• Caracas (Venezuela)

Alfredo Cedeño

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Aromas

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Sin los olores la memoria tendría una presencia poco menos que desgraciada en nuestras vidas. ¿Usted se puede imaginar evocar su plato favorito sin que pudiera recordar el aroma de sus condimentos? ¿Quién alcanza a rememorar su primer coito sin desenterrar la mezcla de fragancias de aquel momento celestial? ¿Acaso hay quien pueda recordar su niñez sin añorar el perfume de sus golosinas a la hora de la merienda vespertina, así fueran de papelón con queso?

Escribo de ellos y de inmediato me asalta Gabriela Mistral y su “Ronda de los aromas”:

Albahaca del cielo

malva de olor,

salvia dedos azules,

anís desvariador.

Tampoco puedo dejar de rememorar en El Conde de Montecristo, cuando al morir el abate Faria, su compañero de infortunios y heredero de su fortuna, Edmond Dantès, oculto en el subterráneo que comunicaba sus celdas, le toca enterarse de la certificación de su muerte. Narra Dumas: “Hubo otro instante de silencio, oyóse después un chirrido como de carne quemada, y un olor nauseabundo llegó hasta el horrorizado Dantés a través de la baldosa. Aquel olor de carne humana carbonizada hizo que Edmundo estuviera a punto de desmayarse”.

Otro autor que necesito mentar es a Hemingway, y tomo de París era una fiesta: “Salí a la calle después de pasar a través de todos los buenos aromas de pan que llenaban el horno y la tienda”. En Las verdes colinas de África detalla el olor de los animales cercanos a los que quiere cazar, la vegetación, el sudor de sus compañeros.

La importancia del olfato en nuestras vidas es determinante, y por ello es un recurso que los autores suelen emplear para ubicar al lector en el contexto de su obra. Explica la psicóloga española Silvia Álava, quien tuvo a su cargo la dirección del estudio “Los olores y las emociones” que solemos recordar hasta 35% de lo que olemos, y apenas 5% de lo que vemos. Asegura la guapa estudiosa de la conducta que “la memoria es capaz de percibir hasta 10.000 aromas distintos, aunque únicamente es capaz de reconocer 200 olores”.

En mi caso son múltiples los olores que funcionan como gatillos que me trasladan de inmediato a diferentes etapas de  mi vida, sobre todo a mi niñez. Uno de ellos el de la pastilla de jabón Palmolive, pero el verde, que usaba mi padrino Chebo para bañarse bajo un gran chorro que había fabricado él con una vieja lámina de zinc donde caía el agua del río Osorio, en la parte alta de La Guaira.

Su nombre era Eusebio González, nacido en El Valle del Espíritu Santo, en la isla de Margarita, y estaba casado con mi madrina Carmen Felicia Salazar, quien a su vez era prima de mi madre. Ellos habían migrado de la amada isla a mediados del siglo XX, cuando la miseria hacía estragos allá, y habían salido adelante en Caracas. Llegaron a tener varios abastos, o bodegas, o pulperías, como usted prefiera llamarles, que estaban en distintas partes de la ciudad; los locales más importantes estaban en La Pastora y otro en El Valle. Un buen día, corrían los tiempos del gobierno de Pérez Jiménez, la que estaba en el sur fue expropiada para la construcción de la avenida Nueva Granada.

Ellos, gente emprendedora y de poco miedo, decidieron que no se iban a arriesgar a nuevas ocasiones como esa, así que vendieron todos los locales y decidieron irse a La Guaira. Allí empezaron a explorar hasta que en la parte alta del río Osorio encontraron una señora que tenía una choza a la orilla del río y un conuco. En breve hicieron negocio con ella y se instalaron allí. Les estoy hablando de una pareja de cierta fortuna puesto que eran varias las propiedades que habían vendido en Caracas, y sin embargo decidieron arrancar una nueva forma de vida.

Ellos, mis padrinos, fueron un par de seres especiales que viví y disfruté al máximo. Ella era menuda, de humor ácido y genio endiablado. Él era enorme, debe haber medido cerca del metro noventa y pasado largamente los cien kilos, genio fuerte también y un vozarrón que me hacía sentir ante uno de los gigantes de los cuentos que me narraba mi abuela Elvira. Ambos eran de una generosidad muy particular.

Años más tarde entendí la real dimensión de ellos. Eran una especie de Reverón y Juanita, entre ambos construyeron su casa con piedras que sacaban del río y sacos de cemento que él subió uno por uno desde la carretera que quedaba a cerca de kilómetro y medio de donde ellos se establecieron. Junto a la casa él fue sembrando matas de caña de azúcar, de topocho, de cambur, de plátano, de guayaba, de piña, de parchita, de parcha granadina, y paremos de contar. Igualmente hizo un tanque inmenso para almacenar agua, la cual hacía llegar desde el río con una canal que le construyó, y desde allí regaba a través de una red de acequias todas sus plantas.  La “ducha”, ya les conté como la hizo en el cauce del río, donde cada tarde acudía con su pastilla de jabón en la mano y una toalla sobre su hombro. Además de hacer todo esto, él buscó trabajo en el Puerto de La Guaira, donde laboraba de lunes a viernes y a veces los sábados en la mañana.

Repito, estoy escribiendo de unas personas que tenían un capital suficiente como para dedicarse a cualquier otra cosa, y sin embargo se dedicaron a construir con sus propias manos una morada. 

Escribo todo esto porque llevo días oyendo y leyendo por todos lados que Manolito el de Mafalda, léase: Julio Borges, presentó ante la Asamblea Nacional el Proyecto de Ley de Vivienda para otorgar el título de propiedad de la Gran Misión Vivienda Venezuela. La pregunta que no ceso de hacerme es: ¿Cómo será el sistema de pago de dichas viviendas? ¿O es que no se trata más que de otro mecanismo para estimular la mendicidad y reforzar entre los venezolanos la condición saudita de un Estado que regala a troche y moche lo que se le antoja?

Me aterra que se siga estimulando en nosotros la maldición petrolera, el estigma del dame- todo-hagamos-nada, el síndrome del mendigo suertudo que sin hacer nada gana siempre. No se trata de no favorecer a los más necesitados, se trata de comprometernos y comprometer en la participación a todos. No hay una casa en Venezuela donde no se vean signos de una vida cómoda en mayor o menor proporción, y todos esos enseres o utensilios son pagados, a veces a precios exorbitantes, por todos. Ello revela una disposición al logro que de manera perversa  no se ha querido estimular. ¿Hasta cuándo se repetirá el esquema de un Estado omnímodo que todo lo da? ¿Cuándo será que comenzaremos a ser una tierra comprometida consigo misma y que será lo que queramos que sea porque lo que sobra es talento, dedicación y compromiso?

textosyfotos.blogspot.com

© Alfredo Cedeño

 

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