• Caracas (Venezuela)

Alexis Correia

Al instante

Hamburguesas en la celda

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¿Cómo era la gente cuando podía comprar champú? Scarlet Ortiz, la perfecta Barbie de pelo azabache, a la que le bastó un tiempo muy breve para consagrarse como una protagonista clásica, pudo haber servido para una campaña nacional contra el uso de tintes como el que lleva la fiscal general. Ricardo Bianchi lucía unos rizos dudamelianos. Las rubias Mirela Mendoza y (por encima de todas) Roxana Díaz eran dos magníficos animales del deseo. Incluso con una cabellera peinada mediante miguelitos, difícilmente se encontraba un galán joven superior a Jonathan Montenegro.

Sigo buscando pistas de un pasado más amable del que no quiero que se desvanezcan los recuerdos. Las encuentro en Mis 3 hermanas (2000), telenovela de RCTV original de Perla Farías que ahora retransmite Televen a las 2:00 pm. Por estos días, el protagonista Santiago (Ricardo Álamo) está preso, acusado de participar en el ataque que dejó en estado vegetal al abnegado hombre de las tres hermanas, Augusto (Carlos Cruz), que al menos está empezando a mover los deditos. Todavía no había Ley del Trabajo y la enfermera Lisa (Ortiz) había sido despedida injustificadamente de una clínica privada.

Aunque nunca se le vio casi barriga, Margarita (Roxana) acaba de tener un bebé ochomesino en un parto épico sin cesárea que me hizo recordar un episodio personal reciente de compactación intestinal, uno de esos pocos males de retortijones que los hombres, seres humanos incompletos, podemos comparar muy lejanamente con dar a luz.

Esto no ocurrió nunca, ni en la cuarta o la quinta repúblicas, pero igual quiero ver allí una señal de que otra vida fue posible en Venezuela: escenas de un juicio muy formal, así como el que transmitieron por televisión del atleta surafricano Pistorius, al que el reo Ricardo Álamo asiste enfluxado. Un abogado grita: “¡Objeción!”, el honorable juez responde: “A lugar”. ¿Serán así los procesos que se le siguen a Leopoldo López o los estudiantes detenidos? Luego aparece Álamo, él solo en su celda (un privilegio inconcebible), todavía con flux, aunque al menos sin la corbata. En una caja de regalo del tamaño de una nevera chiquita, con lacito y todo, Roxana Díaz le mandó un televisor mediano, un reproductor de VHS y una cinta a la prisión (¡!), pero no piense mal, no se trataba de un video erótico, sino de las imágenes de un ecosonograma en movimiento.

Álamo regala el televisor a unos carceleros. Me froto los ojos: el carcelero regresa y le dice: “Te traje una hamburguesa, como tú no te comes la comida de aquí…”.

Probablemente es porque fue la última a la que me pegué en el horario de las 9:00 pm (ahora nunca duro despierto hasta esa hora), pero siempre he pensado que Mis 3 hermanas fue una de las grandes telenovelas previas al eclipse de la industria dramática nacional. En su momento, derribó del primer lugar a toda una superproducción escrita por Leonardo Padrón como Amantes de luna llena. Es difícil concebir un llanto de damisela tan creíble como el de Scarlet Ortiz, una especie de joven Caridad Canelón. Prácticamente todas las parejas principales funcionan con una química pasmosa: Ortiz con Álamo, el despeinado Montenegro con Chantal Baudaux, incluso Ricardo Bianchi con Dad Dáger. Todo se ha devaluado tanto que en Televen ya no ponen aquel tema musical: “Vida, devuélveme mis fantasías…”.

Ver Mis 3 hermanas es empezar a preguntarse, casi involuntariamente, qué pasó con este o aquel después del vendaval. Están los que se cuadraron con el pensamiento oficial, como Marlene de Andrade (Bárbara) o Roberto Moll (el doctor Jaime). ¿Cómo se estará ganando la vida, por decir alguien, Ana Gabriela Barboza, una actriz con exceso de sabrosura que hacía tan chévere su pequeño papel como la enfermera Rubí? ¿Dónde andarán Chantal, Dad, Ricardo? ¿Quién tendrá que tocar a juro la puerta en una telenovela comunal de TVES?

Objetos para el recuerdo: Bianchi con una bolsa de la tienda de ropa femenina Amiga; un teléfono celular de bloque con antena tipo condón en las manos del inefable Yul Burkle; un juego de Solitario en el monitor de la hoy risible computadora del déspota director de clínica (César Bencid).

En Twitter: @alexiscorreia