• Caracas (Venezuela)

Alexis Correia

Al instante

La melena de Hassan

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Los concursos de talento me intrigan porque sus participantes muestran la actitud opuesta a aquella con la que hay que armarse, por ejemplo, para ir al mercado de Quinta Crespo. No puedes andar con el sentimentalismo a flor de piel ante el tipo que vende fresas rojas y gigantes y luego te mete en la bolsa de papel las más majunches y amarillas que tiene escondidas debajo del montón. No deberías llorar ante cada muchachito que te jala la ropa para pedir real, sino desarrollar ojos en la espalda y cara de póquer.

Yo soy el artista es un concurso de canto para la comunidad hispanoestadounidense que transmiten los domingos de 7:00 pm a 9:00 pm en Televen. Preferí no buscar muchos datos en Google, un asesino del suspense de estos programas cuando llegan aquí con retraso. Solo es cuestión de sentarse a esperar que uno de los muchachos que participa suelte la frase mágica: “Lucha por tus sueños”.
Somos 7 millardos de luchadores en el mundo y no todos vamos a cumplir nuestros sueños. Con frecuencia, los malos ganan. El pasado domingo, una cadena interrumpió Yo soy el artista justo cuando la conductora Lucerito iba a rescatar a uno de los 4 amenazados. Antes se transmitió una cuña pagada por el dinero de todos los venezolanos con el lema “chavista por siempre”.
Veamos un momento típico, hace un par de domingos. De nuevo, 4 amenazados y solo uno va a seguir en el programa, rescatado por el voto de los 19 preclasificados. Comienza la llorantina. No hay nada más inquietante que esa gente que no sabes si ríe o llora en un reality show.
“Los quiero mucho a todos. Esto es lo mejor que he experimentado en mi vida. Daría mi lugar por cualquiera de estos tres que están a mi lado”, dice uno de ellos, David. ¡Mentiroso! “Desde que tengo uso de razón supe que nací para esto”, intenta convencer otra chica en riesgo, Wendy. ¡Lágrimas bajo la lluvia! “Todas son personas tan lindas y hermosas. Yo tengo muchas ganas de llegar a ser alguien. Con fe, todo se puede”, indica otra amenazada, Reyna. ¿Acaso no eres alguien ya? ¿Con esa autoestima pensabas ganar el premio de 150.000 dólares?
El único más o menos sincero de los cuatro, con un razonable egoísmo, fue un tal John: “Perdí mi trabajo, el único income (ingreso) que tengo, pero yo declaro en nombre de Jesús que voy a entrar en Yo soy el artista, porque todos tenemos room (espacio) para crecer”. Igualito quedó fuera. Los puertorriqueños, por cierto, son gente que ahorra energía: dicen “so” en vez de “entonces”.
Por ahí entre las que rodaron en las primeras de cambio vi a Diana Marcoccia, no hace mucho la presunta hija perdida de Mariángel Ruiz en La viuda joven (Venevisión). No sobran oportunidades en su país y hay que salir a apañárselas.   
Cuando me enteré de que Olga Tañón era la directora de la academia de los concursantes, y que el jurado de las galas lo integran de nuevo Tañón (un doble rol inadmisible), Luis Fonsi, una tal Chiquibaby (¿de dónde salió?) y un machote mexicano con sombrero también desconocido para mí, Mario Quintero, al que intencionalmente sientan al lado de Boris Izaguirre (el único divertido), pensé: no la voy a pasar bien. Además, que el cielo me perdone, pero ninguna de las siete finalistas, quizás con la discutible excepción de Stefanía, se me hace una dama de aspecto mínimamente atractivo. Me quedo con Quinta Crespo.
Sin embargo, Yo soy el artista es un show bien producido, de los que ya no se hacen aquí. El participante Hassan físicamente hace recordar a un Ricky Martin joven, pero le falta personalidad y, muchacho, algo te puedo jurar sobre tu pelo lindo: más pronto de lo que crees te lo tumbará la alopecia. Por favor, que nadie me diga hasta esta noche si se salvó el único venezolano, Tairon. Seguimos la semana que viene. 

@alexiscorreia