qué hacer para llamar la atención. Se le acabaron las neuronas y los asesores se le fueron. Lo conozco desde el principio, no de cuando fue diputado, y sé que no tiene nada en la cabeza y no es capaz de articular ideas. Lo sé, lo vi, nadie me lo contó. Lo endiosaron mucho y es un pobre tonto. Las circunstancias actuaron a su favor. Me da pena.”

Por eso no es de extrañar que haga cretinadas como esa que trató de hacer presentándose en el más rancio estilo telenovelesco como una especie de Tamakún que resucita de las fauces del mal. Lo que me luce más triste es cómo se creó una verdadera ordalía alrededor del patiquín este deseándole mejoría, y algunos otros saltar espada en mano tremolando su ira contra aquellos que osáramos criticar o burlarnos del ataque de acné del Bobo de la Yuca. ¿Es que nadie le va a decir a este ser: Mira muchacho zoquete, anda a buscar oficio y date a respetar?

Verdaderamente que cada día da más tristeza la indigencia mental de nuestra casta política.

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com/

@bandolero69