• Caracas (Venezuela)

Alexander Cambero

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Alexander Cambero

La epidemia invisible…

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La epidemia de un país es peor que cualquier virus que penetra el torrente sanguíneo. Cuando la enfermedad contamina al cuerpo, la medicina podría proveernos del antídoto que contrarreste sus efectos letales; en cambio, cuando es el alma de la república la que está contagiada por la maldad, su salvación nos costará décadas de una dedicación exclusiva. Será una labor titánica en la cual tenemos que ir hasta la raíz del problema, una profunda división entre compatriotas que se observan como acérrimos enemigos, es sin duda una verdadera muralla que demoler para que fluya la armonía en los distintos actores sociales de la nación. El filoso cuchillo entre los dientes no puede sustituir el necesario diálogo, con esas actitudes la patria sufre de un profundo desequilibrio que sigue conduciéndola hasta el despeñadero; es como una forma de aniquilamiento que de manera paulatina va destruyendo lo que fuimos. 

Será dura la tarea de restañar las heridas, de encontrar las claves que nos devuelvan el abrazo y la fraterna cordialidad entre quienes pensamos distinto. Volver a sentarnos en la misma mesa sin la necesidad de tener dudas acerca de la verdadera intencionalidad de aquel que amablemente nos invita. 

El régimen apuesta por la división. Les conviene construir un muro de Berlín ficticio en donde de un lado están los leales y en el otro los apátridas. En su imaginaria confusión existencial, la eterna batalla entre buenos y malos para lograr quebrar la familiaridad y, desde las ruinas del afecto, construir el socialismo. Con esmero han jalonado cada piedra hasta marcar un territorio que como gueto limita la libertad, impidiendo además que puedan tener relación con grupos de pensamiento distinto. Es decir, un terrible cerco espiritual que va apagando ilusiones, llenando al alma de una terrible enfermedad casi terminal que no es otra que la de la división total. Cuando protagoniza el rencor surgen la guerra y muere la posibilidad de la paz. La imposición de una ideología caracterizada por una venganza cruel no es la más viable en una sociedad democrática que debe enfrentar sus conflictos con el necesario equilibrio.  

Un contagio que brota con mayor ahínco cada día. Los huesos se entumecen de manera dramática, cuerpos que caen como naipes manejados por diestras manos gitanas, una patria que muere tras la senda de una ideología malsana que llena de veneno y peste todo aquello que se cruza en su camino. Oh, banderas manchadas de odio y sangre inocente… ¡Jamás resplandecerás como lucero, tu lugar es el aserrín de la villanía, la maldad comulga en tus aposentos. Ya la historia te despojará de tu última lumbre…!

 

alexandercambero@hotmail.com 

@alecambero