• Caracas (Venezuela)

Alexander Cambero

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Extrañamos el país que éramos

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Hemos dejado que el odio arruine nuestra cosecha de pueblo valeroso y democrático. Venezuela es hoy una república al borde del colapso total. Un dejo de nostalgia se apodera de nuestros pensamientos. Las travesuras de la mente nos hicieron viajar a los instantes cuando nuestra realidad era distinta. La patria no era un lecho de rosas, teníamos problemas y desigualdades sociales sin ninguna duda. Pero no padecíamos de esta sensación de incertidumbre que hoy nos caracteriza. Es como una pesada carga que causa escozor y vulnera nuestras fuerzas. Todo pende de un hilo que nos mueve como marionetas en un teatro callejero. El país es un río de conflictos que se multiplican, no tenemos la necesaria paz que nos haga vivir sin el sobresalto permanente. ¿Cuando surgió nuestra desdicha?

No hace mucho tiempo nuestra nación era la envidia del continente. Desde muchas regiones del planeta venían hombres emprendedores en la búsqueda de un mejor futuro en la llamada Tierra de Gracia. Hoy huyen despavoridos ante la cruel realidad de una crisis que arruina el bolsillo y dispara las alarmas de nuestro futuro. Los números son demoledores: el país con mayor inflación, criminalidad y desempleo del hemisferio. Paradójicamente, cuando obtuvo el mayor ingreso de su historia¿Cómo explicar semejante contrasentido?

Creemos que imponer una ideología paleontológica fue degradándonos hasta llevarnos al foso. Fuimos moliendo nuestro futuro detrás de una ilusión redentora condenada al fracaso estrepitoso. Un régimen que se amparó en una doctrina catastrófica que solo pueda producir resultados nefastos para la vida del hombre, ya que basa su actuación en querer liquidar a quien se resiste a pensar como ellos. Es la venganza que rebana garganta con el filoso cuchillo de la impudicia. Durante dieciocho años se ha dado a la tarea de perseguir a millones de venezolanos que no quieren reeditar la experiencia cubana.

Ante tantas dificultades extrañamos el país que éramos. Podíamos salir a la calle teniendo la posibilidad de llegar con vida. Nada que ver con la cruel matanza semanal que nos hace una de las naciones más violentas del planeta.  Los órganos del Estado eran dirigidos por ilustres venezolanos. No eran un circo de anodinos incondicionales que se arrastraban como sanguijuelas, nada que ver con el pensamiento único. Disfrutábamos de medios de comunicación en los que se respetaba la libertad de expresión, todo el mundo podía fijar posición sin que nadie criminalizara sus opiniones; poseíamos una calidad informativa que nos convirtió en referencia para la región. Espacios adonde el pueblo acudía sin el temor de terminar tras las rejas. En la actualidad son espacios para ensalzar al gobierno, unos magos para transformar en invisible la realidad, haciéndonos herederos de la isla de la fantasía. Un mundo idílico donde los problemas son el incienso de la paz perpetua. Contábamos con fuentes de trabajo para los nuevos profesionales, los mercados estaban atiborrados de productos de calidad. Los pobladores podían escoger la marca de sus preferencias, no existían las horrendas colas de hoy que nos asemejan a las revueltas de los hambrientos en Bangladesh. Una nación millonaria que no puede garantizar la alimentación idónea para su gente. Esqueletos en fila de anaqueles vacíos en donde brilla por su ausencia hasta un rollito de papel toilette. Una muestra lapidaria de la incapacidad del socialismo como generador de bienestar.

En el pasado teníamos una industria sólida con empleo para millones, hoy somos un cementerio de candados clausurando santamarías. Sin embargo, no perdemos la esperanza. En algún escondrijo de escalera rota debe estar aguardando la esperanza de volver a brillar, debemos encontrarnos para construir al nuevo país. Al fin y al cabo: somos hechura del mismo barro...