• Caracas (Venezuela)

Alexis Alzuru

Al instante

El caso Lorent Saleh

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Hay una tradición que enseña que la política es la conquista del poder a través de cualquier medio. Una vez se llega a la cúspide, agrega esa visión, la tarea se desplaza a la administración del Estado para preservar las posiciones y maximizar beneficios. Esa compresión reduccionista fue un presupuesto en la formación de los cuadros políticos durante décadas. Por fortuna, en Occidente ese paradigma fue apartado y, en general, se considera una óptica prehistórica. Sin embargo, en Venezuela hay quienes juzgan que ese marco no se debería alterar. Por ejemplo, la élite que administra el poder y esa minoría que propone usar la violencia para salir de Nicolás Maduro son defensores de esa creencia. Por eso, la trasmiten a las nuevas generaciones de dirigentes. Entonces, ¿por qué sorprenderse cuando algunos jóvenes dicen que recurrirán al terrorismo para superar la crisis? Después de todo, esa declaratoria es producto de esa pedagogía que practican la cúpula oficial y la minoría radical que la adversa.

Que un venezolano ambicione colocar bombas para combatir al presidente es lamentable, sin lugar a dudas. También es desolador que por seguir una visión repudiada en el mundo, un joven pase en la cárcel tantos años como los que ha vivido. Pero la mayor tragedia es que el liderazgo de la oposición no rompa con aquellos que desde sus filas educan con los valores que profesan los jefes del oficialismo.

El deslinde de la MUD con los valores del gobierno y de la minoría radical es un requisito para convertirse en una alternativa de poder. Sobre todo, esa ruptura moral sería un paso concreto para avanzar hacia la construcción de un acuerdo entre la base opositora y la socialista. Un convenimiento sin el cual será poco probable que se pueda programar la derrota de Nicolás Maduro. Por cierto, fue un pacto con los adversarios lo que permitió la victoria electoral de los sectores moderados iraníes sobre Ahmadinejad, un gobernante que ocupaba la jefatura de un régimen despótico, brutal y cerrado, similar al de Venezuela.

Una minoría hace ver que una coalición con la militancia del Polo Patriótico es una ilusión. En su lugar, insisten en la tesis según la cual la violencia es la ruta para derrocar a quienes utilizan el poder con criterio delictivo. Recomiendan el crimen para combatir el crimen político. Una argumentación que se muerde la cola; de allí su esterilidad.

Nicolás Maduro estará en el poder hasta que la oposición no salga del círculo en el que la política es interpretada como fraude y transgresión. Un salto moral que el elector opositor ya dio; pero sus consecuencias están minimizadas por quienes posicionan la violencia. Si algo habrá que reconocerle a esa minoría, es la habilidad para presentar su opinión como si representara la de ese pueblo que aspira al cambio constitucional del presidente. En este país, nunca antes una fracción tan insignificante hizo tanto daño a tanta gente.

Algunas investigaciones sugieren que son las creencias las que determinan las decisiones que toman los individuos y, por tanto, las sociedades. Tal vez, ese hallazgo cognitivo ofrezca alguna explicación a la relación entre política y violencia que unos cuantos insisten en defender. De hecho, en coherencia con ese descubrimiento se puede concluir que los radicales tienen grabada en el cerebro una ideología que no les permite ver que la violencia fue expulsada de la política; pues se comprobó que sus beneficios son escasos, fugaces y en extremo costosos para todos. Por lo demás, la ceguera que esa gente padece no es menor. Ni siquiera han advertido que la cúpula oficialista se mantendrá al frente del Estado hasta que la reunificación de los venezolanos se exprese en votos. Lo cual presupone un pacto en torno a idearios políticos alternativos a los que predican los jefes del gobierno.

 

@aaalzuru