• Caracas (Venezuela)

Alexis Alzuru

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Alexis Alzuru

Oposición + Polo Patriótico

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¿Qué impide a los venezolanos construir un pacto político que detenga la ruina de la nación? La vuelta a la normalidad está más próxima al consenso que a lo electoral. Sobre todo, si se admite que el crack no implica necesariamente que el presidente resultará derrotado en las parlamentarias. Se sabe que la élite oficialista tiene la capacidad institucional y tecnológica de realizar microfraudes en los distintos eslabones que forman la cadena del proceso electoral; en cada anillo realizan décimas de fraudes. La sumatoria produce un resultado que no se corresponde con los sentimientos que se perciben y escuchan en la calle.

No es una ley de la naturaleza que los ciudadanos voten para favorecer sus intereses. Al contrario, lo frecuente es que la mayoría decida en contra de sus preferencias personales. La gente vota por su identidad; no por sus intereses. En general, los electores eligen el liderazgo con el cual sienten identificación emocional y valorativa. En este sentido, es conveniente reconocer la habilidad de Nicolás Maduro y su grupo. Ellos han mantenido viva la identificación de los militantes del oficialismo con Hugo Chávez. Esa conexión está activa; tiene fuerza y los moviliza. Sería un error subestimar la influencia que la figura del expresidente tiene en quienes lo acompañaron. Al menos se debería pensar que su recuerdo en el imaginario de muchos evitará que millones respalden a los candidatos de la oposición. 

La identidad simbólica que Nicolás Maduro utiliza para incidir en el electorado oficialista se quebraría con un pacto entre el Polo Patriótico y la oposición. Pues la herencia del legado de Hugo Chávez sería reclamada por dirigentes distintos al presidente, Diosdado Cabello o los corruptos de siempre. También se vendría abajo la retórica oficial sobre Hugo Chávez. La cúpula del gobierno perdería el monopolio sobre el significado de expresiones como: “traidor”, “golpista”, “burgués”, “fascista”, “apátrida”; y, en particular, “socialista”. Otros estarían autorizados a resignificarlas. De ese modo, el lenguaje dejaría de funcionar como bisturí que divide al pueblo en militantes del chavismo y de la derecha. Al remover el contenido de las palabras, los simpatizantes de ambos bloques estarán en una crisis de identidad valorativa. Un paso sin el cual no será posible reposicionar objetivos que alineen a los ciudadanos en una lucha común.

Un pacto entre el Polo Patriótico y la oposición colocaría lo electoral al servicio de la política; no al revés como se pretende. Basta pensar que solo anunciarlo levantaría las barreras de la comunicación que han separado al pueblo opositor del chavista. Incluso, la percepción de la crisis dejaría de estar filtrada por el mensaje y explicaciones de Nicolás Maduro. El derrumbe de la popularidad del presidente y su equipo es un campanazo que anuncia la hora de avanzar hacia un acuerdo; no es una invitación para encerrase en negociaciones electorales.

Se pagará caro no cambiar la opinión según la cual la MUD o la gente molesta del Polo podrían desmantelar el poder del presidente sin un pacto entre ellos. El precio será una mayor degradación de la vida de los venezolanos y, de la democracia. En Venezuela la confrontación que está planteada es por el poder. De allí que lo predecible es que los oficialistas actúen sin escrúpulo en las parlamentarias y en cualquier evento que ponga en riesgo su poder. Entonces, ¿por qué permitirían elecciones imparciales y limpias?

La alianza entre el Polo Patriótico y la oposición parece un desiderátum, antes que una opción. La conversión de esa aspiración en realidad es un asunto de voluntad política; no técnica ni de ingeniería electoral. Por cierto, ese pacto presionaría las negociaciones sobre el CNE. Aumentarían las posibilidades de lograr mayor equilibrio en su junta; sobre todo, dejaría claro desde ahora que la transparencia de los resultados será garantizada por el pueblo reunificado en la calle. Un incentivo contundente para los millones de ciudadanos que de tanto ultraje cotidiano transitan hacia el escepticismo y el abstencionismo.