• Caracas (Venezuela)

Alexander Mendoza

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Décimo Inning

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Las luces del Hiram Bithorn volvieron a encenderse, pero no para ser el escenario de un partido de Santurce. Los Cangrejeros no juegan allí desde 2009. El estadio, que lleva el nombre del primer boricua en la historia de las grandes ligas, se convirtió por tercera vez en una de las sedes del Clásico Mundial de Beisbol, y su promedio de asistencia fue de más de 15 mil personas por encuentro, a excepción del desafío de ayer entre España y Venezuela, equipos eliminados.
“No sé cómo se llama el equipo que juega aquí. Vengo por Puerto Rico. No sigo la pelota de invierno”, dijo Rodolfo Velázquez, empleado de un almacén en Vieques, una isla-municipio ubicada a 10 kilómetros del Archipiélago. “A nadie le importa el beisbol profesional de aquí”.
La merma en el apoyo del público ha puesto en jaque al beisbol profesional boricua, que contó con seis equipos la campaña anterior por primera vez desde 2009.
“La promoción del beisbol no es la mejor ni la calidad de peloteros es la misma. Vengo a ver verdadero beisbol”, contó Carlos Ramírez, que se trasladó desde Bayamón con su hijo, hasta Hato Rey, donde se levanta la imponente estructura del parque construido en los años 60, flanqueado por el Coliseo Roberto Clemente y Plaza Las Américas, el centro comercial más grande de la isla.
“No tenemos tantas figuras en la gran carpa como antes y las que todavía destacan no juegan en nuestra liga. Hay que venir a verlas aquí ¿Cuándo volverá a jugar en Puerto Rico (Carlos) Beltrán?”, se quejó Ramírez.
La recién electa alcaldesa, Carmen Yulín Cruz, destinó 4 millones de dólares de su presupuesto, “pese a la peor crisis financiera en la historia de la ciudad” según los diarios locales, para que todo estuviera en condiciones óptimas cuando se lanzara el primer pitcheo del Grupo C. Se trabajó las 24 horas del día, desde hace un mes, por las malas condiciones del stadium, pero corrió el rumor que por su deteriorado estado las reparaciones serían insuficientes.
Al final, abrió sus puertas nuevamente y aunque las áreas de servicio siguieron siendo pequeñas y comprar una gaseosa volvió a convertirse en una odisea, los aficionados quedaron satisfechos.
“Estamos en la segunda ronda. Es lo que queríamos”, dice una de las acomodadoras de la tribuna central, que ayuda al público a conseguir sus puestos.
El Hiram Bithorn ha sido el hogar de la selección nacional boricua en todas las ediciones del CMB. Hasta el sábado su récord era de 9-2, incluido el festejado triunfo que dejó fuera del torneo a la Vinotinto.
Antes, fue la sede alterna de los desaparecidos Expos de Montreal, en 2003 y 2004, y su último espectáculo con estatus de grandes ligas se llevó a cabo en 2010, con un par de series de tres desafíos entre los Mets de Nueva York y los Marlins de Florida.
“Se termina este pool y nos quedamos con un buen sabor. Podemos sorprender si el pitcheo, que está flojo, responde. Tenemos el poder para estar en la pelea”, sostuvo un taxista, que ha hecho “varios pesos” en estos días de extraña fiebre por el beisbol.
El evento representó un alivio para muchos puertorriqueños, agobiados por los problemas económicos.
La Compañía de Turismo de Puerto Rico, una agencia gubernamental, aseguró que espera una inyección a la economía local de 45 millones de dólares, gracias a la celebración del Puerto Rico Open de Golf y los juegos de primera ronda del CMB.
Aunque algunos entendieron que el torneo era una vitrina para protestar. Una aficionada se lanzó al terreno, en medio del partido entre boricuas y venezolanos, llevando una pancarta que decía “no a la privatización del aeropuerto”.
Son días de contradicciones. Puerto Rico está en segunda ronda del CMB, pero algunas cosas no cambiarán cuando el Hiram Bithorn se quede en silencio y las torres de alumbrado se apaguen.