• Caracas (Venezuela)

Alexander Cambero

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Alexander Cambero

El mazo que era Chávez…

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El chavismo es cromosómicamente radical. Su bautizo de fuego el 4 de febrero de 1992 lo marcó para siempre. Es por ello que encontrar vías de diálogo con ellos es sumamente difícil. Constituyéndose en una ardua tarea en la cual se tienen que vencer muchos obstáculos de gran calado. Siempre merodeará el espectro de Hugo Chávez para condicionar los escenarios políticos para el debate. La mayoría de la élite gobernante sostiene que conversar es un signo de debilidad, y que si el Comandante Supremo jamás quiso darle preponderancia a ningún tipo de acuerdo, ¿por qué hacerlo ahora cuando la oposición presenta algunos problemas internos? Es sumamente complicado avanzar cuando el régimen ve a quien piensa distinto como al apátrida enemigo que tiene que arrasar. Un adversario sin derechos de ninguna índole, que solo tiene posibilidad de vivir en un estado de orfandad política y moral; casi un desheredado de la tierra al que se obliga a caminar descalzo por un valle de filosos cuchillos mongolíes. Ardorosa penitencia para la democracia venezolana viviendo las amargas horas en el duro desierto de la agonía de la libertad. 

Para los sistemas totalitarios dialogar con los opositores es una imbecilidad. Una muestra de la supervivencia de los intereses burgueses que pudieron burlar sus dogmas de fe. Ellos entienden exclusivamente la claudicación de su rival. El diálogo de la pistola en la sien. Mientras recitan loas al patriarca en un panegírico digno del altar revolucionario.   

En este mundo de máscaras destaca Diosdado Cabello como el albacea del verdadero tótem mesiánico. Sin el carisma y el punch oratorio de Hugo Chávez, él ha venido encarnando a todos los grupos que creen que son los dueños absolutos del país. Cada día más radical y con un mazo que golpea fundamentalmente cabezas adentro, marca una gran diferencia con el pusilánime Nicolás Maduro. Una suerte de hombre atrapado en la red que le tendió el presidente de la Asamblea Nacional. Cada mazazo es una señal inequívoca de un rumbo que quieren trazar muy distinto al presidente Maduro. La sentencia verbal del hombre en su programa es reivindicar el fundamentalismo original frente a aquellos que desean escuchar a la otra mitad del país. Diosdado Cabello ansía encontrar el espíritu de Chávez en cada aserto violento de sus actuaciones. En el fondo quiere demostrarles a todos el error del comandante al no elegirlo como su heredero del proceso. Aquel rostro compungido escuchó la sentencia final de un moribundo levantándole la mano a Nicolás Maduro. Esa furia que muestra a cada instante es el desahogo ante aquella decisión que lo hirió en lo profundo del alma. Vendrá con mayor vehemencia a torcer cualquier espíritu de diálogo. Con Chávez muerto se cree con el derecho de levantar las banderas del terror. Mientras en Miraflores un hombre se cocina en la propia salsa de su nulidad…