• Caracas (Venezuela)

Alexis Alzuru

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Alexis Alzuru

Agenda para el debate político

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Los venezolanos desean calidad de vida en democracia, una aspiración que el  presidente no está en capacidad de satisfacer. Pues Nicolás Maduro tiene una visión de la política que está reñida con la igualdad, la libertad y el bienestar. En su concepción el posicionamiento de la equidad exige conculcar libertades y destruir las condiciones que permiten el desarrollo. Además, él entiende que el gobernante debe apelar a cualquier medio para realizar su voluntad. Por eso, en su mandato los ciudadanos han podido experimentar que cualquier cosa puede ocurrir. De hecho, sucede que mientras la población no tiene qué comer, tomar y vestir se tapa la quiebra de la nación; a la par, se autoriza un exilio dorado para Rafael Ramírez y otros que arruinaron al país. Sin embargo, aún el pueblo tiene paciencia para buscar el relevo constitucional del presidente.

La gente quiere renovar al gobierno con procedimientos y votos. Basta ver las encuestas o escuchar lo que se dice para aceptar que la expectativa es lograr cuanto antes la sustitución legal del presidente. Hay un consenso casi unánime sobre el reemplazo de Nicolás Maduro y su equipo. Corresponde convertir ese pacto social en realidad política. Un tránsito que presenta dificultades; pero es realizable. Por ejemplo, el debate sobre las parlamentarias es una manera de aproximarse a las fórmulas que pueden darle viabilidad a ese paso. En este artículo se comentan cuatro aspectos que requieren examinarse de cara a esa discusión.

El mensaje es para ganar, no para fracasar. Para derrotar al gobierno se necesita un acuerdo que desvincule el discurso electoral del que coquetea con salidas violentas. Está comprobado que las palabras, etiquetas y la publicidad activan en los ciudadanos una cascada de imágenes, recuerdos y sentimientos que son los que determinan su decisión frente al llamado a votar. De allí que en los electores se produzcan emociones contradictorias cuando se reposicionan mensajes que evocan “La Salida”. En algunos casos los sentimientos son de frustración y rabia; en otros de parálisis, dolor y duelo. Además, el discurso radical lejos de favorecer el retiro constitucional de Nicolás Maduro mitifica su  invulnerabilidad y capacidad de maniobra, al tiempo que refuerza la imagen de la oposición como una minoría improvisada, ambiciosa y perdedora. Por lo cual habría que acordar que hablar de “La Salida” nuevamente abona la abstención y el fracaso, no la participación, el voto y el éxito.

La distribución del mercado electoral. El militante del Polo Patriótico y el opositor comparten el mismo descontento hacia el gobierno. Sin embargo, son muchos los desencantados del Polo y opositores que rechazan los postulados de la MUD y a varios de sus voceros. De lo cual se infiere que los ciudadanos que presionan un cambio en democracia son más numerosos que los militantes de la MUD. Este dato de realidad refuta aquella idea según la cual la unidad de la MUD es suficiente para derrotar electoralmente al gobierno; a la vez muestra que el mercado electoral necesita atenderse de manera compartida o el juego seguirá trancado.

La alianza es la estrategia, no sólo la unidad. La diversidad y amplitud del mercado electoral exige un giro en la visión y estrategias que se deben seguir para lograr la sustitución del presidente. Se tendría que pasar del postulado de la unidad entre los de siempre a la tesis de la alianza nacional. Lo cual supone aceptar que para las parlamentarias mientras la MUD se ocupa de reunificar al opositor duro; deberá cooperarse con partidos y dirigentes que están fuera de esa organización para conformar un bloque de candidaturas que conecten con los socialistas desengañados: se necesita un Polo que compita con el Polo.

La oferta es política, no electoral. Para avanzar en una alianza nacional, el piso de la oferta pareciera ser la redefinición del socialismo, no declarar su naufragio. El acuerdo parlamentario sería para reconciliar el socialismo con la libertad y el desarrollo económico; lo cual en su momento pasará por colocar un presidente que posibilite las reformas. Facilitaría el diálogo admitir que el problema es la visión autoritaria y corrupta que Nicolás Maduro tiene del poder y la política, no el socialismo. Michel Bachelet, José Mujica y François Hollande son socialistas pero sus decisiones y la situación de esas sociedades nada tienen que ver con la demoledora crisis que los venezolanos viven.