• Caracas (Venezuela)

Alexis Alzuru

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Maduro: entre Stalin y Mario Silva

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Los pueblos siguen líderes no ideas, se dice con frecuencia. Sin embargo, las investigaciones y la historia muestran lo contrario. Las sociedades se movilizan por valores y creencias, no por el entusiasmo que producen algunas personas. Por supuesto, el dirigente es quien interpreta los ideales que están en la calle; pero son los postulados y las expectativas la materia prima con la cual se forma un jefe o directivo. El caso de Venezuela es un excelente ejemplo de esa tesis. En su momento Hugo Chávez consiguió interpretar algunas de las aspiraciones que desde hace décadas los venezolanos presionan para materializar. Hacia fines de los años noventa el candidato Chávez logró capitalizar el descontento que existía porque ancló su mensaje en el valor de la igualdad.

Ahora bien, el fallecido presidente Chávez nunca entendió que en democracia la igualdad se concreta cuando su realización va de la mano de la libertad. Así como sus adversarios tampoco han comprendido que la libertad no se puede ejercer donde hay desigualdad. Incluso, muchos aún no han advertido que la libertad no es un incentivo electoral cuando las desigualdades son intensas en alguna de sus modalidades.

Igualdad y libertad son principios que se alimentan entre sí. El fortalecimiento de uno no puede realizarse en detrimento del otro. Su relación es sistémica: O los dos mejoran o se empobrecen. Por cierto, el deterioro de ese nexo íntimo entre la igualdad y la libertad es una de las razones que explica la situación de anarquía en la que se encuentra Venezuela. Pues en la presidencia de Hugo Chávez se obstruyeron las libertades públicas y privadas. De allí que hoy las desigualdades no solo son equivalentes o peores a las de antes de su llegada al poder, sino que se arruinó el tejido axiológico que convierte a una población en nación. El sistema de valores republicanos está desmantelado por completo.

Hugo Chávez dejó una red de poder vaciada de contenido moral y postulados políticos. De allí que los asesores de Nicolás Maduro le hayan sugerido que en lugar de legitimarse en la voluntad del pueblo, debe refugiarse en el ejercicio puro de la dominación. Esto es: en la administración arbitraria de las armas y de los tribunales de justicia; al igual que en la corrupción y en todas aquellas prácticas que autoriza un Estado cuyas instituciones y normas han sido condicionadas por el interés personalísimo del gobernante y su grupo. 

Nicolás Maduro suspende los límites éticos, jurídicos y políticos de su actuar para garantizar la supervivencia de su gobierno. No es casual que haya dicho que está sorprendido de su parecido con Stalin. La casaca que lleva, el bigote y su corte de cabello son para emular al jefe ruso, no a su mentor. Tampoco es azaroso que cada día esté más solo o se haga acompañar de personas como Mario Silva, quien ha dejado claro que poco le interesa el honor del ser humano y la dignidad de la política; si algo ha demostrado este ordenanza es su olfato para roer en ese poder que se alimenta de la miseria; de ese lado sórdido que tienen los hombres.

Quizás el presidente haya perdido el interés de presentarse como otro de los herederos de Hugo Chávez y ahora quiera imitar a uno de los dictadores más sanguinarios de Occidente. Lo cierto es que la figura con la cual él dice que consigue semejanzas fue alguien que gobernó por y con la fuerza, no a través de reglas constitucionales, respeto cívico, consenso o el voto de las mayorías.

La metamorfosis de Nicolás Maduro y la cualidad del tipo de poder que heredó son datos que tal vez sus adversarios deberían examinar con atención. Después de todo, para derrotar algunas estructuras políticas es conveniente aceptar que no basta una dirigencia pragmática, capaz de unirse según las circunstancias. A lo mejor es el momento de pensar que para lograr la sustitución del gobierno no solo se necesita asistir a elecciones o celebrar las ocurrencias de algunos individuos o grupos, sino pactar con el ideario de un pueblo que sigue ansioso por rehacerse en atención al principio de igualdad; un valor al que habrá que perderle el miedo pues está amarrado de forma inexorable a la libertad.

 

@aaalzuru