• Caracas (Venezuela)

Alexander Cambero

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Maduro, el hombre del muro destruido…

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La visión geopolítica de Nicolás Maduro es aquella que los martillazos destrozaron hace veinticinco años. El comunismo cayó entre bloques desvencijados por los aires de libertad; aquel Muro de Berlín de la ignominia entregó los últimos estertores del fracaso del totalitarismo como expresión de poder. Un pueblo cautivo logró liberarse de la opresión, durante décadas fue el símbolo del horror que caracteriza a los regímenes autoritarios. Los ciudadanos de la antigua Alemania Oriental se cansaron de tanta maldad y con gran determinación dieron al traste con aquel monumento que los separaba de sus hermanos. Qué miserables lo de aquellos que hicieron desgarrar a familias enteras al separarlas con un muro, que también fue de los lamentos. Pueden controlar durante buen tiempo, pero al final acabarán perdiendo la batalla. Es la eterna lucha entre la oscuridad que se resiste y el tórrido amanecer que desafía sus innobles intenciones. Terrible refriega existencial en el corazón de nuestras sociedades tan prolijas en ir detrás de los viejos sueños de redentores olorosos a naftalina. A los latinoamericanos nos encantan los tiranos. Aquellos que demuestran poder son terriblemente seductores para grupos que creen que sus miserias son culpas de otro. De allí que tengamos grupos que calladamente anhelen al hombre fuerte que domina todo. 

El presidente venezolano cree que todavía la mitad del mundo vive bajo la égida del imperialismo ruso. Jamás han creído en la democracia, simplemente son las llorosas viudas del socialismo real, doctrina tan abominable que tratan de disfrazarla con algún maquillaje de aparente libertad. Sin embargo, la maquiavélica inspiración que dio vida al muro es practicada aquí con otros métodos, pero con el mismo fin. Son enemigos de la libre empresa, persiguen a los medios de comunicación hasta asfixiarlos. Cada expresión democrática la ahogan en su pestilencia. Con gran habilidad construyeron un muro espiritual que divide a los venezolanos. De un lado están los devotos y del otro, los rancios condenados. Unos son los escogidos del dios Chávez, el magnánimo hijo de las luchas del pueblo frente al grosero opresor que busca adornar su museo de atrocidades. Los otros son los pérfidos retoños del imperio norteamericano, parias de la maldita entraña; traidores del ideario nacional. Con ese pensamiento prehistórico conducen a Venezuela hacia el desastre total. No solo es la economía convertida en la nave de la inestabilidad financiera, sino que la profunda división en una herida difícil de restañar. Lograron explotar lo peor de nuestras miserias. Con la receta cubana pudieron fraccionarnos y con ellos nos hicieron más vulnerables. Sin un pueblo monolíticamente unido es mucho más fácil imponer una forma de pensar distinta a la racionalidad. ¿Por qué el gobierno venezolano no opinó con respecto al veinticinco aniversario de la caída del muro de Berlín?, sencillamente porque son las enlutadas viudas del comunismo en su condición real. Ahora recogen los pedazos de bloques desvencijados del muro berlinés para buscar reconstruir el tétrico mundillo de la cortina de hierro. Allí vemos a Rusia intentado resurgir de sus cenizas imperialistas. Venezuela juega póker en la mesa de los totalitarios, debajo de sus coloridas máscaras dizque democráticas está el sueño del terror comunista con las profundas ganas de volver sobre sus pasos…