• Caracas (Venezuela)

Alexis Correia

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Alexis Correia

La noche de los 17.945 cristales

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Hice el experimento de ver el Miss Venezuela 2014 en Venevisión Plus, en vez de Venevisión, y quedé con la misma sensación de desamparo que ante Miss Escasez, Irene Esser, que anuncia hojillas o champús en un país en el que ya no puedes elegir o siquiera conseguir hojillas o champús. Se supone que un canal de suscripción, por el que cancelas la fracción de una mensualidad, debería ofrecer valores de producción más elevados que una cháchara de televisión abierta de provincia, antes y después de cada corte comercial del concurso. En rigor, sí se obtiene una retribución concreta: la tranquilidad de estar a resguardo de una triste cadena de un político que tiene que robarle sintonía a las misses.

Hasta Titina Penzini, por la que pagarías solo para mirar sus charreteras de las que cuelgan hilos dorados o para escuchar cuando se refiere a su calzado “marca Chris and Mars, siempre apoyando al talento nacional”, se termina contagiando un poco de la mediocridad del entorno. En más de una ocasión se le vio con la palabra en la boca, sin que la dejaran hablar en momentos cruciales, como el corte posterior al desfile de gala.

Creo que fue mi maestra de tercer grado, Gladys, la que me enseñó que una persona que hace un juicio nunca debe limitarse a un “me gustó” o “no me gustó”, sino agregar al menos un argumento. Ese es el mínimo común denominador de análisis que se puede esperar de conductores como Fanny Ottati o Fernando Delfino: el “me gustó”. Un lugar común tras otro, sin ningún espacio para lo inesperado, para un salvavidas del ingenio. Más o menos lo mismo que Leonardo Villalobos y Mariángel Ruiz al frente del Miss Venezuela: un monumento a la nada. Terminó confundiéndose el amaneramiento chillón tanto de Delfino como el del totalmente prescindible cuarto panelista, el estilista Franklin Salomón, cuando una de las normas de este tipo de programas es contrastar individualidades bien diferenciadas. Fue más interesante, por ejemplo, la breve aparición del entrenador Richard Linares, con un punto de vista “hetero”. Por cierto que a Salomón se le salió un “Verga” cuando quiso decir Miss Vargas.

Incluso con todos los contratiempos implícitos en una transmisión en vivo, hay innovaciones técnicas que no debe ser imposible ofrecer al televidente. Si se está diciendo todo el tiempo en cámara que “las redes sociales arden”, nada cuesta mostrar en pantalla algunos tweets o memes destacados. Si se están emitiendo comentarios sobre 25 trajes, es un crimen no refrescar la memoria visual con alguna que otra instantánea o video breve de algunos de los vestidos. Titina era la única que parecía acordarse de defender los intereses del espectador, al tratar de ubicarlo con algún detalle llamativo de los diseños. No sé si escucharon en TV, por cierto, que el de Anzoátegui tenía 17.945 cristales exactos.

Otro total desacierto: la presencia de Mariela Celis a la hora de criticar el desfile de gala, quizás el punto culminante de una cháchara sobre el Miss Venezuela. Hay momentos para los chistositos y otros en los que simplemente se requiere a especialistas de verdad. Hubo que esperar el corte correspondiente al noticiero de Venevisión para una conversación un poco más nutritiva con la instructora de pasarela Gisselle Reyes.

 Del Miss Venezuela en sí, poco más que decir aparte de la palabra devaluación. La ronda de preguntas se ha terminado convirtiendo en una rueda de prensa en la que solo hay reporteros del oficialismo. Se volvió tan aséptica, tan a prueba de pelones antológicos, que ahora hasta los interrogatorios son robotizados, formulados por un monitor de video. En el desfile en traje de baño, total desencuentro entre la escenografía y la coreografía, por un lado, y el diseño de vestuario. Significativo ver a Osmel Sousa metido dentro de un tanque (una limusina Hummer) para andar por el túnel de El Silencio a horas nocturnas.